La noticia, el artículo, la crónica, la entrevista no son exclusivas prendas de los ases. ¿Acaso usted cree que el triunfo es lo único que debe reportar de una competencia deportiva? Evite que la sorpresa lo agarre fuera de base y se le escape un hecho que merece ser cantado más que contado, o un suceso para el que debe estar preparado por encima de la especialización ciega pues está fuera de la pista o el ring. Otro problema: atarse a quién ganó o quién perdió, esclavizado por las cifras o sus saberes científicos técnicos cuando deben ser sus amigos y no sus amos.

Cuando Enrique Montesinos y yo cubrimos los Centroamericanos y del Caribe de Panamá 70, -nuestro primer viaje al exterior- algunos no comprendieron por qué íbamos a entrevistar a una muchacha que observaba desde las primera filas de las tribunas, el calentamiento de las voleibolistas. Se dieron cuenta de la importancia, más humana incluso que periodística, de esa conversación, cuando convertida en escrito vio la luz. La joven era la única sobreviviente del seleccionado puertorriqueño de esa disciplina que había perecido recién en un accidente de aviación.

Juegos Olímpicos Múnich 72, parecen magníficos…  ¡El comando palestino Septiembre Negro secuestra a varios atletas israelíes, tiroteo, muerte, el intento de salvamento se hunde en el horror…! El certamen continúa aunque el hermoso rescate de Pierre de Coubertin se ha llenado de sangre. ¿Cómo reflejar e interpretar todo esto si no se conoce, al menos en lo esencial, las contradicciones entre ambos países y los preceptos del olimpismo? Y hay que darlo. Nada escapa de la política, muchas veces convertida en violencia inusitada.

XVII lid del subcontinente Ponce 1993. En los 800 metros planos se impone la boricua Letitia Vriesde, de Surinam: medalla de plata para Ana Fidelia Quirot. La victoria anterior de la cubana sobre la muerte por ese milagro de su voluntad y el desarrollo de la medicina en la Mayor de las Antillas, cristaliza en que los mayores aplausos sean para quien entró segunda. Los periodistas, los aficionados, la propia ganadora ascienden a dorada la presea de la subtitular. Sin embargo, no llegó desde allá una crónica a la altura del verdadero triunfo.

Gracias a  LA MÁQUINA DEL TIEMPO

Monte sin pedir permiso a  H. G. Wells. Es la máquina de los recuerdos en verdad. Acompáñame. Reporto los Juegos Olímpicos de Moscú 80 para Juventud Rebelde.

Semifinal de los 400 metros planos. Arrancada. Está la polaca Irena Zsewinska. ¡El disparo. Se rezaga, Dios, se rezaga! A duras penas llega a la meta. ¡Cómo me duele este último lugar! Cojea. La ayudan a salir de la pista. Nunca imaginé verla caer así: desfallecida, pálida: mordido el labio inferior, las miradas en otro sitio, lejos de la instalación; en su gloria, todavía más lejos…

Pocos años atrás, destrozaba las anhelos de las rivales; entonces, la faz de la deportista se iluminaba sin abandonar la modestia. Ha sido vencida por la edad más que por la calidad contraria en esta tarde dominical del 27 de julio, durante la cuarta jornada de la lid de atletismo de los XXII Juegos. Has presenciado su adiós.

Mira, no esperaba verla vencer aunque por dentro, batido con la lógica, pensaba que iba a encabezar la prueba. Uno quiere cegarse ante figuras amadas hasta sin tratarlas directamente, mezclas de realidad y leyenda, de mito y destreza, de fantasía y logros. Por mi mente no pasó que iba a tener que atrapar su derrota en varios párrafos, y dar a conocer quienes pasan a la lidia decisiva, en el cumplimiento del deber como enviado especial. Cada línea me hiere.

No puedo ni quiero eludir mis sentimientos. Necesito convertirlos en periodismo, por ella, por ti, por todos, y por mí o me ahogo. Lanzaré el sentir sobre las cuartillas, por encima de noticia o comentario. Debo expresar este padecer por el último puesto de Irena, su no clasificación, su inminente despedida, aunque ni siquiera sepa que existo y jamás llegue a leer estas frases.

Sigue el malestar cuando llega la carrera decisiva. ¡Sin ella…! Tengo que soslayarlo e informar el resultado para el  diario. Muerdo mi dolor y cumplo. Pero la atleta sigue latiendo en mi alma muy por encima de las tres ocupantes del podio: Marita Koch (RDA),  Jarmila Kratochilová (Checoslovaquia) y Christina Lathan (RDA).

Quienes le hayan dado al deporte parte del corazón, saben que va más allá de marcas o medidas, jonrones o goles, jabs o esquivas: drama, arte, estética, ética. Una de las grandes de todas las épocas ha caído.

Prefiero rodearme de una estadística feliz. Szewinska: cinco Juegos Olímpicos, siete medallas, tres de oro. Tokio 1964. Todavía soltera: Irena Kirszenstein. Premio dorado en el relevo corto 4  x 100, junto a Ciepla, Hermann y Klobukowska, récord mundial con 43.6. Dos sitios plateados: salto largo (6.60) y en 200 planos (23.1), superada únicamente por la inglesa Mary Rand (6.76 metros, nueva plusmarca del orbe) y la norteamericana Eddy McGuire (23 segundos, mejor registro para el clásico)

México 1968. Casada, otro apellido. Por fin, el primer cetro individual: 200 lisos, 22.5, rota la marca suprema de la distancia, y bronce en la prueba reina. En Múnich 1972, tercera en los 200. Del amor, un niño. Para muchos, la polaca debía despedirse. En Montreal 1976, se burló de los desconfiados: estrella de los 400 llanos con 49.29, quebrada la primacía del mundo en la especialidad.

Moscú 1980. Continúa cojeando. Se vira hacia la pista, hacia el público. Mira sin ver… Baja la cabeza y se marcha. En silencio, no le digo adiós: merece un hasta siempre. Todo esto, gracias a la máquina del tiempo-recuerdo, compartida contigo.

Por Víctor Joaquín Ortega

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