El busto del patriota Juan Gualberto Gómez (1854-1933), ubicado frente al Chac-Mool de Martí, a la entrada de la Casa de la Prensa, sede de la Unión de Periodistas de Cuba, en La Habana.

«Hombre de estatura breve, aunque de cuerpo proporcionado y bien repartido. El gesto desenvuelto acusaba enseguida su filiación social; persona de mucho viaje, mucha lectura y mucho trato o roce. En los últimos años de su vida, que fue cuando yo lo conocí, había desaparecido ya la gran melena que se hizo clásica entre el pueblo, y llevaba el rizado cabello, entrecano y corto, abierto al centro de la cabeza; una cabeza llena de fuerza y distinción. ¿De qué nos hablaba Don Juan? De todo, pues poseía una cultura variadísima. Pero gustaba hacerlo principalmente de política, tanto de la cubana de aquellos días –ya estaba conspirando contra Machado– como de la española muchos años antes, es decir, de los tiempos en que le tocó conspirar junto a Martí en la Guerra Chiquita y la revolución de 1895».

Así describió Nicolás Guillén a Juan Gualberto Gómez, a quien admiró y conoció en la década de los años 20 del siglo pasado. El joven camagüeyano, nuevamente en La Habana, todavía no había publicado su innovador cuaderno Motivos de son. El patriota matancero, ya de una edad provecta, gozaba de enorme prestigio entre los que sentían que el proyecto republicano de José Martí, por el que Juan Gualberto tanto había luchado, había naufragado a manos de políticos corruptos y entreguistas, tutelados por los gobiernos injerencistas de Estados Unidos.

El hombre que recibió del Delegado del Partido Revolucionario Cubano el santo y seña para el reinicio de la lucha por la independencia en 1895 llegó a estimar la original producción lírica guilleniana. Al leer un ejemplar que le remitiera el poeta de Sóngoro cosongo, le escribió en una carta, rescatada por el historiador Raúl Rodríguez la O, que como consideraba que «una de las elevadas funciones del poeta consiste en inspirar emociones (…) agradezco muy sinceramente el envío de esos “poemas mulatos”; cuya publicación deseo que constituya un verdadero éxito para usted».

El 5 de marzo de 1933 falleció Juan Gualberto en La Habana, cuando aún no había cumplido los 79 años de edad. Sus padres, esclavos, pertenecían a la dotación del ingenio Vellocino, en Sabana del Comendador, Matanzas, y mediante ingentes esfuerzos personales lograron comprar, desde el vientre materno, la libertad de su hijo. Ellos mismos después compraron sus cartas de manumisión.

Conocedor de la horrible explotación esclavista, Juan Gualberto articuló desde un principio la lucha abolicionista con las ansias independentistas en un proceso de temprana maduración, en el que mucho tuvieron que ver, primero, la influencia del pedagogo negro Antonio Medina, y el contacto en París, adonde viajó en tiempos de la Guerra Grande, con Francisco Vicente Aguilera y el general Manuel de Quesada.

Luego resultó decisiva la cercanía a José Martí, coetáneo suyo, con quien habló por primera vez en septiembre de 1878 en el bufete del abogado Nicolás Azcárate, en La Habana.

Ejerció un periodismo comprometido con la abolición, contra el racismo y a favor del fin de la dominación española en la Isla. Sufrió destierro y prisión.

Rechazó el soborno de las autoridades coloniales que quisieron acallarlo a cambio de improbables dádivas para los negros y mulatos de su entorno inmediato. De nuevo en Cuba, hacia 1890, reanudó sus afanes conspirativos. Cumplió con el mandato martiano de transmitir a los complotados la orden de alzamiento. El 24 de febrero de 1895, junto a un pequeño grupo de patriotas, participó en el intento insurreccional de Ibarra. Nuevamente la prisión y el destierro.

En los días de la ocupación norteamericana, elegido para la Convención Constituyente, presentó el 26 de marzo de 1901 una ponencia que refuta los términos injerencistas de la Enmienda Platt. El efecto de su comunicación se reveló en la carta que envió Leonardo Wood a Theodore Roosevelt, el 12 de abril de ese año, para exponer quienes se oponían al ominoso apéndice: «Son los degenerados  de la Convención,  dirigidos por un negrito de nombre Juan Gualberto Gómez, hombre de mediocre reputación así en  lo moral como en lo político…».

Durante las tres primeras décadas del fallido estreno republicano, Juan Gualberto fue un activo protagonista de la vida política y un articulista infatigable. Controversial y contradictorio a veces –hay que valorar, con  sentido del equilibrio, el peso de los contextos y las circunstancias que lo llevaron a tomar decisiones y prestar apoyos a figuras cuyas actuaciones han sido puestas por la Historia en su justo lugar–, vio con tristeza cómo los ideales martianos eran traicionados y, de manera particular, cómo el color de la piel seguía siendo un estigma para los descendientes de los africanos esclavizados y los mestizos que tanto bregaron por una patria libre e inclusiva.

En las batallas que libramos hoy por erradicar todo vestigio de prejuicio y discriminación, preservar y consolidar la unidad de nuestro pueblo, y completar la fragua de una sociedad en la que, como  expresó el General de Ejército Raúl Castro en el 2015, «no renunciaremos a la solidaridad, la lucha por la dignidad humana y la justicia social, que son convicciones profundas de nuestra sociedad socialista», el legado de Juan Gualberto Gómez se nos presenta lúcido e intenso en estas palabras de Martí:  «Él quiere a Cuba con aquel amor de vida y muerte, aquella chispa heroica con que la ha de amar en estos días de prueba quien la ame de veras».

Fuente: Periódico Granma

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