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Nuestra mejor arma ha sido la verdad / Carlos Lechuga

“No hay ninguna contradicción entre el Periodismo y la Diplomacia”, dijo en entrevista el Premio Nacional de Periodismo

Carlos Lechuga junto a Fidel

¿Periodista o diplomático?, le pregunté a Carlos Lechuga en la última de tres entrevistas que me concedió en los largos años en que tuve la suerte de escucharle memorias y opiniones durante deliciosos encuentros familiares propiciados por su hija mayor, mi amiga Lillian.

“Periodista”, dijo sin dudar aquel que siempre estaba a mano, como el más sencillo de los contertulios, cuando en realidad era uno de los grandes del oficio: fundador de la legendaria Sección En Cuba, de Bohemia, director del primer noticiero de televisión del país y autor de un par de grandes reportajes que si aún no se estudian en nuestra escuela de Periodismo, seguramente se debe a la triste vocación criolla de mirar hacia afuera a la hora de buscar modelos.

“Itinerario de una farsa” y “En el ojo de la tormenta” se convirtieron en libros, pero de corta tirada y uno solo fue reeditado (en inglés) hasta hoy. Lamentable descuido de nuestros editores de temas periodísticos y diplomáticos, porque han alimentado el desconocimiento de un autor de quien las nuevas generaciones de ambas profesiones deberían beber técnicas y valores indispensables, dígase el distanciamiento cuando se es, a la vez, narrador y protagonista de un hecho noticioso o el arte de dialogar sin concesión de principios cuando está en juego la suerte de un país.

Me gustaba llamarlo el Hemingway cubano. No sólo por la venerable figura que le dieron los años –alto, erguido, elegante, con cabellos y barba abundantes y blanquísimos-, sino sobre todo por aquellos libros y por las leyendas que se iban revelando, con el paso del tiempo y el testimonio de otros, sobre su callado pero significativo papel, en los primeros intentos de diálogo entre la Revolución cubana y las administraciones norteamericanas.

Desde la primera vez que cruzamos palabras y advertí la transparencia absoluta de su cubanísimo –campechano podría decir- modo de hablar y actuar, me propuse preguntarle cómo pudo cambiar el periodismo por la diplomacia, considerando que el primero busca decir la verdad por principio y el otro es el arte de no decir nunca toda la verdad.

Fue por eso que en la primera entrevista, a propósito de los 30 años de la Crisis de los misiles, pasé por encima del cuestionario compartido con mi colega Marina Menéndez, para colar aquella torpe interrogante. Para mi suerte, en lugar de molestarse, Carlos Lechuga me dejó una lección breve pero profunda sobre qué es y a qué valores responde la política internacional de Cuba.

“La diplomacia revolucionaria cubana no ha sido hipócrita jamás, nunca ha ocultado nada. Siempre se ha dicho la verdad. Es más, podría decirte que, frente al enemigo que hemos tenido durante tanto tiempo, nuestra mejor arma ha sido la verdad.

Y añadía: “Pero, además, no hay ninguna contradicción entre ambas profesiones. Ser periodista me ayudó mucho a desenvolverme en la diplomacia. Primero, las polémicas que tenía como embajador, las escribía el periodista que soy y luego el oficio me resultó muy útil, para conseguir información, para conocer a las personas con las que me relacionaba. El periodismo me sirvió mucho.”

Del Periodismo a la Diplomacia

Lechuga en sus años como periodista

Carlos solía contar que entró al Periodismo por casualidad, porque en realidad quería ser marino. Hizo incluso todos los exámenes que exigía la Marina, pero no ganó ninguna de las 35 plazas en concurso en su época.

Los padres, felices porque no querían que su hijo se echara a la mar y sabían que le gustaba escribir, hablaron con un amigo que trabajaba en el periódico El Mundo, donde empezó de auxiliar sin sueldo y terminó escribiendo de todo, “excepto sobre deportes y policíaco”.

Breve, como la propia publicación, fue su paso por el periódico Luz, donde también estaban Enrique de la Osa y Juan David, con quienes años más tarde haría época por sus reportajes para la sección En Cuba de Bohemia. Pero siempre se mantuvo vinculado a El Mundo, donde nació su amistad con un columnista de encendida prosapia recién parido por la Revolución que se fue a bolina: Raúl Roa García, para quien el futuro y su obra misma guardaban un apelativo insuperable: canciller de la dignidad.

En cuanto a Bohemia, vale la pena consignar cómo se convirtió en uno de los fundadores de su sección estrella, cuyo origen está asociado a la reproducción que la revista cubana hacía semanalmente de extractos de su par estadounidense Times, traducida al español.

A Miguel Ángel Quevedo, director de la publicación criolla, se le ocurrió componer una doble página bajo el rótulo: El Tiempo en Cuba, para ubicar el extracto de Times en una página y en la otra, noticias y reportajes nacionales.

Carlos recordaba que Quevedo los llamó, a Enrique y a él, para la tarea. “Primero hicimos una prueba porque no entendíamos exactamente lo que él quería, pero bastaron dos o tres ediciones para que la sección se independizara de su matriz norteamericana y quedara solo En Cuba, cuya popularidad había obligado a subir la circulación de la revista.

En Cuba fue un látigo para los gobiernos de la época, desde los tiempos del presidente Grau y a Carlos le gustaba recordar la anécdota que expuso a sus autores por primera vez con nombres y apellidos.

Según me contaba: “el día del santo del Presidente, su cuñada Paulina Alsina, recibía en la casa a los políticos auténticos y, en dependencia de la calidad de sus regalos, Paulina le decía a Grau: “…este es de la casa” si eran buenos y callaba en caso contrario.”

Lechuga le tomó la frase a Paulina y publicó los detalles del ágape bajo el título: “Este es de la casa” lo que provocó que Grau le mandara los padrinos a Quevedo: “Ahí fue donde la gente se enteró que Enrique y yo éramos los autores de la sección En Cuba.”

También fue fundador de la Televisión en Cuba, sin dejar de escribir. “Realmente, la tv empezó en el periódico El Mundo, Canal 2. El set era la misma redacción, donde, desde una mesa larga, dos o tres periodistas, entre ellos yo, leíamos y comentábamos las noticias. Luego yo empecé a hacer control remoto, desde lugares donde había noticia, hasta que nos trasladamos a los estudios de Canal 2, donde yo empiezo a dirigir El Mundo en televisión, que era un noticiero de 7 a 9 de la mañana. Yo lo dirigía y hacía un comentario diario sobre un tema determinado, fundamentalmente político, nacional o internacional. Los propios reporteros de El Mundo eran quienes nos suministraban las noticias para la televisión.

Ese tipo de programa gustó mucho entre el público. Con la más alta audiencia de la época, Carlos es el primero en anunciar la huida de Batista y el triunfo de la Revolución a través de la televisión.

“Nadie sabía qué era lo que pasaba, aunque todo el mundo se percataba de que ocurría algo raro. Gente del 26 me llamaban para avisarme del movimiento inusual en los alrededores de Columbia, otros me decían otra cosa. Llegó un momento en que se me ocurre decir que había huido el tirano Batista y que había triunfado la Revolución. No sé por qué lo dije, porque estaba casi seguro, pero no tenía confirmación de ningún tipo. El caso es que la gente empezó a tirarse para la calle. Recuerdo que, entre los primeros, vino Max Lesnick para que le diera el micrófono y también García Agüero. Después ya fue un festival de declaraciones.

“Eso fue el primero de enero de 1959. Luego me enteré de que Batista se había ido como a la una o las dos de la madrugada.”

Después vendría la primera entrevista a Fidel, por control remoto desde Santa Clara:

“Yo estaba en el hotel, cuando llegó alguien, no recuerdo si fue Oltuski o Marcelo Fernández, para decirme de parte de Fidel que no me fuera que quería hablar conmigo. Por Radio Reloj se había enterado de que estábamos allí. Y lo entrevisté en vivo, por remoto, en la misma calle frente al hotel.”

“Después estuve conversando con Fidel en casa de Oltuski, coordinador del 26 en Santa Clara, como dos o tres horas. Recuerdo que ese día Fidel me dijo que su mayor deseo era montarse en un avión lleno de libros e ir hasta Uruguay para tener tiempo de leer.”

El joven líder de la Revolución había hablado de Carlos en una carta fechada en el presidio Modelo de la Isla de Pinos el 12 de junio de 1954. Entonces lo mencionaba entre los pocos, poquísimos periodistas –bastaban para contarlos los dedos de una mano, escribió Fidel- que habían defendido “cívica y valientemente” a los moncadistas.

Aquel valiente civismo en años de riesgo para la vida de un periodista en Cuba, es un dato de valor a la hora de considerar por qué Lechuga va a estar después entre los primeros embajadores de la Revolución, en dos misiones bajo fuego: la OEA y las Naciones Unidas.

 

Carlos Lechuga y Raúl Roa en las batallas diplomáticas de inicio de la Revolución

Contemporáneo y amigo de Raúl Roa García desde los años en que cubría noticias en la Universidad y más cercanamente en la década del 40 del pasado siglo, cuando ambos escribían para El Mundo, también resulta lógico que el primer canciller de la Revolución pensara en Lechuga para algún cargo en el nuevo Ministerio de Relaciones Exteriores.

La entrañable amistad que forjaron en redacciones periodísticas y librerías que recorrían juntos, después de los cierres, terminó contagiando a sus descendientes que hoy forman una sola familia.

Una década más joven, Lechuga sobrevivió a su ministro por más de 25 años, durante los cuales siempre estuvo dispuesto a recordar las singularidades que convirtieron en leyenda al canciller: “Desde joven era muy culto, muy revolucionario y muy ocurrente. Para todo tenía salidas muy originales. Lo mismo para hacer reír a la gente que para atacar al contrario, como aquella vez que se batió con el embajador del Chile de Pinochet en la ONU, llamándole “hijo de puta, maricón y cundango” en el pleno de la Asamblea General, apostillando al final que todas eran palabras sacadas de la obra cumbre de la literatura en lengua española (“El Quijote”).”

“Conste que su pelea no era sólo en los escenarios internacionales. El palique ambulatorio y la guirovagancia, son algunas de las palabras que se inventó para fustigar a los que no hacían lo que debían dentro del ministerio. Era un verdadero desafío ser diplomático a las órdenes de Roa, porque no toleraba la mediocridad y aunque era bueno en el sentido de que trataba de ayudar a la gente, no admitía libretazos. Exigía que la gente se preparara bien.

Por más que admiraba a Roa, Carlos solía ser muy preciso en cuanto a quién era el creador de la política internacional de la Revolución: “Fidel es el arquitecto de la diplomacia nuestra –decía sin dudar- y cuando hablabas con él, preguntaba y explicaba mucho. Los diálogos con él eran muy fluidos, incluyendo sus recomendaciones. Él es el autor del estilo de la diplomacia cubana que Roa encarnó como nadie, pero quien origina la política exterior de la Revolución es Fidel.”

De la Diplomacia al Periodismo

Después de los episodios de la OEA y la ONU, Lechuga no retornaría al Periodismo a tiempo completo, pero tampoco lo abandonaría jamás.

Tuvimos nuestra última entrevista pocos meses antes de morir, en abril de 2009. Se había jubilado para dedicarse a un libro sobre los primeros intentos de diálogo entre Cuba y los Estados Unidos, que escribirían él y un amigo estadounidense a cuatro manos.

“Los mejores años de mi vida fueron en el Periodismo – decía con nostalgia-. La diplomacia te da muchos problemas y también muchas satisfacciones, porque conoces a más gente, otros países y tiene una proyección más amplia, pero no es como el Periodismo, que tú escribes y lo lee la gente o hablas por televisión o por radio y la gente lo escucha.

“En la diplomacia casi siempre tienes que trabajar en cosas que no se publican o incluso que son secretos de estado. Pero el Periodismo me ha servido mucho para ejercer la diplomacia.

Le comenté que trabajar para una diplomacia como la cubana, que siempre peleó en desventaja –se supone- con un país tan poderoso, tan controlador de todas las voluntades, tiene que haber sido motivo de mucha satisfacción, nada más que por no haber perdido nunca frente a la prepotencia estadounidense.

“De eso no hay duda posible. Quizás, el mayor mérito, no solo de la diplomacia, sino de toda Cuba, es haber resistido todas las conspiraciones de los Estados Unidos, el país más poderoso militarmente, el más rico, el más cercano a nosotros, además. Sí –confirmó- es una satisfacción enorme, haber resistido.”

Pero aclaraba: “Cuba siempre ha estado dispuesta a negociar con los Estados Unidos, desde el principio. Lo que pasa es que nunca ha estado dispuesta a negociar la independencia, sino a negociar de igual a igual y hablar en qué estamos o no de acuerdo…”
Los diálogos con la Administración Kennedy

Aunque no le gustaba ser entrevistado –los periodistas de su época consideraban inadecuado asumir el rol protagónico-, después de publicados sus libros, Carlos no pudo escapar de las interrogantes de sus colegas, principalmente norteamericanos, que lo buscaban constantemente como testigo excepcional del capítulo más significativo en la difícil historia del diferendo Cuba-Estados Unidos: el interés de la administración Kennedy y de Fidel en dialogar.

A mí me lo contó de la siguiente manera:

“Después de la crisis de los misiles, una periodista, Lisa Howard, de ABC televisión, que había estado en Cuba y había entrevistado a Fidel -entonces yo estaba de embajador ante las Naciones Unidas en Nueva York-, me vino a ver para decirme que un embajador norteamericano quería hablar conmigo.

“Le dije que sí y ella organizó un coctel en su apartamento de Park Avenue. Ahí me encontré con William Atwood, que había sido director de Look y de otra publicación en Nueva York. Hablamos. Él me dijo que había escrito un memorándum sobre la situación entre los dos países, que (Adlai) Stevenson (a la sazón embajador de Washington en la ONU), lo había leído y le había dicho que dudaba que pudiera hacerse algo, porque la CIA era la que gobernaba los asuntos relacionados con Cuba, pero lo aceptó y lo entregó a (William Averell) Harriman, quien era subsecretario de Estado.

“Empezamos a hablar y Atwood me dijo que había gente dentro del gobierno norteamericano que querían tener un arreglo con Cuba y que él había sido autorizado para seguir, que había hablado con Robert Kennedy, quien en aquel momento era la máxima figura de la conspiración contra Cuba –dirigía un grupo donde estaba la CIA, el Pentágono y el Dpto. de Estado- y que aceptó que continuara las conversaciones conmigo.

“En el curso de esos diálogos, me contó que, al entrar en la presidencia de Eisenhower, lo único que Kennedy le había pedido era no hacer relaciones con China, pero le había dicho que creía que ya era la hora de ver por lo menos qué se podía hacer con Cuba.

“Por él supe que un asesor de Kennedy –Mc Cloy- había hecho un memorándum el año anterior, sugiriendo al equipo de asesores de Kennedy, tratar de hacer un arreglo con Cuba. Esa gestión un año antes parece que es lo que culmina en esta gestión de Atwood.

“Hablamos varias veces. Él me explicó que ya era hora de romper el hielo, que había gente en el gobierno favorable a eso, aunque había otros que no querían relaciones y todavía pensaban hasta en una invasión militar a Cuba. Pero había gente que no y Kennedy tampoco. Que él quería explorar qué posibilidades había para eso. Robert Kennedy le había dicho que él no podía venir a Cuba, porque se enterarían los republicanos y formarían un escándalo. Sobre todo porque había unas elecciones de congresistas meses después – en el 64-. Alguien me dijo después – un periodista- que Kennedy no quería llegar a esas elecciones con el problema de Cuba sin resolver, porque iba a perjudicar al Partido Demócrata.

“Cuba le dijo a Atwood que podíamos situar un avión en México para que viniera hasta Varadero para hablar aquí, pero Kennedy dijo que era mejor hacer una agenda primero para ver los problemas que se iban a discutir. Y Cuba empezó a hacer la agenda…

“Antes de eso, Atwood tuvo noticias de que Jean Daniel, un periodista francés del Nouvel Observateur iba a venir a Cuba. Él se había enterado por un corresponsal en la Casa Blanca y había pedido que Kennedy lo recibiera. Jean Daniel, que no sabía nada de las conversaciones en curso, le empieza a hablar de Argelia, pero Kennedy le pide hablar de Cuba y le propone que cuando vaya a La Habana y hable con Castro, averigüe qué piensa Castro de la situación que hay y cuando regrese, lo vea.

“Jean Daniel viene a Cuba, pero cuando estaba hablando con Fidel, en Varadero, oyen por radio la noticia de que han asesinado a Kennedy. Y ahí se acabó todo.

“Después Johnson, ya presidente, fue a Nueva York a hablar a Naciones Unidas. Atwood y Stevenson hablan con él, le comentan de las conversaciones y el presidente les dice que cuando regrese a Washington verá eso, que ya sabía del memorándum de Atwood, pero no tenía muchas noticias y quería verlo mejor.

“Kennedy ya había designado a Gordon Chase, uno de sus asesores para tener contactos conmigo y con Atwood para que le informáramos todo. A los cuatro o cinco días, Chase llamó a Atwood y le dijo que Johnson no quería seguir estas conversaciones.

“En esos días (Ludwig) Erhard, canciller de Alemania fue al rancho de Johnson y éste le pidió que se sumara al bloqueo contra Cuba. Así se liquidó aquel episodio.

Le comenté a Lechuga una creencia muy difundida que comparto: que la muerte de Kennedy tiene mucho que ver con la intención de interrumpir cualquier proceso de acercamiento y me respondió que seguramente sí:

“Yo creo que una de las causas que aceleró, digamos así, el atentado a Kennedy, fue el conocimiento que tenía alguna gente de las conversaciones que había para un arreglo con Cuba. Tanto es así que (Arthur M.) Schlesinger, que fue asesor de Kennedy y es historiador, refiriéndose a esto, escribió que la CIA nos vigilaba siempre y que “cuando el embajador de Cuba hablaba con Atwood en el salón de delegados, la CIA sabía que no estaban intercambiando recetas de daiquirí.”

Un récord Guinnes para la política contra Cuba

Mi último diálogo periodístico con Lechuga ocurrió cinco años antes del 17 de diciembre de 2014. Aun parecía muy lejos la posibilidad de un entendimiento, así que le pregunté si, como conocedor del mundo de la diplomacia desde adentro y también de la mentalidad norteamericana, creía posible que llegáramos a un entendimiento alguna vez.

“Yo creo que sí –respondió matizando: no creo que sea de inmediato, pero lo habrá. Mira, Clinton no iba a firmar la Ley Helms-Burton, pero fue a La Florida en la campaña electoral, le dieron 125 000 dólares y la firmó.

“Yo digo en un libro que estoy escribiendo, que toda esta política contra Cuba tiene que ir al libro de récord Guinnes. Es la política más extensa y que más fracasos acumula para los Estados Unidos. Creo que al final, ellos tendrán que cambiar de política. Cambiarán primero – predijo- las prohibiciones de los viajes y las remesas a Cuba y después seguirán otros cambios.

“Va a cambiar, porque no pueden seguir toda la vida con esta política que es un fracaso completo. El bloqueo es un fracaso absoluto. Y Cuba, todos sabemos cómo se ha mantenido. No creo que sea una cosa inmediata, pero llegará un momento en que se logre, por la presión interna de la gente que quiere venderle a Cuba, que quiere viajar a Cuba libremente. En mi libro yo comienzo diciendo que los norteamericanos se van a asombrar de que haya sido más fácil –hablando del libro de Mark Twain- que un yanqui de Connecticut llegue a la corte del Rey Arturo que un ciudadano norteamericano a La Habana.

Junto a Lechuga recordamos que como consecuencia de la hostil política contra Cuba, la diplomacia cubana también sufrió atentados terroristas y que en los años 70 debió haber sido muy riesgoso identificarse como diplomático cubano en los Estados Unidos. Compañeros suyos como Félix García fueron acribillados en plena calle y a Raúl Roa hijo le pusieron una bomba bajo su auto…

“No sólo en Estados Unidos. En Portugal pusieron una bomba y mataron a dos compañeros en la embajada. En Buenos Aires asesinaron y desaparecieron a dos compañeros. No olvides que enviaban sobres con explosivos a nuestras misiones. Han hecho millones de cosas. Tenemos además el problema mediático. No tenemos fuerza para contrarrestar las campañas que dentro y fuera de los Estados Unidos se lanzan contra nuestro país. Pero poco a poco se va a abriendo paso la verdad, especialmente por el interés de los norteamericanos de vender productos y de invertir en Cuba, sobre todo en la exploración petrolera pues se le van adelantando otros.

Lechuga no vivió para ver que sus previsiones se cumplían, pero nunca dudó que así sería. Aquella última vez con un cuestionario por medio, lo despedí con una felicitación por haber merecido, después de tantos años y tanta obra, el Premio de Periodismo “José Martí” por la Obra de la Vida, a propuesta de la delegación de base de la UPEC de la Mesa Redonda y Cubadebate. Como la entrevista iba a transmitirse en el programa que yo conducía semanalmente por Radio Rebelde en defensa de los Cinco Héroes cubanos, presos desde 1998 en cárceles estadounidenses, me respondió con una hermosa anécdota sobre sus sueños más recurrentes:

“Te voy a decir algo que no sé si lo creerás. Yo he soñado no una, sino varias veces que voy a los Estados Unidos a sacar a los Cinco de la cárcel. Te juro que he soñado eso. Unas veces voy por una reunión diplomática, me pongo de acuerdo con alguien allí o incluso le doy dinero a alguien de la cárcel y poco a poco los saco. Lo que pasa es que se me complicó el problema cuando los repartieron por cárceles diferentes. Entonces en el último sueño que tuve sacaba a tres, pero me quedé ahí. No sabía cómo ir a las otras prisiones porque al principio era sacarlos a todos del mismo lugar.

“Si puedes hacerles llegar mi mensaje a sus prisiones, cuéntales estos sueños y diles que los saludo, los abrazo, los admiro. Son ejemplos para todo el pueblo nuestro, de firmeza, de patriotismo. Un abrazo para todos ellos.”

 

Tomado de Cubadebate

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