Mausoleo a José Martí, en el cementerio patrimonial de Santa Ifigenia, Santiago de Cuba (Foto: ACN)

Tenía en mis manos dos rosas blancas. Sudaba mucho. Había llovido tanto al amanecer que la hierba del cementerio aún goteaba. Calculé los pasos hasta aquel monumento gigante que siempre veía desde arriba.

Las seis cariátides que representan las regiones en las que estaba divida Cuba, los 21 escudos de los países sobre cuya tierra reposa, la Elegía de Almeida cada 30 minutos. La primera vez. Aquella que me llevó a recordar el primer año de la carrera, cuando hice aquel reportaje. ¿Para qué quería ser periodista? Porque me había enamorado de aquel Macondo universal, y aún buscaba el consejo tras el examen y la crítica.

Ya no estaba en el Pan de Guajaibón, ni en el Valle de Viñales. A mi lado no había jóvenes celebrando el Homenaje en las alturas, ni haciendo trabajo comunitario en las montañas de la Sierra Maestra, ni abrazando el monumento solitario en el Pico Turquino. No estaban Eurico, Efraín, ni los artistas que había entrevistado. No había crónicas, ni cartas a María Mantilla, ni ensayos.

Solo estaba él. Y el cielo soleado después de la lluvia.

También estaba yo. Nerviosa porque era la primera vez. Detrás, un centenar de colegas aguardaban el inicio del homenaje, a 125 de la fundación del Periódico Patria. Los fotógrafos buscaban el mejor rincón. El Primer Secretario, la Presidenta del Gobierno Provincial, la presidenta de la Upec, mi amigo Dayán. Ellos también tenían dos rosas blancas.

Pensé en la frase que me recibió hace nueve años: “La prensa es el can guardador de la casa patria”. Y en la insistencia del profesor Guasch para que supiéramos “de la nube al microbio”; en la paciencia de Fonseca para que investigáramos “las necesidades del país, para fundar sus mejoras y facilitar la obra de la administración que rige”; en la pasión de Yamilé Haber para que no informáramos “ligera y frívolamente sobre los hechos que acaecen, o sincerarlos con mayor suma de afectos o adhesión”.

Vi los ojos llorosos de mis compañeros de aula en la sala de Oncohematología del Hospital Infantil, nuestros debates sobre la prensa cubana en la Siberia, y aquella bandera gigante que cargábamos en las marchas de la universidad.

Allí estaban la plaza llena de jóvenes con brazalete rojinegro haciendo una vigilia, la caravana que atravesó toda Cuba y las lágrimas de la viejita que entrevistaron en la TV. Estaban las banderas del 26 de julio, las entrevistas de Katiuska, sus reflexiones, su amistad con “el arañero”, y aquel grano de maíz donde cabe “toda la gloria del mundo”.

También estaba él. Y nosotros, con dos rosas blancas.

Viviana Muñiz Zúñiga / Cubaperiodistas

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Comentario

  1. Rosalí Trujillo

    Qué bonito texto de la profesora Viviana!! es un orgullo de periodista santiaguera y recientemente discutió su doctorado en Ciencias de la Comunicación!! Saludos para ella.

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