Mi generación lo conoció como uno de los responsables de la Campaña de Alfabetización, en 1961, cuando era el más joven ministro del naciente Gobierno Revolucionario. Se sabía de su relevante papel en la lucha antidictatorial, durante la que sufrió persecución y cárcel y que a partir de esos años fue un adalid de las ideas justas. Así le recordaremos siempre.

Desde joven en las primeras filas de dirigentes que trabajaron por la unidad del pueblo cubano en pro de aspiraciones y principios revolucionarios, su labor pública mas relevante estuvo centrada en el componente subjetivo de la nación, el de los valores, la ética y la superación humana, primero desde el Ministerio de Educación, luego en el de Cultura, a cuya fundación contribuyó en 1976, y en los últimos 20 años como Director de la Oficina del Programa Martiano y Presidente de la Sociedad Cultural José Martí.

El periodismo y la prensa estuvieron entre sus intereses primordiales. Como miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba al hacer la clausura del Tercer Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (Upec), en 1974, aportó criterios, sugerencias y valoraciones que conservan extraordinaria vigencia hoy, en momentos del balance definitivo de su vida,

Se ha señalado con toda justeza que “su extensa obra intelectual, de honda raíz martiana y fidelista, tiene un lugar destacado entre lo mejor del pensamiento revolucionario cubano”.

Esto también es válido en el ámbito de una profesión que hizo suya, como diría el poeta, “haciendo camino al andar”, ensayos y artículos mediante, entre los que destacan los que publicó regularmente en la revista Bohemia.

Hace mas de 40 años daba como tarea al periodismo cubano “descubrir lo nuevo que surge y que debemos trabajar constantemente, trabajar por mejorar, explicarlo al pueblo, mostrar lo que cada sector del propio pueblo construye…”. Nos decía en 1974 que “el ejercicio de la función periodística, en un país socialista, no es cuestión que atañe, exclusivamente, al periodista o al órgano de prensa. Es un problema de toda la sociedad”.

Exhortaba a alentar el espíritu crítico y autocrítico, “como un arma poderosa para vencer dificultades y descubrir soluciones” y aseveraba que “no habrá periodismo completo si no fortalecemos, como un principio y una práctica diaria, el deber del periodista de buscar la información”. En ello otorgaba principal papel también a “los que tienen responsabilidad en las fuentes de noticias”, una deuda aún pendiente en la sociedad cubana.

Años después tuve la oportunidad de entrevistarlo y seguir a partir de entonces, de forma regular, sus criterios e inquietudes en diversos campos.

Corría 1994 cuando de aquel largo diálogo nacía “Embates contra la nacionalidad cubana”, que publicó en dos partes Siempre!, semanario mexicano de gran formato, a quien poco antes Fidel había felicitado por su aniversario 40 y ser “un vehículo de opinión en el que el tratamiento del tema Cuba es equilibrado y objetivo…”.

Por entonces Hart advertía sobre los peligros que amenazaban la existencia de la nación cubana y se manifestaba dispuesto a conversar con emigrados para ver como enfrentar juntos ese grave problema.

Ahora releo lo expresado por aquel “inquieto y actualizado pensador, abierto a la polémica y al análisis” –como lo caractericé para el lector mexicano— y tiene una extraordinaria vigencia ante la regresión que impone la actual política imperial en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba.

Este material, como muchos otros nacidos de su quehacer en defensa de la identidad y cultura nacionales, refleja ideas trascendentes de ese intelectual que constituye referente de sabiduría y patriotismo válidos, no sólo para los periodistas cubanos.

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