Hace unos días, conversé con el colega Edilberto Tellez, del periódico Trabajadores, acerca de la errónea expresión que da nombre a los centros en que niños desamparados viven bajo la protección directa del Estado: “hogares de niños sin amparo filial”. Y casualmente, en el periódico Granma del 25 de agosto, se publicó una noticia acerca de la preparación del curso escolar, en la cual se escribió:

“Otras instituciones visitadas fueron el Hogar de niños sin amparo filial de Luyanó; el círculo infantil Goticas de Rocío, del municipio de Playa, uno de los diez nuevos centros de este tipo que abren en la capital, y con lo cual se logran otorgar más de 2500 nuevas capacidades; así como la secundaria básica Enrique Maza —también de Playa— y la escuela primaria Nicolás Estévanez, del municipio de Plaza de la Revolución. En estas últimas pudo comprobarse el alistamiento de aulas, laboratorios, aseguramiento material y acciones constructivas realizadas”.

¿Cuántas veces va ser necesario explicar el significado del adjetivo filial? Esta palabra tiene solo dos acepciones: “perteneciente o relativo al hijo” y “dicho de una entidad: que depende de otra principal”.

La periodista, los correctores y directivos de ese medio de prensa —todo el que de una u otra forma revisa las planas antes de que sean impresas— se equivocaron al usar esa expresión. ¿Acaso hay niños con hijos? ¡Colosal disparate!

Sin embargo, hay que reconocer que, al parecer, el error no es solo del periódico, pues, en realidad, esas instituciones siguen llamándose así, lo que depende por entero del Ministerio de Educación. Ya es hora de que, de manera oficial, dichos hogares pasen a denominarse “para niños sin amparo parental” o “sin amparo familiar”.

El término parental significa “perteneciente o relativo a los padres o a los parientes”. El incluir directamente a los padres lo hace un tanto más apropiado que familiar, aunque este último resulta mucho más conocido y usado. Cualquiera de los dos sería correcto. Y a la hora de rectificar, que el cambio sea completo: no sería hogar de niños, sino hogar para niños.

El uso del idioma es cuestión que despierta gran preocupación en buena parte de la población cubana y es muy saludable que así sea. Pero no basta con preocuparnos: es necesario que nos ocupemos, porque la lengua que hablamos es expresión de nuestra nacionalidad, de nuestra idiosincrasia, y, como tal, resulta esencial defenderla y cuidarla.

Lamentablemente, no siempre, ni siquiera a nivel institucional, le conferimos la prioridad que merece.

Nada que ¡a rectificar toca!

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