Raúl García Alvarez (Garal), en una foto de su perfil en Facebook

Días de expectación y de febril ejercicio periodístico ha vivido en Ciudad de México el fotorreportero espirituano Raúl García Álvarez (GARAL), después del terremoto del pasado 19 de septiembre.

La tierra crujió como un tronco de cedro hecho. Crujió a tal punto que disparó la alarma sísmica en los altavoces de las edificaciones. Pocos se arriesgan a discutir esta orden en México, que se traduce en salir de estampida hacia la calle. El terremoto está cerca, muy cerca, y no hay tiempo para oraciones milagrosas.

Es un ABC, una ordenanza que, similar a los mexicanos, la tiene incorporada en su mente el fotorreportero Raúl García Álvarez (GARAL), miembro de la corresponsalía de Prensa Latina (PL) en el país centroamericano desde hace casi tres años. Y este 19 de septiembre no haría la diferencia.

“¡Carajo!”, se dijo el espirituano, y ni apagó la computadora en la oficina de PL, situada en el quinto piso de un edificio en la calle Insurgentes Centro, donde preparaba una edición de Orbe que circularía en México como suplemento de La Jornada.

Una fila de rescatistas trabajando sobre los escombros de un edificio derruido por el sismo en México (Foto: Garal)

En un abrir y cerrar de ojos se vio escaleras abajo. Vencía los peldaños de dos en dos, como si olvidara sus 73 años en las costillas. En el camino se dio de bruces con una vecina y sus hijas, a quienes intentó calmar. Las sacudidas de la tierra, más intensas. Todos, al suelo; pero se incorporaron. Las paredes traqueaban; caían ladrillos, repellos, y el polvo casi los asfixiaba. Aún hoy, Raúl tiene incrustado en la memoria el chirrido de los cristales al explotar y precipitarse, mientras él corría en busca de la calle.

“Así de un tumbón en otro llegamos a la planta baja —narra del otro lado del chat de Facebook—. Al no poder tomar hacia la salida principal, fuimos para el parqueo. Allí vimos que los edificios se movían como las pencas de una palma, incluido el nuestro”.

Calmado el movimiento telúrico, el fotorreportero salió por noticias de su colega Orlando Oramas y la compañera de vida de este, quienes viven en el propio edificio. Al no verlos, comenzó a llamarlos. Ninguna respuesta. Cuando determinó entrar al inmueble, en ese instante ellos lo abandonaban. Oramas le contó que tuvo que abrazar a esposa debajo del dintel de una puerta para que no le cayeran encima los escombros. “Ya los tres en la calle, junto a miles de personas, respiramos más tranquilos”, me asegura.

—¡Repórtense, repórtense!, le llovían los mensajes en Facebook a Raúl —uno de los fundadores del periódico  Escambray, de la provincia cubana de Sancti Spíritus—, con más de media centuria de práctica periodística.

Era el tercer martes de septiembre; 32 años después del terremoto que devastó la capital mexicana. Los expertos retrataron en cifras el nuevo evento sismológico, que marcó 7.1 grados en la escala de Richter y que aconteció a las 13.14 (hora local) en el centro y el sur del país.

“Un terremoto es un relámpago estremecedor; lo cambia todo en segundos. ¿Miedo? No dio tiempo a tenerlo; la mente se dispuso a salir del infierno en que se convirtió el edificio”, ilustra GARAL, quien se dispuso a la caza de la noticia, cámara en mano, mientras su colega Oramas ideaba alternativas para dar señales de vida y transmitir los primeros despachos hacia Cuba.

Me comenta que bajo esas condiciones, “los hechos son los que crean los ángulos fotográficos; los momentos emotivos superan la técnica, y uno se convierte en un sujeto más de los hechos. Son momentos para no dejar de oprimir el obturador; en segundos cambian las escenas y no las puedes perder”.

Pero la veneración a las imágenes no se ha divorciado del redactor que habita en Raúl. Y esta cobertura no constituye la excepción. Desde la embajada de Cuba en México —ya que el edificio donde radicaba la corresponsalía de PL quedó afectado— no han cesado sus notas informativas, crónicas, reseñas…

Ha descrito —por ejemplo— cómo en Jojutla, estado de Morelos, las viviendas caían cual fichas de dominó; sus habitantes, descendientes de indígenas, se reúnen y queman ramas olorosas para evocar a sus dioses y que la luz vuelva a iluminarlos.

Ha relatado cómo la iglesia de Santiago Apóstol, en Axochiapan, se desplomó sobre una familia que asistía al bautizo de una niña. Lo sucedido —dicen— fue un castigo del Supremo porque esas celebraciones solo acontecen los fines de semana.

Se estremeció cuando el militar levantó el brazo para pedir silencio y descubrir de dónde venía el gemido que languidecía en el fondo de los escombros. Una vida sepultada en vida. Afuera, entre las moles de hormigón reventadas y las cabillas, que emergían como nervios duros bajo el cemento, ripios de una cartera con fotos familiares. Afuera, una fila inacabable de rescatistas voluntarios se pasa de mano en mano los pedazos de uno de los más de 100 edificios colapsados.

Ni en China ni en Corea del Norte ni en Nicaragua, Raúl vio así las calles invadidas por millones de personas expectantes, quienes, además del desespero por encontrar a los seres queridos, temían por las réplicas, más aún aquella primera noche sin electricidad.

Ello me lo cuenta el espirituano gracias a Facebook. De mi parte, las preguntas y quizás la obsesión por el detalle; de la suya, el tiempo, la paciencia y el susto.

—¡Oye, está temblando de nuevo!

Y todo el mundo entenderá por qué me dejó con la palabra en la boca. Eran cerca de las ocho de la mañana del 23 de septiembre.

Por Enrique Ojito Linares / Fotos: Garal

 

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