Fidel y el niño Elián González

Hace 18 años, Juan Miguel González tuvo frente a frente por primera vez al líder cubano, quien comandaría a partir de ahí una batalla sin precedentes para poner fin al secuestro del niño Elián González en Miami, Florida.

—¡Al suelo! ¡Al suelo!

Los gritos de los agentes federales, armados hasta los dientes, sacan de un tirón de la cama a los parientes de Elián González Brotons. Donato Dalrymple, quien dormía en el sofá de la casa en la Pequeña Habana, en Miami, sale de estampida y toma al niño, ajeno completamente a lo que sucedía. Sorprendidos, todos corren de un lado a otro.

Nada ingenuo, Donato intenta refugiarse con el muchacho en el clóset atiborrado de un dormitorio, cuya puerta casi se viene abajo al irrumpir miembros del comando.

—¡Dame al niño! ¡Dámelo!, le reclaman.

El hombre se resiste al inicio. Sin opción, le entrega a Elián a una agente, aparecida de pronto. En una carrera milimétricamente pensada, la mujer lo rescata de la vivienda de Lázaro González, tío abuelo del menor, entre dos filas de uniformados.

Es poco después de las cinco de la mañana del 22 de abril de 2000. En 154 segundos se dirime el secuestro. Por más de cuatro meses y medio, la mafia cubano-americana de la Florida estuvo negada a devolverle el hijo a su padre Juan Miguel González Quintana.

El 25 de noviembre de 1999, Elián había sido encontrado desfallecido sobre una cámara de neumático en medio del océano, frente a Fort Lauderdale, luego de dos días a la deriva y de que la embarcación rústica donde viajaba ilegalmente hacia Estados Unidos, llevado por su madre Elizabeth Brotons, naufragara con la consiguiente pérdida de la casi totalidad de sus tripulantes. “Me quedé dormido; cuando volví a abrir los ojos, no vi a nadie, no vi a mi mamá”, relataría años atrás.

Juan Miguel González, el padre de Elián (Foto: Arelys García/ Escambray)

Cuando Juan Miguel apenas olió la trampa que le empezaban a urdir en Miami, solicitó ayuda al Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba (Minrex) para que tramitara ante las autoridades de EE.UU. el regreso de su hijo Elián.

Han transcurrido 18 años. No necesitamos recordárselo al padre, quien nos acoge en Cárdenas, Matanzas, con una familiaridad de antaño. “No tendrán pérdida; la casa queda frente a la bicicleta”, nos advirtió previamente por teléfono. Y ahí, delante, ya veíamos el monumento de alambrón y cabilla, parqueado en el centro de la Calle Real, bautizada así desde la colonia.

Ha transcurrido, además, un año de la partida física del Comandante de la Revolución cubana Fidel Castro. Tampoco precisamos recordárselo al cardenense, quien el 2 de diciembre de 1999 recibió una inesperada llamada. Debía partir hacia La Habana; Fidel aguardaba por él.

Para conocer qué terreno pisaría antes de dar la batalla que comandó por el retorno de Elián, Fidel le hizo a usted prácticamente una radiografía en el aquel contacto.

“Eso es una cosa natural en nuestro Comandante. Se interesó por mi vida, por la familia. Quiso saber si lo que yo sentía hacia mi hijo era realmente un cariño de padre afectuoso. Me dijo que si quería dirigirme a EE.UU. a estar con mi hijo y quedarme allá, no había problema. Él planificaba todo, se arreglaba todo. Le manifesté que no tenía interés en ir allá, lo que quería era que me regresaran a Elián. Y me respondió: ‘Tranquilo. A partir de mañana mismo se vuelca el pueblo, el país completo a hacer el reclamo por el regreso de tu hijo’.

“Después de compartir durante toda una noche con Fidel, sentí un alivio muy grande. Me sentí más tranquilo al ver a la dirección del país, a nuestro líder de toda la vida, recibirme personalmente y darme su apoyo”.

Al dedillo, Fidel conocía que en más de 40 años el Gobierno de EE.UU. jamás había accedido a una petición legal de ese carácter. “Este, como el caso de los pescadores y otros, tenía que ser resuelto mediante una batalla moral y de opinión pública con la participación del pueblo”, aclararía el estadista.

Ni por cortesía, las autoridades estadounidenses habían respondido la nota diplomática del Minrex a la semana de enviada. El 4 de diciembre Fidel declaró públicamente que si en tres días Elián no era devuelto, se desencadenaría una gran batalla de opinión nacional e internacional. Ciertos medios de comunicación lo consideraron un ultimátum a EE.UU. Para el estratega, “no era más que una sincera advertencia sobre lo que inevitablemente ocurriría”.

Y aconteció. Protestas frente a la Oficina de Intereses de la nación norteña en La Habana, marchas, tribunas abiertas, el nacimiento de la Mesa Redonda Informativa el 16 de diciembre de 1999, cuya primera emisión se tituló “¿En qué tiempo se puede cambiar la mente de un niño?”. De su puño y letra, Fidel publicó el artículo “¡Salvemos a Elián!” en el semanario Trabajadores el 20 de diciembre. La Batalla de Ideas tomaba altura.

Juan Miguel, cuando usted viajó a EE.UU. el 6 de abril de 2000, Fidel lo despidió en el aeropuerto. ¿Qué le sugirió?

En todo momento me transmitió la convicción de que la batalla se podía ganar, de que mi hijo podía regresar. El Comandante me dijo que era preciso que viajara personalmente; yo no quería que fueran mi esposa y mi hijo. Sin embargo, él con su vista grande, con su inteligencia infinita, dijo: “No, no debes hacer la visita tú solo. Si marchas solo, cuando llegues allá van a decir que estás presionado por el Estado cubano; van a decir que tu mujer y tu hijo están de rehenes en Cuba. La mejor solución es que viajes con tu mujer y tu hijo”. Hizo los preparativos y así sucedió.

Fíjense si de verdad nuestro Comandante Fidel ve el futuro, que al estar allá, la Fundación (se refiere a la Fundación Nacional Cubano Americana) empezó a decir que no me quedaba —cuando me comenzaron a hacer propuestas—, porque mis padres, mi hermano, los suegros estaban en Cuba. Se les hicieron los pasaportes; al ver esa decisión, el Estado norteamericano le dio para atrás a todo y les negó la visa.

Los agentes federales rescataron al niño el 22 de abril de 2000. Foto: Alan Díaz/ AP.

Fidel se la jugó el todo por el todo con ese viaje; sabía que los intentos de sobornarlo a usted lloverían para que no regresara a Cuba.

Sí, me hicieron muchas propuestas para que me quedara. Nunca pensé en nada material. Mi objetivo era traer de regreso a mi hijo adonde me crié, adonde me eduqué. Tenía un gran compromiso con nuestro Comandante, con nuestro pueblo, que se volcó a las calles a luchar por el retorno de un hijo más de este.

Nunca me pasó por la mente quedarme en EE.UU. Mi intención era recoger al niño y regresar, siempre con el gran apoyo de mi esposa, que fue muy importante para mí. Fidel nunca me dijo que yo tenía que regresar. Me despidió por su gran sencillez, su gran sentido de humanidad y por la gran amistad que existía entre nosotros.

En el laberinto

Para Juan Miguel, EE.UU.se volvió un clásico laberinto, muy distante de la tranquilidad del parque Josone, en Varadero, donde él asumía las labores de dependiente cajero —aún permanece en esas funciones—. Laberinto, sí; incluso más. “Me llegaron a amenazar con hacerle daño a mi otro niño”, recuerda.

Las intimidaciones procedían de la comunidad cubano-americana más recalcitrante de Miami, donde Elián permanecía secuestrado a despecho de la determinación del Servicio de Inmigración y Naturalización (INS por sus siglas en inglés) de aquel país, adoptada el 5 de enero de 2000, que reconocía el derecho de patria potestad de Juan Miguel sobre su hijo.

La Fiscal General Janet Reno acuñó esta decisión; el niño debía retornar previo al día 14. Para los extremistas de la Florida, el anuncio de la ministra de Justicia sería como el inicio de un ataque aéreo a Miami. Renuentes a la entrega del muchacho, los familiares apelaron; la devolución encalló en la corte de Atlanta.

Hubo más de una pifia por los parientes de Juan Miguel. Luego del brevísimo encuentro de las abuelas con Elián el 26 de enero en Miami, la familia González filmó un manipulado video del niño, quien apareció ante la cámara con una frase en inglés aprendida de memoria: They say I want to go back to Cuba; but I’m telling you I do not want to go back Cuba. My dad has to come here (Ellos dicen que yo quiero regresar a Cuba; pero les digo que no quiero regresar a Cuba. Mi papá tiene que venir aquí).

Del otro lado del Estrecho de la Florida, Fidel no le perdía ni pie ni pisada a esas manipulaciones —alertadas por él— y a las dilaciones judiciales.

¿Usted mantuvo algún tipo de comunicación con él durante la estancia allá?

Sí, en todo momento. Tuve un teléfono con el que podía conversar con él cuando quisiera. No lo hacíamos muy frecuente para que no pudieran tomarlo en contra del regreso del niño. Cada vez que tenía alguna inquietud, que quería decirme algo, me mandaba a alguien personalmente de la Sección de Intereses de Cuba con el mensaje. Siempre existió una buena comunicación entre nosotros, y no dejó de apoyarme.

Les pongo un ejemplo. En una ocasión, uno de los marshalls que nos cuidaba, me dijo que su madre le había dicho por teléfono que yo les hablara a los medios de prensa, les pidiera ayuda. Inclusive, hablé con ella por teléfono, y cuando lo comuniqué a las oficinas nuestras del Minrex en EE.UU. me dijeron que no. Dije que sí, que le iba a hablar al pueblo, y lo consultaron con el Comandante. Él dijo: “Si su decisión es hacerlo, que lo haga. Tiene todo el derecho”.

Salí a hablar con los medios de prensa y le pedí apoyo al pueblo norteamericano, que enseguida comenzó a llamar a la oficina del presidente Clinton; se abarrotaron los teléfonos, y eso surtió efecto.

Fidel: ¿Estás seguro de lo que vas a hacer?

—¡Despiértate! ¡Pon el televisor! ¡Están sacando al niño de la casa!, apremia al padre el abogado Gregory Craig vía telefónica. Son pasadas las cinco de la mañana del 22 de abril. Durante toda la jornada anterior, Janet Reno pretendió llegar a un acuerdo con los parientes de la Pequeña Habana; pero el intento hizo agua.

Cuando Juan Miguel vio que el camino de la negociación se cerraba, se comunicó con los diplomáticos cubanos de la Sección de Intereses en Washington. “Les informé mi determinación: si esa noche no se tomaba la decisión de que se me entregara al niño, al otro día yo partía con mi mujer y mi hijo de brazos hacia Miami en el primer avión que saliera. Me dijeron que era una locura. Al hablar yo con Fidel, me dijo: ‘¿Y tú estás seguro de lo que vas a hacer?’. Sí, mi decisión es esa. Entonces, llamó a nuestros compañeros de la Sección de Intereses: ‘Si esa es la decisión de él, que lo haga. Ustedes están para apoyarlo’.

“Además se lo dije ese día (21 de abril) a la Reno, a la Meissner (Doris Meissner, comisionada del INS): Voy a entrar en medio de la multitud a la casa. Si ellos quieren dispararme, responderán por eso; estaré con mi hijo más chiquito en brazos”.

“En eso estuvimos toda la noche. Horas antes del rescate, me pidieron los datos sanguíneos del niño, los medicamentos a los que hacía alergia. De buenas a primeras, marshalls que nos cuidaban desaparecieron. Ellos me habían pedido los teléfonos míos; no sabía lo que estaba sucediendo. Eran del grupo que sacaría al niño de la casa”.

Reencuentro

22 de abril. De un carro policial, a un helicóptero, a una aeronave. El niño sobreviviente del naufragio parte del infierno, tildado por Fidel así. La Fiscal General Janet Reno anuncia a través de la cadena CBS: “Ahora Elián está en avión en dirección a la base aérea Andrews en Washington DC, donde se reunirá con su padre”.

Juan Miguel González, junto a su esposa e hijos en Estados Unidos. Foto: Archivo.

“Salimos para el aeropuerto —rememora Juan Miguel—. En el camino, los mismos marshalls que rescataron al niño me hicieron una llamada telefónica y me lo pusieron. Estaba llorando. Hablo con él: Tranquilo, son amigos míos. Papa, nos vamos a ver.

“Cuando el avión aterrizó, entró en un hangar. Recuerdo que me prestaron un sobretodo para el niño, porque a él lo habían sacado de la casa en una colcha y en calzoncillos. Atravesé todo aquel hangar hasta llegar al avión. Subí la escalerilla, y en uno de los asientos de atrás fue que pude ver que la marshall que lo sacó, la psicóloga, lo tenía agarrado. Llegué adonde él estaba… (PAUSA). Dicen que al abrazarnos,si se caía una aguja se iba a sentir el ruido”.

Ahora, vuelve el silencio, y si se cae otra aguja, la escucharemos también. Imaginamos al padre cubriendo con el sobretodo al hijo, al hijo anclado al pecho infinito del padre, y al padre cautivo entre dichosas y viriles lágrimas, después de casi cinco meses de secuestro.

¿De quién parte la idea de que la maestra Águeda Fleitas, compañeros de clases de Elián y un primo viajaran a EE.UU. a finales de abril?

De Fidel. Él buscaba el bien y la tranquilidad del niño, su recuperación rápida y que no perdiera su año de clases. Por eso, mandó a su maestra, también a la doctora que lo atendió en los primeros años. Siempre estuvo presente en el Comandante que el niño no sufriera ningún tipo de trauma.

El otro abrazo

La injusticia, al banquillo. Por fin, el 28 de junio la Corte Suprema de EE.UU. desenredó la madeja judicial en torno al caso —denunciada por Fidel en todos los estrados posibles—, al denegar la solicitud de interdicto presentada por los abogados de la mafia cubano-americana, que impedía el regreso de Elián a Cuba.

“En medio del desespero de salir corriendo para el aeropuerto, recibo la llamada de nuestro Comandante. Me tranco en un baño para hablar con él y me dice: ‘Juan Miguel, ganaste la pelea, la ganaste bien ganada. No debes salir de apuro. Debes tomarte tu tiempo y salir victorioso. Si sales rápido para el aeropuerto, sería como que estuvieras huyendo de Estados Unidos’. Eso me costó que tuve que estar durante horas trancado en la habitación. Los marshalls, que ya tenían la decisión de llevarnos para el aeropuerto, me tocaban en la puerta y yo: Voy, voy. Eso nos da la idea nuevamente de la gran visión de nuestro Comandante”.

En horas de la tarde de ese día 28, usted ya viajaba rumbo a Cuba con Elián, su esposa Nersy y el otro hijo. ¿En qué pensó cuando estaba sobre el avión?

“En realidad pasamos un viaje un poco complicado. No sé si recuerdan que en el momento en que el avión venía para acá,una señora de la iglesia allá en Miami empezó a rezar y a decir: ‘Señor mío, tumba ese avión’. No soy creyente, ni considero que haya sido por eso, pero sí hubo una turbulencia por el camino. Cuando empezó, tuve que llamar a la maestra que había entrado en el baño y salió casi desnuda por el susto; la turbulencia estaba tumbando los equipajes; los niños se traumatizaron un poco.

“Sí me sucedió otra cosa. Venía de un lugar donde tuve tanta desconfianza, que no estaba seguro adónde iba en ese avión. Había pasado mucho en el tiempo que estuve allá: las amenazas con el posible secuestro del otro niño; inclusive, después que ya tenía a Elián, me decían que se iban a llevar a los dos. Eran amenazas constantes, lo mismo por teléfono que por cartas.

“Por eso, no estaba seguro adónde iba a aterrizar; eso sí me creó una confusión. No sé si se dieron cuenta de que al llegar al aeropuerto, bajo del avión con el niño medio que tranca’o, inseguro, porque todavía no sabía dónde estaba pisando. Podían haberme cogido y llevarme para otro lado. Y veo los alumnos, la familia, la escuela; ahí me percato que estoy en el aeropuerto José Martí, y entonces suelto al niño” (SILENCIO PROLONGADO).

El día del recibimiento faltaba alguien en el aeropuerto para compartir con ustedes la dicha del retorno.

Él faltaba como falta hoy, físicamente; pero estaba más presente que nadie, porque estuvo pendiente de lo más mínimo que sucedía. Pero esa noche sí pudimos compartir con él. Después de comer, de habernos tomado unas copas de vino, cuando conversábamos apartados de toda la familia, despidiéndome él en la escalinata del Consejo de Estado, me sentí un descenso; se me comenzó a nublar el rostro del Comandante y le dije: Jefe, me caigo. Y él me abrazó y empezó a dar gritos al médico. Enseguida acudieron y me explicaron que era por el estrés. Lo que se siente al conocer a Fidel lo pude sentir esa noche.

Sin él, sin sus decisiones sabias, sin su presencia física en cada acto, en cada marcha, sin su liderazgo yo creo que esto no hubiera sido posible. Hablo de la forma en que él tomó esto. Sin Fidel esto no hubiera sido posible.

La petición

Nunca antes fueron tan cotidianas las idas y venidas del líder cubano a Cárdenas. Allí celebró varios cumpleaños de Elián en su escuela; asistió a las graduaciones del primer y sexto grados del niño —nacido el 6 de diciembre de 1993—; visitó a su familia.

“Que un Presidente venga a tu casa, estar toda una madrugada, y poder compartir lo poco que uno tiene de comer, lo poco que uno tiene de beber, para mí ha sido el privilegio más grande que pude haber tenido en mi vida. Esas cosas todavía a uno le parecen que son mentira”.

¿Le hizo alguna petición a Elián, a quien consideró su amigo?

“Fidel ya tenía a Elián como su propio hijo. Al terminar el lanzamiento del libro La victoria estratégica (2 de agosto del 2010), me pidió personalmente que le prestara a Elián, y se lo llevó para su casa. Almorzó con él; le preguntó sobre qué pensaba estudiar y le dijo, además, que debía ser bueno en algo. Elián es hoy ingeniero industrial y le está, como la familia, muy agradecido a Fidel, dondequiera que esté, porque para nosotros está”.

Y para muchos. Quijotesco, rebelde, con sus manos larguísimas, eternizadas por Guayasamín, cuyos trazos descubro en una pared en la casa de Juan Miguel.

Indago por la pintura, regalo de la familia del artista; pero no por aquel lunes 22 de noviembre de 1999.Había pasado el fin de semana y el candado seguía colgado de la soledad en la puerta de la vivienda de Elizabeth, madre de Elián. “¡Qué raro!”, se dijo el padre. En ese instante, a varias millas de la costa, la lancha se abismaba poco a poco en el océano, en el naufragio.

Por Enrique Ojito Linares/ Periódico Escambray

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