“Un buen periodista no descansa. No tiene feriados ni vacaciones”, nos aleccionaba en fecha tan temprana como el primer año de la carrera, en la santiaguera Universidad de Oriente, el (nunca suficientemente ponderado) profesor Vicente Guasch. Y tenía mucha razón. Él sabía más por viejo que por diablo. (Esto también nos lo remachaba).

La ciencia del veterano maestro está como niña en sus quinces. Quince septiembres han pasado desde que aquella frase volara entre cuatro paredes hasta taladrar mi cabeza. La tengo tan nítidamente grabada como si aún estuviera sentado en aquel pupitre de bagazo pulido, al fondo derecho del aula. Aquella idea debe haber sorteado las paredes del tiempo. Porque la recobro hoy, llegando hasta mi silla de plástico no pulido donde me siento en la redacción. Será porque se acerca otro aniversario de septiembre. O estamos en meses de vacaciones. Y uno, —no digo buen, sino— periodista al fin, los pasa trabajando.

“Pasarás por mi vida sin saber que pasaste”… Si hace décadas no la hubiera gastado el romántico Buesa en uno de sus poemas —más gastados por los enamorados arrebatados del pre de mi generación—, tal oración podría haberla usado algún periodista contemporáneo para dedicar una oda a la temporada veraniega.

Ciertamente, en la mayoría de los casos, el periodista la ve pasar. Como quien ni se entera. O simula bien la vista gorda. Pues pasa julio y agosto firme en su trinchera del periódico, la emisora, el telecentro o la página web; escribiendo o hablando de lo que acontece en las vacaciones, para consumo de los que disfrutan de ellas. Es su misión social. Parecida, a la del médico, del policía, del artista, hasta del trabajador por cuenta propia, que tampoco descansa en verano. Porque las noticias no se van de vacaciones (aunque muchos cuentapropistas sí. Hasta hacen de las vacaciones el mejor momento para su negocio), y hay mucha gente de ocio que está ávida de estar informada.

Las vacaciones de un periodista pueden ser variadas, incluso divertidas.

No se puede pasar por alto la “lista de cositas” que previamente se planifican para hacer en casa. Entre estas pueden estar: arreglar la ventana rota o tapar la filtración del techo, acomodar el librero o desechar los papeles viejos del gavetero, pintar la casa. Pero al final se acaba el tiempo de las vacaciones y las cositas siguen en la lista, porque uno no logró dejarlas listas.

Y es que el buen periodista es así de listo. Come pan duro o desmaya´o porque la ansiedad le da por eso. También guarda pa´mayo. Su hobby es permanecer ocupado. No le alcanza el tiempo para nada. Siempre tiene una tarea para la casa. Algo nuevo en el tintero. Como el mago tiene un as bajo la manga. La “última” para entregar mañana.

Aun cuando se dice de vacaciones, su mente nunca descansa. Permanece activa, examinando, gorjeando, madurando una idea, buscando qué captura en el ambiente. El palo. Por eso hay quien quiere a veces darle un palo en la cabeza al periodista. No solo porque no le gusta lo que dice. Para que le dé amnesia y se olvide del trabajo, aunque sea en esa quincena de rigor. O cuando menos, para que lo dispensen por certificado médico.

Una filosofía callejera dice que luego de un gustazo viene un trastazo. Eso sí está garantizado. Como en el juego de pelota, que detrás del error viene el hit. Cuando el periodista regresa al centro laboral, tras los merecidos días de asueto, lo recibe una abultada agenda de trabajo. También un anémico monto de salario, porque ya le pagaron el resto por adelantado. Hasta por evitar llevarse esa rara impresión, hay quien lo piensa dos veces para salir de vacaciones.

Como otro cubano cualquiera, el periodista no puede divorciarse del televisor, y en particular de la programación de verano. Mala o buena, según el ojo que la mire. Sigue las novelas, las películas o los eventos deportivos en curso. Va a la playa, incluso a Varadero, en módicas excursiones organizadas por el gremio. Si se toma demasiado a pecho aquello de “conozca a Cuba primero”… O si se decide viajar a donde tiene familiares o amistades ya la cuestión se torna más complicada.

En julio y agosto no solo suben las temperaturas. Se eleva la cantidad de gente que sincroniza sus ganas de diversión y los servicios públicos —sobre todo el transporte, el alojamiento y la gastronomía— se ven abarrotados. Conseguir hospedaje y reservar pasajes puede ser complicado en una temporada ideal para que algunos aguafiestas hagan fiesta con los (sobre)precios.

El que inventó las vacaciones se quedó vacío. No de seso, sino de bolsillo. Porque las vacaciones se concibieron para el alma divertir, y para el cerebro consternar. No hay mejor época del año que las vacaciones, para gastar dinero: en viajes, distracción, gozo y pachanga. Pero al final de la jornada la alegría cede a la melancolía, al remordimiento, y viene la preocupación de cómo revivir el arca perdida. ¡A ahorrar!

Esto no (pre)ocupa al periodista. Tan poco acostumbrado a ser un personaje de arcas al estilo Indiana Jones. Como pilluelo huidizo, el ahorro le es resbaloso al periodista. Ahorrar de a ´kilos´ significa años. Y el periodismo es más de inmediatez. El periodista no sabe ahorrar ni las palabras. Aunque nunca es tarde para aprender. Como sentenciaría el incomparable Eladio Secades: “¡Quién fuera millonario, con las ganas de gastar que tenemos los pobres!”. Por eso estoy seguro que las vacaciones de verano no fueron invento de periodista.

A falta de pan, casabe; diría la abuela. Entonces la etapa estival pudiera aprovecharse para dormir un poquito más. Pero ni así. A toda hora el periodista siente el ir y venir de ideas. Un cosquilleo. Una fuerza que lo arrastra a sentarse frente a la computadora. Si anda de paseo está analizando qué hacer con las fotos recién tomadas, buscando un punto wifi para conectarse y subir algún comentario a las redes sociales, o trazando el borrador de una posterior crónica. Es una enfermedad benévola. El periodista ya lleva dentro el bichito de la profesión, que no lo deja desconectar del todo, ni en vacaciones.

Igor Guilarte Fong / Cubahora

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