Hace ya un año que Fidel no está físicamente entre nosotros, pero está… Permanece porque se ha convertido en esencia viva de la Patria y hoy no puede hablarse de una fábrica, de un centro de investigación, de la época de oro del deporte cubano, de una de nuestras muchas glorias artísticas, deportivas o científicas sin referirse a Fidel.

Recordamos, al cumplirse este primer aniversario de su muerte, al pequeño que disfrutaba la exuberante naturaleza de su Birán natal, al niño digno que no permitió el irrespeto del maestro sacerdote, al magnífico estudiante y deportista, al joven universitario que se enfrentó con valor a los desmanes de la fuerza policial y a la corrupción del gobierno de turno, al abogado de los pobres…

Recordamos la clarinada del Moncada, el Granma y la Sierra… Recordamos al joven rebelde que, al frente de un ejército de mambises vestidos de verde olivo, combatió la tiranía y liberó pueblos y ciudades; entró triunfante a Santiago de Cuba y, desde allí, atravesó la Isla, entre vítores y banderas, en la Caravana de la Libertad, para llegar a La Habana aquel 8 de enero y hablar a un pueblo enardecido.

¿Quién que lo haya vivido puede olvidar la simbólica imagen de la blanca paloma posada en el hombro del héroe barbudo, mientras otras revoloteaban a su alrededor? ¡Fueron momentos de júbilo indescriptible…!

Luego, con Fidel al frente, nuestro pueblo llevó a cabo la increíble proeza que fue la Campaña de Alfabetización: ¡niños y jóvenes llevaron el pan de la enseñanza hasta los más desamparados confines de esta Isla! Y se aplastó en apenas 72 horas la invasión mercenaria por Playa Girón y Playa Larga, en lo que fue la primera derrota del imperialismo en América. Y se enfrentó el peligro de una guerra nuclear durante la Crisis de los Misiles… ¡Cuánto heroísmo derrochó Cuba bajo la sabia conducción de Fidel!

Durante los muchos años que estuvo al frente de nuestro pueblo, colocó este pequeño archipiélago en el mapa del mundo e hizo saber a todos —amigos y enemigos— que aquí había un país digno, heroico y solidario, dispuesto a defender su soberanía y a no dejarse pisotear por nadie.

Al pensar en Fidel, siempre recuerdo una anécdota que contaba el propio Martí; ocurrió mientras el Apóstol hablaba en una celebración patriótica. Entre el público asistente se hallaba un pintor mexicano, quien durante el discurso había estado dibujando y, al concluir Martí, le llevó lo que había creado: por un extenso campo venía a todo vapor, en arrogante curva, una locomotora. Eso fueron Martí y Fidel, la locomotora que tira del carro de la Revolución.

Ambos, con su verbo elocuente, arrastraban multitudes. Ambos líderes, cada uno en el momento histórico que le tocó vivir, supieron lograr la unidad imprescindible para vencer. Ambos, con su aguda inteligencia, supieron crear y prever. A diferencia de Martí, que cayó en combate cuando era más necesario a la Patria, Fidel puede exhibir una obra, si no concluida, madurada: de nosotros depende su terminación y, para ello, hoy que ya no están ni el uno ni el otro, la fuerza de su ejemplo y su clara visión de futuro nos acompañan y nos guían. ¡Orgullosa se siente Cuba de ser la cuna de dos figuras de la talla de Martí y de Fidel!

Desde la humilde piedra que atesora sus restos mortales, muy cerquita de Martí, rodeado de héroes y banderas, Fidel convoca y continúa señalando el camino de la dignidad. ¡En Santa Ifigenia late el corazón de Cuba!

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