Con diez palabras solamente…

Las líneas siguientes no parten de una canción aunque he jugado con ella para llega a ti. Iremos a otro asunto si te decides a caminar conmigo. Bien… Hasta abril 10 de 1895. José Martí escribe con su usual ternura, limitada por la discreción en esta oportunidad, a su amantísima Carmen Miyares: lo espera el corcel de la guerra justa organizada por él, y  sabe que  “…un diario suele ser un espía… y  no queda lejos una misiva por íntima que sea. Si la ansiedad y el apasionamiento abren el espacio indebido, el enemigo se aprovecha del más mínimo desliz

Vuelve a escribir desde la cubierta del barco que lo acercará al inicio de la lid; ya tendrá que remar desde una embarcación mucho más pequeña hacia la tierra anhelada.  En  mensaje distinto orienta “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento”. Son frases vigentes para futuras contiendas de su pueblo, de todos los pueblos, incluso en el siglo XXIDespués  de dirigirse a dos hermanos de la misma lucha: “Por eso, Gonzalo y Benjamín…”, ahonda y define con otra oración. Y esas diez palabras son “…Patria ha de ser un periódico especialmente alto y hermoso”.

La frase posterior hace más plena y poderosa la anterior. Significa conceptos merecedores de igual trato y no del soslayamiento: poco o nada hace lo primero sin el resto conclusivo menos conocido, es pistola sin balas o disparada con puntería pésima. Para hacer la guerra a pensamiento hay que usar armas potentes, bien limpias y engrasadas, y su funcionamiento no puede ignorarse. Imprescindible: junto al conocimiento político, ideológico, histórico y la vocación patriótica, utilizar el idioma con soltura y belleza: lo que envuelve el pensamiento no es esclavo de este o la idea se pierde; aquel influye y aun determina. La verdad no se abre camino por sí sola: es indispensable saberla decir para  defenderla y convencer.

El propio Apóstol expresó en el primer número de Patria: “La verdad llega más pronto a donde va cuando se la dice bellamente, y no se ha de encoger ni de reservar la verdad útil”. En otra ocasión expuso: “Pues,  ¿quién no sabe que la lengua es jinete del pensamiento y no su caballo?”.

VIGENCIA TOTAL

No es únicamente vigente la opinión más famosa de las dos mencionadas: la complementaria es esencial, sobre todo en la práctica. Ambas se extienden a la prensa radial, de la televisión y el cine, y la gran revolución de internet. No basta el dominio del idioma y de las técnicas periodísticas, incrementadas en cantidad y en lo cualitativo: están las leyes de la comunicación, la psicología, la sociología, la gráfica, la computación, la influencia mutua entre los medios y de las artes, la literatura, el cine…

Martí sufrió incomprensiones y estupideces por sus colaboraciones. En carta a Manuel Mercado diría en 1878: “Voy a publicar aquí en un periódico, en el que tendré que desfigurarme mucho para ponerme a nivel común. Donde hay muchas cabezas salientes, no llama la atención una cabeza más, pero donde hay pocas que sobresalgan, vastas llanuras sin montes, una cabeza saliente es un crimen”. En ninguna etapa es fácil escapar de la estolidez y los  intereses impuros.

A la vez, según Schulman,  señaló en apunte casi desconocido: “El escritor diario no puede pretender ser sublime. Semejante pujo para en extravagancia. Que la inspiración es dama, que huye de quien la busca; el escritor diario, que puede ser sublime a las veces, ha de contentarse con ser agradable”.

Hoy día es obligatorio como nunca ser agradable y, sin halar por los pelos a tal dama ni caer en extravagancia, bien vale sublimar, dar un toque mágico, creativo, estético, imaginativo, participativo incluso, a lo cotidiano. Y eso no lo inventó el Nuevo Periodismo. Martí y Pablo de la Torriente Brau, por ejemplo, lo realizaron con mayor soltura y superior ética.

En realidad, un periodista debe ser un escritor de lo diario, de la cotidianidad. Ser ameno y profundo, agradable y artístico con sus trabajos le permite atraer, convencer, llegar y forjar mejor las almas: su papel cardinal, la de formador, no significa negación a su labor informativa.

Como expresé en mi libro Para cantar mejor al músculo: “No hace falta mucha sabiduría para darse cuenta: el teque, la descarga, los moralejazos, la reiteración abusiva, la monotonía, lo gris, el triunfalismo, son males tan nefastos como el hipercritricismo: alejan, obstaculizan, no persuaden ni educan, no conducen hacia la reflexión. Y lo válido en este sentido para el periodismo se prolonga hasta el trabajo ideológico, las reuniones, congresos, audiencias en el barrio, clases, discusiones políticas, la simple y trascendental conversación entre un padre y un hijo”.

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