José Martí: la mirada infinita

Tiene apenas seis años, apunta la crónica. Vive en el poblado avileño de Punta Alegre. Aprieta contra su cuerpo un busto de Martí rescatado de los embates del huracán Irma. La imagen es tomada por Yander Zamora. El periodista Jesús Jank Curbelo apunta en su breve texto: “no sabíamos, a ciencia cierta, quién protegía a quién”.

Un simbolismo conmovedor nos recorre. Y es que, en su esencia más pura, el niño no ha salvado solo una representación de Martí, sino al mismísimo Martí, y con él, se ha salvado. Es que el genio de Paula se nos aparece en las situaciones más insospechadas.  Martí nunca pasa.

Aproximarnos a su legado requiere barrer la tendencia de desgajar citas martianas sin acudir a la obra íntegra que la sostiene. Requiere  aprehender un discernimiento de excepción, una mirada otra que imanta sus artículos desde la primera letra hasta la última frase.

La infinitud del pensamiento martiano  resulta ala y semilla. Cada cubano ha de hacer como aquel niño de Punta Alegre: abrazarle para salvarlo, abrazarlo para salvarse.

Los que morían bien

Siempre me he preguntado, por ejemplo, que habrán dicho los que leyeron de estreno en 1888, en Nueva York, en El Avisador Cubano, su artículo “Céspedes y Agramonte”. Más que contar, el escritor nos introduce en las mentalidades de los héroes. Reserva para cada uno, la pincelada definitoria:

“De Céspedes el ímpetu, y de Agramonte la virtud (…) de Céspedes el arrebato, y de Agramonte la purificación”. (1) Como una develación asistimos al campanazo cespediano desde la cuerda martiana. Es mucho lo que remarca: “Y no fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos y los llamó a su brazos como hermanos”. (2)

Otra de las figuras cubanas que emociona a Martí es la del poeta José María Heredia (1803-1839). Por un momento, se encarna en él. No es extraño, pues a semejanza de aquel, está sometido al exilio, a la lejanía familiar, al frío de la distancia, a las incomprensiones, a una labor patriótica absorbente.

El Cantor del Niágara apenas pudo vivir en Cuba unos seis años, incluidos los tres de su primera niñez. En 1823 debió huir, acusado de su participación en la Conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar. Su destierro le abate física y emocionalmente, y en esas condiciones, tras una larga ausencia, desde un México tumultuoso, le escribe al Capitán General de la Isla, Miguel Tacón.

Domingo del Monte, el gran regidor de los ambientes literarios de entonces envió el 28 de noviembre de 1836, una misiva al propio poeta y le clavó el mote ignominioso de “Ángel caído”.

Martí, sin embargo barre esa unilateralidad interpretativa y rescata la esencia de la huella herediana. Y rescatándole, le hace ondear para la causa de la independencia, desde el artículo publicado en El Economista Americano en 1888 y desde  su discurso de Hardman Hall, un año después.

La pluma martiana lo coloca en la cima: “Heredia tiene un solo semejante en literatura, que es Bolívar”. (3) Y al valorar la encrucijada de su carta a Tacón, escribe para la eternidad sobre “(…) el poeta que había tenido valor para todo, menos para morir sin volver a ver a su madre y a sus palmas (…)”. (4)

Semejante luz echará sobre un grupo de poetas que escribe en la fragua gloriosa de 1868-1878. Es el encargado de la selección y el prólogo de Los poetas de la guerra. Su labor sobrepasa la del antologador  para entrar en la antropología, si apreciamos ese sentido testimonial, ese ver la obra por el hombre por las acciones que su tiempo y sus circunstancias les exigieron.

Diría que Martí asoma incluso un viso bibliotecológico, por ese hurgar referencial en aquellos periódicos insurrectos (raros y valiosos), tan mambises como sus editores e impresores.

Una decena de poetas ocupa el volumen. Asoman en la antología moldes gastados y descuidos formales. Es, sin embargo, un libro singular, pues décimas improvisadas, glosas de campamento y  versos de urgencia, se cobijan en las letras.  Y ese atrapar el instante, ese llevar la oralidad al papel, es un paso martiano hacia la contemporaneidad. Otro más.

No descubriré mucho. Cuando se menciona el prólogo de Los poetas de la guerra inmediatamente asalta la frase más citada. No por gusto: es la más tajante, la más solemne. Es una frase desbordada, absolutamente lapidaria:

“Su literatura no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían. Rimaban mal a veces pero sólo pedantes y bribones se lo echarán en cara: porque morían bien…”. (5)

Cómplice de la virtud

José Martí abarcó todos los géneros literarios. En su producción no hay que olvidar una obra aparecida por entregas en el periódico neoyorquino El Latino Americano, salvada milagrosamente.  Se trata de Amistad Funesta (1885), y aunque  el propio autor le calificara como “noveluca”, hay mucho de sí y de su pensamiento vertido en ella.

¿De quién habla al construir a Juan Jérez? Aquel que tiene  “(…) la nostalgia de la acción, la luminosa enfermedad de las almas grandes, reducida por los deberes corrientes o las imposiciones del azar a oficios pequeños; y en los ojos llevaba como una desolación, que sólo cuando hacía un gran bien, o trabajaba en pro de un gran objetivo, se le trocaba, como un rayo de sol que entra en una tumba, en centelleante júbilo”.  (6)

Es esa nostalgia, esa desolación, ese rayo, ese deber, esa bondad, ese júbilo el que Martí sabe develar en los personajes históricos que toca. Sea en la lírica, la narrativa de ficción, el periodismo. Insisto en ver la unidad martiana antes que su despiece.

A Martí ―eso sí―, no es posible copiarle, no es posible imitarle. La lección martiana más definitoria es su mirada a las esencias y no a las apariencias.  El periodismo martiano se asentó en el análisis, más que en el reflejo. El latido, no el prejuicio. El elogio merecido, nunca la loa oportunista. De esto último, escribió su célebre artículo Sobre los oficios de la alabanza:

“El vicio tiene tantos cómplices en el mundo, que es necesario que tenga algunos cómplices la virtud. (…)  A quien todo el mundo alaba se puede dejar de alabar, que de turiferarios está el mundo lleno, y no hay como tener autoridad o riqueza para que la tierra en torno  se cubra de rodillas. Pero es cobarde quien ve el mérito humilde y no lo alaba. (…)

“El corazón se agria cuando no se le reconoce a tiempo la virtud. El corazón virtuoso se enciende con el reconocimiento, y se apaga sin él (…) Y a  los corazones virtuosos ni hay que hacerlos mudar, ni que dejarlos morir”. (7)

Cátedra de la noticia

Si pudiera viajar en el tiempo hubiese querido entrar  en el despacho de José Martí, en el mismísimo 120 de Front Street neoyorquino; mientras el escandinavo  Hermann Norman trazaba su imagen al óleo, con la pluma en su mano, su mano nerviosa y fina de 38 años.

Cintio Vitier, uno de sus estudiosos más notables, consideró que Martí “hizo cátedra de la noticia; laboratorio del suceso; de lo efímero, poema; extrajo de lo sucesivo, leyes. Expuso con olor a tinta fresca y para siempre, su galería de retratos ejemplares…” (8)

Solo de esa manera pudo ejercer un periodismo profundo y sanador, pudo redimir al Heredia caído. Solo así los poetas de la guerra son revelados, en primerísimo lugar, como patriotas. De esa manera, Céspedes y El Mayor se abrazan y juntan, ya para siempre.

Trascender es adentrarse en la vena de las cosas. Martí es un llamado perenne. Es nuestro contacto más precioso y seguramente más preciso con la futuridad. Cómo no serlo, cuando aquel poeta que partía hacia la guerra, era capaz de escribir a su madre desde Montecristi, toda una confesión de fe: “No son inútiles la verdad y la ternura”. (9)

 NOTAS

 

  • José Martí: “Céspedes y Agramonte”, Obras escogidas, Tomo II, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992: p. 234.
  • José Martí: Op. cit., p. 235.

(3)        José Martí: “Heredia”, Obras Escogidas, tomo II, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992, p. 228.

(4)        José Martí: “Heredia” (Discurso pronunciado en Hardman Hall, el 30 de noviembre de 1889), Op. cit., p. 413.

(5)        José Martí: “Prólogo al libro Los poetas de la guerra”. Obras Escogidas, tomo III, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992, p.306.

(6)        José Martí: Amistad Funesta, Editorial Gente Nueva, La Habana,1980, p. 16.

(7)        José Martí: “Sobre los oficios de la alabanza”. Obras Escogidas, Tomo II, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992, p.88.

(8)        Cintio Vitier: Vida y obra del Apóstol José Martí, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2006, p. 200.

(9)        Carta de José Martí a su madre desde Montecristi, 25 de marzo de 1895. En José Martí: Obras Escogidas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992,  t.3, p. 509.

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