A tus pies descalzos

Subía montañas, allá por el noble Mayarí, sediento de más pinares, cuando la señal sonora que un día escogiste para hablar y escribir siempre tan claro, estremeció la serranía, el pecho de mi Reina esposa y lo que la naturaleza puso dentro del mío.

Sabíamos, todos, que un día el sueño eterno se creería —vaya alucinación— vencedor de tu pupila, esa que está leyendo, ahora mismo, la yema de mis dedos, filtrada por el cristalino prisma de tus bifocales…

Nadie imaginó, sin embargo, que dejarías de respirar tan pronto, casi acabadito de nacer, compadre, aún cuando males que matan se habían aprovechado de tu hospitalidad congénita, para instalarse, desde hace siglos, en algún cálido remanso de tu inquieto interior, decididos a hacer su mortal faena.

Subía yo montañas, allá por el holguinero Mayarí cuando la emisora homónima se hizo eco de la noticia y, sin perder tiempo, puso en el éter tu voz, mediante las declaraciones que alguna vez ofreciste por solicitud de aquellos muchachos que no se cansan de trabajar: más en los trajines de la información y del periodismo, ellos, que los mismísimos mulos en el ascenso y descenso de todo el lomerío.

Y, en ese instante, pudiste haber bajado a mi memoria vestido de impecable traje y anudada corbata, o con esa blanca guayabera que bien pudiera engrosar la colección del museo espirituano, o a la zaga del micrófono en franco adelanto de lo porvenir; pudiste acudir, en fin, envuelto en mil y más maneras asociadas al trabajo que nunca te faltó y al que jamás faltaste…

Pero llegaste a mi recuerdo tranquilito, del modo menos imaginable: sentado campechana y familiarmente en una alta silla, con los zapatos quitados, quién sabe si agotados (ellos), a apenas diez centímetros de tus olímpicos y frescos pies: los pies que, sin duda más zapatearon al gremio periodístico cubano, de Punta a Cabo, en los últimos años, si no en toda su historia.

Quien ahora te observe así, captado por la ocurrente y sana irreverencia de mi lente, quizás te imagine descansando. Error: seguías, en ese instante, andando, desde la posición de sentado, como diría un francotirador; andando en también franca prolongación de una jornada interminable.

Por eso, benditos, sí, benditos esos tus pies andantes, los mismos que seguirán marcando pasos, con la seguridad de ayer, con la humildad de siempre, con la ternura que tu entrañable y fiel compañera se empeñó en deshojarles, a bordo de caricias.

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