Periodistas en la Sala de Prensa del Consejo de Defensa de Matanzas. (Foto: Autora)

Mis muchachos, como cariñosamente digo a los jóvenes periodistas que me acompañan, nunca antes compartieron experiencias en la cobertura de un huracán.

En horas tempranas de la tarde del sábado ocho de septiembre cuando les dije: Nos vamos que hay que reportar, me miraron con caras de pocos amigos, y los entiendo.

No es fácil enfrentarse por primera vez a un fenómeno meteorológico a riesgo de la vida, cumplir con el sacerdocio de informar a la gente, captar las imágenes de las grandes olas cuando llegan al litoral, buscar el ángulo perfecto para dejar para la historia la fuerza de los vientos, estar pendiente de los partes que la Defensa Civil emite, y hasta bromear con otros colegas, a pesar de percibir el riesgo.

Salimos a recorrer el litoral antes de que Irma impidiera el movimiento, estuvimos trasmitiendo desde una oficina cercana que tenía fluido eléctrico para actualizar a los receptores sobre la situación del territorio amenazado en sus más de 270 kilómetros de costa, nos tomamos un café apurados y vimos volar los gajos de los árboles del parque de La Libertad.

Mis muchachos mojaron y secaron sus ropas, dictaron por teléfono sus notas a los editores.

Supimos que el municipio de Martí, bien al norte, quedó prácticamente incomunicado a causa de los vientos, que en Cárdenas el mar estaba bravo y penetraba calles adentro, Varadero ponía a buen resguardo a turistas, constructores y población, y en Matanzas la cifra de evacuados ascendía a más de 62 mil.

En estas coberturas los periodistas compartimos datos, imágenes, no pensamos en quién tiene la última, también entre los que llevamos varios ciclones en la mochila, surgieron anécdotas, de la noche en que bajo vientos de casi 200 kilómetros por hora, llegó Fidel y siguió para Varadero a conversar con los turistas, porque él siempre lo hizo, porque cruzaba el puente de Bacunayagua de 112 metros de altura y preguntaba por los evacuados, y llamaba a preservar las vidas primero que todo…

Son jornadas de agotamiento físico, de preocupación por los que quedaron en casa, a la retaguardia, clavando ventanas, asegurando tanques y poniendo de alta faroles de antaño, por los que están más lejos y las comunicaciones se dificultan, por otros colegas que están también trabajando poniendo por delante el pellejo.

Trabajar codo a codo con los principales dirigentes del Consejo de Defensa de la provincia de Matanzas, apreciar la constante preocupación por la gente, para que no se arriesguen durante el paso del meteoro, los que viven en casas frágiles, en las márgenes de los ríos, los que tienen familiares encamados, todo es muestra fehaciente de la bondad de un sistema social donde el ser humano es lo primero.

Mis muchachos, junto a otros jóvenes periodistas de la radio, el periódico y la televisión locales, vivieron la experiencia de este huracán con nombre de mujer que ya se inscribió en la historia de los más potentes de cuantos se formaron en el Atlántico, conocieron de estas dinámicas informativas, del trasnochar detrás del último detalle.

Irma dejó a su paso por el Caribe destrucción, árboles en el suelo, edificios desolados, un mar embravecido, cables desprendidos y teléfonos silenciados; pero para mis muchachos y los otros fortaleció la labor en equipo, la solidaridad de compartir un caramelo, la necesidad de la síntesis y la inmediatez, la voluntad de vencer el sueño y el amor infinito por seguir siendo periodistas…

Por Bárbara Vasallo, ACN

 

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