«En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin…», escribió nuestro José Martí al entrañable amigo mexicano Manuel Mercado, para contarle, en carta inacabada desde la manigua mambisa, sus afanes de independencia bajo la vislumbrada amenaza del poderoso enemigo del norte, casi en las vísperas de entregar la vida por tan trascendental causa el 19 de mayo de 1895.

Ocho décadas después, aquella histórica precaución de Martí inspiró y dio título a uno de los seriales de continuidad de la televisión nacional que más arraigó en el imaginario popular, con el desaparecido actor Sergio Corrieri protagonizando un valiente patriota revolucionario que penetraba en «las entrañas del monstruo», al decir martiano, para velar por la seguridad de la Patria frente a las acechanzas imperiales. En este personaje vimos encarnado simbólicamente y en categoría de tradición a cuantos compatriotas anónimamente acometieron misiones semejantes, con elevados sacrificios, incluidos nuestros Cinco héroes, que vuelven hoy a sacudir las fibras de esta memoria histórica.

Por tanto glorioso legado y la conciencia colectiva de pertenencia a un país incómodo y sitiado por empeñado en alcanzar un mejor futuro en justicia, aprendimos a defendernos recurriendo también bastante al arma de la discreción, si el país hasta llegó a estar en la mira de un ataque nuclear durante la Crisis de Octubre en 1962.

Asimismo, se impuso el inobjetable (en cualquier lugar del planeta, sin excepción), inviolable secreto estatal, a lo que contribuyó que cada vez que Cuba emprendía con interlocutores foráneos negociaciones diplomáticas, económicas y comerciales para salir a flote y prosperar, estas eran siempre perseguidas y hostigadas por las maquinarias vigilantes del criminal bloqueo impuesto por Estados Unidos. Debido a ellos los periodistas incontables veces refrenamos nuestra inherente función informativa, aplicando una consciente autorregulación en el entendido de que sería en aras de la causa superior de la sobrevivencia.

Todo habría sido muy coherente, de no ser por el siempre latente riesgo de transitar en un santiamén de lo «sublime a lo ridículo», al convertir un principio de responsabilidad en una oportunista conveniencia para que en aparatos institucionales y burocráticos impusieran a su gestión el sello del secretismo censurador y que un día durante un encuentro con periodistas el líder de la Revolución Fidel Castro, calificó como «el síndrome del misterio».

Recuerdo en otro diálogo cómo describió con mordaz humor a un satélite espía capaz hasta de seguir a un vecino que cada noche sacaba a pasear su perrito, un anticipo visionario del continuo e impetuoso desarrollo de los medios de comunicación y el extendido acceso a la información como nunca antes, capaz de paso de poner al secretismo en crisis.

El entronizado estilo de la opacidad del secretismo solo sirve a todas luces de espeso blindaje potencial a la ilegalidad y la incompetencia, ya que implica faltar, por servidores públicos, a la obligación de rendir cuentas claras a colectivos laborales y a los públicos específicos y generales hacia donde se dirigen producciones y servicios en juego, y así colocar lo que merece juicio sereno y acaso inevitable condena, lejos del alcance de la indispensable crítica social y del necesitado control popular.

Toca entonces pulsar en todas partes el respeto al derecho a una información transparente, en cuanto atañe al conjunto de las necesidades e intereses legítimos de la población en los escenarios comunitarios, laborales, estudiantiles, entre otros.

Pero para ello se requiere romper con el conformismo pasivo de recibir información sin preguntar, y por el contrario indagar, exigir aclarar lo incomprensible, lo que parezca ambiguo, ya sea, por solo citar pocos ejemplos, los certeros datos económicos o promociones a cargos de dirección u otras decisiones administrativas, que suelen desatar calladas inconformidades que enconan  el necesario buen clima laboral por la sospecha, infundada o no, de amiguismos, «sociolismo», arbitrariedad u otras prácticas viciosas. Y en este sentido las organizaciones sociales y de masas tienen un papel fundamental que desempeñar. Lo mismo las bases de la UPEC como las de los sindicatos, más vigilantes y proactivos ante lo que parezca remiso u opaco.

La transparencia informativa constituye uno de los más sólidos bastiones de la confianza en la democracia socialista y su potente capacidad de convocatoria popular.

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