A medida que se populariza el método, la circulación de noticias falsas (fake news, en inglés) se hace tan habitual en nuestros tiempos, entremezclándose con la realidad que pretenden mostrar, que la duda desplaza la certidumbre y cada vez se cree menos en lo que se dice, se oye o se ve.

Aún no se ha apagado el rumor sobre la presunta muerte de Michael Jordan y otros comienzan a perturbar la atmósfera cibernética para mantener la atención de una amplia gama de personas distraídas o confundidas o agobiadas.

Basta una ligerísima búsqueda en Internet sobre las ‘fake news’, o noticias falsas, y 165 millones de entradas en menos de un abrir y cerrar de ojos estarán a la disposición del interesado.

Una clave la da “La silla vacía”, un medio digital no precisamente amable con visiones nacidas desde Cuba, cuando reconoce:

“Los medios al servicio de la corrupción: Con bastante uso en la actualidad, las NOTICIAS FALSAS, y a su lado la publicidad negra, se han convertido en una moda que busca utilidades electorales; y las encuentra, con mayor oportunidad entre personas incautas, quienes no distinguen un mensaje PUBLICITARIO y DESINFORMATIVO de una NOTICIA”.

De Donald Trump destaca su “desparpajo mentiroso y … la apelación abierta a las más bajas emociones” aunque lo utiliza para atacar al gobierno y sociedad cubanas de hoy.

Pero el hecho es que la práctica de repetir una mentira para pretender convertirla en realidad no la inventó el ideólogo y propagandista hitleriano Joseph Goebbels, ministro de lo que pomposamente fue llamado “la Ilustración Pública y Propaganda”.

Los cubanos fuimos testigos de una de esas grandes “fake news” creadas con la voladura del acorazado USS Maine, el 15 de febrero de 1898 en el puerto de La Habana, que sirvió de pretexto para la intervención de Estados Unidos en una guerra que estaba a punto de ser coronadas con la victoria independentista criolla.

Incidentes sobran a lo largo de la historia para adornar con ejemplos de noticias falsas que fueron utilizadas para justificar mas de una fechoría (las armas químicas iraquíes o, mas reciente, las del gobierno sirio).

El nivel actual de ese proceder ha hecho que medios informativos de Estados Unidos hayan creado secciones fijas de /fact-checking/, de comprobación de datos.

Al respecto, Paola Morales, en Huffington Post, escribió que “si las elecciones de Estados Unidos en que Donald Trump resultó ganador dejaron algo en claro, entre otras cosas, es que una campaña se puede ganar a base de fake news.

En la era de las ‘fake news’, nada se salva… ni las encuestas, Agustino Fontevecchia, en perfil.com, escribe que en Veles, Macedonia, existen más de 100 sitios generando noticias falsas a favor de Trump.

“Aunque utilizar noticias falsas para manipular al público es una práctica milenaria, … (la de) fake news es mucho mas poderosa por su velocidad, potencia y bajo costo de producción”.

Y concluye que “Las fake news son una especie de cáncer de la web que nacen como consecuencia de los modelos de negocios de Google y Facebook, en conjunto con la decadencia de los medios tradicionales de comunicación”.
Para hacerle frente, aconseja, se necesitan “mejores medios profesionales que inspiren confianza y seriedad, que se ganen a la audiencia con coberturas corajudas y objetivas, aprovechando tanto la tecnología como las históricas técnicas periodísticas”.

De no lograrse eso “terminaremos por hacernos un daño a nosotros mismos, viviendo en una sociedad menos informada y por ende menos libre”.

Hasta que se creó la web, el acceso a audiencias masivas estaba monopolizado por quienes concentraban el poder político o los dueños de diarios, radios y canales de TV. Internet permitió el acceso prácticamente ilimitado a la información y le dio a quien lo quisiera una plataforma para comunicarse.

La llegada de las redes sociales multiplicó el alcance de los internautas exponencialmente, dinamitando ese control de la información que, en gran parte, era de los medios.

Su análisis para el contexto en que se desarrolla resulta aleccionador:
“Los mismos medios aportamos a nuestra propia destrucción. Leímos mal el partido, entonces salimos a captar esa audiencia aparentemente infinita que aportaba la web para intentar vender más publicidad. Primero regalamos el contenido y, cuando los ingresos comenzaron a caer—porque los lectores pasaban a las plataformas digitales—achicamos redacciones y bajamos la calidad de nuestros contenidos, entrando en un circulo vicioso que se repite hasta hoy”.

Y añade: “Mientras que para escribir en una publicación como el New York Times o Perfil uno tiene que tener ciertos pergaminos, la web acepta a todos, ya que el espacio es infinito. Google y Facebook, que logran captar a gran parte de esa audiencia global, generan ganancias multimillonarias con contenidos de otros mientras los diarios y revistas nos desangramos compitiendo entre nosotros, y con blogueros e influencers, por migajas”.
Lo que el llama “ecosistema digital”, controlado por Google y Facebook, y fomentado por los medios tradicionales, le abrió las puertas a las fake news.

Ilustra su análisis al hablar de Ovidiu Drobota, un joven rumano de 24 años, fundador de Ending the Fed, una comunidad de Facebook que cuenta con mas de 350.000 seguidores. El generó cuatro de las diez noticias falsas de mayor audiencia durante las elecciones presidenciales que consagraron a Donald Trump
Drobota factura aproximadamente 10.000 dólares por mes usando Google AdSense, la plataforma de venta de publicidad del gigante de Silicon Valley.

Todo esto responde a los nuevos hábitos de lectura que surgieron a partir del consumo de noticias en formatos digitales y, especialmente, en celulares y smartphones. En EE.UU., hay estudios que muestran que un 59% de los posteos compartidos nunca se abren.

Concluye planteabdo que las plataformas tecnológicas como Google y Facebook “tienen que aceptar que no pueden hacerse multibillonarios con nuestros contenidos a costo cero. Necesitamos regular los derechos digitales y exigirles que paguen, mientras mejoramos el ecosistema de publicidad digital para erradicar el fraude y la falta de transparencia”.

En el caso de Estados Unidos, como señalara Davrio Mizrahl, “la división entre los que apoyan al gobierno y quienes lo rechazan está en su punto más alto. Ambas partes califican de falsas a las noticias que no son de su agrado y la verdad se vuelve cada vez más relativa”.

Theodore L. Glasser, profesor de comunicación en la Universidad de Stanford, California, en diálogo con Infobae, dijo que “Fake news” es utilizado de tres maneras bastante distinguibles. Primero, como una expresión de rechazo a las mentiras, distorsiones y contradicciones del presidente. Segundo, es el término con el que Trump califica a las noticias que no le gustan y Tercero, para identificar a las notas que son intencionalmente exageradas o falsas, diseñadas para atraer a la audiencia.

Por su parte The Guardian advirtió del futuro de las “fake news”, Olivia Solon, reportera especializada en tecnología, señaló que “si bien hoy en día se nos advierte de no creer en todas las noticias que leemos, ahora tendremos que cuestionar también todo lo que escuchamos y hasta lo que miramos”.

Tomó como ejemplo un proyecto de la Universidad de Washington en el que tomaron el audio original de uno de los discursos del ex presidente Barack Obama y lo usaron para animar su rostro en cuatro videos diferentes, aunque con tal precisión que no parecen ser falsos.

Solon significó que “en una época de Photoshop, filtros y redes sociales, muchos estamos acostumbrados a ver imágenes manipuladas. Sin embargo, hay una nueva generación de herramientas de manipulación de video y audio”.
Esto es posible gracias a los avances en inteligencia artificial y gráficos por computadora, mismos que permitirán crear imágenes realistas de figuras públicas que parezcan decir cualquier cosa.

La periodista de San Francisco menciona el desarrollo de software como el de la Universidad de Stanford, capaz de manipular secuencias de video de figuras públicas y permitir que a una segunda persona inserte, en tiempo real, palabras en su boca.

También el equipo de investigación de la Universidad de Alabama, en Birmingham, ha estado trabajando en la suplantación de voz. “Con 3 ó 4 minutos de audio de voz de una víctima -tomada en vivo de videos de YouTube o programas de radio- un atacante puede crear una voz sintetizada que puede engañar a seres humanos y los sistemas de voz biométricos de seguridad utilizados por algunos bancos y teléfonos inteligentes”.

Estos elementos no son mas que la `punta de un iceberg contemporáneo que tiende a profundizarse en el quehacer cotidiano y que pone en peligro, como el cambio climático es en lo ambiental, el futuro subjetivo de la humanidad.

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