El pelotón de fusilamiento que promovió, y aseguró, el golpe de Estado contra Dilma Rousseff, dispara –desesperado y sin solución de continuidad- sobre Lula.

Los mentores ideológicos del ataque en cuestión, la derecha brasileña -histórica generadora de un país signado por el hambre, las desigualdades y diversos escuadrones de la muerte- ven en el expresidente al “diablo”; a quien le caben las generales de la ley de la justicia divina a través de sus enviados en la Tierra.

Recordemos que “el diablo”, entre otras cosas perjudiciales para la casta oligárquica y un sector de la burguesía pro yankee de Brasil, logró sacar de la pobreza a más de treinta millones de personas; colocar a su país en el BRICS, -alianza de países emergentes con Rusia, India, China y Sudáfrica- por fuera del largo brazo de EE.UU., y fue parte de “eso” que en Latinoamérica, con la participación de la mayoría de los países de la región, se pronunció y actuó en favor de una segunda independencia.

“Eso” que, sin más y groseramente, con supina ignorancia y de manera rutinaria y casi salvaje el establishment acostumbra a denominar populismo, es, para las clases dominantes, imperdonable: por lo que Lula debe ser “pasado por las armas”, borrado del presente y el futuro.

Sin mencionarlo a él –a Lula-, ni a ningún otro de los comprometidos con “eso”, en el más reciente Foro Económico de Davos se vivió con inocultable alivio la ausencia de debates agitados al compás de “eso” que los más obtusos circunscriben al populismo.

Sin embargo, los más precavidos no se animaron a cantar victoria y advirtieron que es necesario promover “un crecimiento más inclusivo”, argumentando que “las desigualdades sociales” nos trajeron ayer y nos pueden volver a traer mañana “eso” que altera la paz de los sepulcros. A confesión de parte relevo de pruebas.

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