Volar en helicóptero siempre me inquieta. Por eso, mientras la aeronave despega desde Holguín y busca la costa para poner rumbo a Camagüey, me amparo en la destreza de la tripulación. Apenas había arribado al aeródromo, busqué información sobre sus integrantes. Me alegró saber que al mando iría el mayor José Almenares González, piloto de primera con más de 900 horas de vuelo.

«Él tiene la misión de llevarlos a varios de los sitios por los que pasó el huracán Irma, ocasión en la que apreciarán el apoyo que dan las unidades del Ejército Oriental en las labores de recuperación», dijo el oficial que recibió al equipo de prensa integrado también por colegas de la Agencia Cubana de Noticias, Radio Rebelde, Trabajadores, Tele Cristal y Radio Angulo.

Transcurridos los primeros siete minutos de travesía aparece un amplio espejo de agua turbia. Por uno de sus extremos el líquido se escurre y dibuja un arroyuelo con vida. Es el resultado de las lluvias acompañantes del meteoro. Recuerdo que en la última reunión del Consejo de Defensa Provincial de Holguín a la que asistí, se precisó que los embalses del territorio habían recibido unos 95 millones de metros cúbicos, razón por la que ahora están ligeramente por encima del 70 % de su capacidad total de almacenamiento. Esto alegra, me digo, mientras recuerdo la angustia de la sequía padecida hasta hoy.

Las plantaciones de plátano son perfectamente visibles. No hay dudas de que el viento las vapuleó. Igualmente me vienen a la mente las indicaciones dadas por el Consejo de Defensa Provincial en cuanto a analizar el estado concreto de cada una de esas áreas. La estrategia no es demolerlas de golpe y porrazo, sino revisarlas. Es probable que muchas se salven a partir de la selección de los hijos más vigorosos de cada plantón, con lo cual se evitará resiembras. Así se abreviará el periodo de cosecha, algo a tener muy en cuenta para acelerar la disponibilidad de alimentos.

Ahora aparece la ciudad de Puerto Padre. La sobrevolamos en círculo después de pasar a lo largo de un trecho de su malecón. Abajo las personas levantan la vista hacia el helicóptero y saludan. Muchos limpian patios y áreas públicas. No percibo estragos alarmantes.

Unos minutos más de vuelo y la nave comienza un descenso que sorprende. En la pista del aeropuerto de Santa Lucía, el mayor Almenares nos informa que el aterrizaje responde a una necesidad. No preguntamos los mo­tivos de la misma y vamos al interior de la instalación, donde nos reciben cuatro trabajadores, entre ellos una mujer. Enseguida conocemos que al pequeño colectivo se debe la rápida recuperación del inmueble y sus alrededores.

No hay dudas de que la zona de defensa de Santa Lucía está activada. Su presidente, Dennis León Mayedo, informado de nuestro arribo, se presenta para conocer pormenores. También comparte detalles de lo que hacen allí. «Ya retornaron a sus casas los más de 330 evacuados en el centro mixto escolar Álvaro Barba Machado, de modo que en breve vamos a reanudar las clases de los 320 alumnos de primaria y secundaria básica que componen la matrícula».

En cuanto a las afectaciones causadas por el huracán, confirma daños en cubiertas de instalaciones estatales y la caída de postes del tendido eléctrico. Y tras aclarar que se tratan de datos preliminares, fija en poco más de 200 las viviendas dañadas, entre ellas 11 totalmente derrumbadas.

Tiene prisa por marcharse. Aclara que la gente de Santa Lucía cumple con lo indicado por el General de Ejército Raúl Castro para asumir la recuperación en cada lugar con fuerzas propias. Pero no puede dejar de reconocer la ayuda de otras regiones. «Recibimos el refuerzo de una brigada de 150 hombres del sector eléctrico enviada por la provincia de Santiago de Cuba», dice.

Repentinamente aparece Luis Quiñones Borges, director en funciones del Aeropuerto Internacional Ignacio Agramonte.

Este, afirma, se encuentra en condiciones de operar, aunque quedan por resolver en los próximos días los daños causados en las cubiertas de áreas técnicas y almacenes, así como en dos paños de cristal de la terminal internacional. «Tan pronto pasó el meteoro, desplegamos a los trabajadores y con el uso de camiones, carretas, motosierras y todo lo que teníamos a mano, empezamos a restablecernos», explica.

La espera se prolonga. Los que más tiempos llevamos en el oficio empezamos a recordar experiencias vividas al reportar el paso de huracanes. A la conversación se suma el primer teniente Velexis Pacheco Ramírez, técnico de vuelo de la tripulación. Antes ha estado bromeando, dado el buen carácter que posee.

Su relato atrapa. Durante el huracán Ike participó en el rescate de más de 70 pobladores del asentamiento La Canaria, un verdadero hueco en medio de la Sierra Maestra, en la parte correspondiente a la provincia de Granma. Salvarlos era tarea urgente. Podían ser sepultados por el derrumbe de una montaña cercana. Las circunstancias impusieron a la tripulación dar varios viajes entre lomas, con lluvia y vientos que estremecían la aeronave…

¡A bordo; reanudamos el vuelo!, nos dicen. Emprendemos el retorno bajo una fina llovizna. Minutos después una racha de viento sacude ligeramente a la aeronave. Vuelven mis temores. Los compañeros de equipo me aclaran que no es nada grave. Pero entonces descubro que también anhelan tocar tierra lo más pronto posible.

Tomado de Granma

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