Un regalo magnífico recibí durante la misión como profesor de periodismo deportivo en Bolivia. Uno de mis alumnos, Miguel Coro, me obsequió la obra narrativa Socavones de Angustia. A Miguel le dedico estas líneas surgidas después de leerla.

Derrumbe en el tope 35. Juan Calle encabeza el rescate: la tierra, las piedras, su pico choca con algo más blando: ¡queda clavado en el cráneo de Juvenal Sunahua!  La muerte no se conforma: la asfixia vence a Ambrosio Quispe: “…de nada le ha servido al muchacho magullarse las manos hasta sacarse las uñas y hacer sangrar las yemas de los dedos de tanto arañar la roca…” Juan, con los pulmones destrozados por culpa de los esfuerzos en demasía durante tantos años, el polvo del mineral, el hambre;  mayor destrucción en el alma mientras recuerda el accidente y aquel maldito picazo…

Navegamos por la novela Socavones de angustia, de Fernando Ramírez Velarde, (Sucre, Chuquisaca, Bolivia, 8 de mayo de 1913 – Santa Fe, Argentina, 23 de agosto de 1948), publicada por primera vez en 1947: Cochabamba; segunda edición: la Paz, 1953.Obra de ficción – pero, ¡cuánta realidad! – que ubica los sucesos iniciales en 1929, prosigue por los años 30 y 40, y ha sido base de un filmes y espacios radiales.

Sigamos por dichas aguas…Enfermedades, analfabetismo, crímenes, niños sin niñez, jóvenes sin juventud… ¡Huelga! La violencia y la astucia  de los enemigos la llevan al fracaso. La mayor parte de la prensa en manos de los explotadores: otros de los pecados que se mantienen lacerando el hermano país para obstaculizar los cambios necesarios.

“Un amago de huelga en la mina Buena Estrella fue solucionada satisfactoriamente…

 

El disparo, la herida, los golpes, la cárcel, el despido… son la solución. Y al que anda rebelde suele costarle caro y el periódico miente sobre ello descaradamente al ritmo del gerundio mal usado:

“Accidente de trabajo…

La Empresa Buena Estrella comunicó a la policía que el día de ayer, por imprudencia,  el obrero Gabino Caricari, que jugaba con un fulminante y un trozo de gelignita, se hizo volar la cabeza, muriendo instantáneamente”.

El miedo al profesor Lizarazu. Bien claro están los burgueses desde ese temblor del gerente Burton:

– Los agitadores profesionales que pululan por las minas me tienen sin cuidado, amigo Lizarazu, porque nunca los he considerado peligrosos. En cambio, sí me preocupan los que no siendo agitadores llevan la rebelión en las almas. Estos y no aquellos, son los capaces de llevar a cabo las grandes sublevaciones.

– Yo no he hecho otra cosa que enseñar a los obreros…

– Mala costumbre la de abrir los ojos a los obreros con la enseñanza, señor profesor- contestó Burton con sorna y maligna sonrisa.

El desprecio al indio en la voz del funcionario:

“…está perdiendo su tiempo lamentablemente, tratando de enseñar a estos indios ignorantes, que no sacarán ningún provecho de sus enseñanzas o interpretarán torcidamente sus lecciones…Es una raza infeliz, llena de taras y de vicios. Y no creo que la instrucción pueda redimirlos de sus condiciones actuales…

El maestro responde con solidez:

– A usted lo único que le interesa, con violento egoísmo, es que el indio extraiga metal de los socavones, y respecto a lo demás, ¡allá ellos ¡ Para mí, el problema es distinto. Desde muy niño he convivido con ellos y puedo asegurarle que, en muchos, he encontrado magníficas cualidades adormecidas por la ignorancia.

Con los hechos contesta mejor aún: prefiere quedarse sin empleo que traicionar a sus alumnos por los 6 000 bolivianos mensuales ofrecidos si olvida los cursos y pasa a laborar como secretario general de la compañía.

Sebastiana es el dolor; Juan  convalece cerca del adiós; Donata, con un vejigo de éste creciendo en las entrañas; los dos jóvenes de la casa: Pedro y Pablo, tendrán que olvidar los sueños y convertirse en mineros. Donata exclama desesperada:

– … ¡Mamay! Todo se cierra en nuestra vida. ¿No te parece que hasta esta misma noche es más negra que nunca?

– Sí, es una noche oscura-contestó Sebastiana con voz ahogada-; pero siempre es noche oscura para nuestra gente… ¿Cuándo llegará el alba?

Bolívar, Sucre, Manuelita… han regresado; también, el Che y su tropa para apoyar los nuevos combates: Evo,  el Yo sí puedo educacional, la Operación Milagro fidelistas… Sebastiana, el ALBA ha llegado. Y no solo para Bolivia. ¡Defiéndela!

Por Victor Joaquín Ortega

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