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Cuando late el periodismo

El periodista santiaguero Cuscó Tarradel (d) recibe el Premio en TV de manos de Bárbara Doval, vicepresidenta de la Upec (Foto: Yoandry Avila Guerra)

Un premio periodístico avala la calidad profesional, mucho más el del concurso “26 de Julio” donde participan los reporteros de todo el país; pero debajo de cada galardón hay un alma que vibra, que padece y que palpita en cada teclazo, en cada palabra, en cada flashazo…

Al menos eso sentí al escuchar las historias de Antonissa Jean, la niña haitiana de 10 años que tenía la mano gigante, o la de Saffina Jean, una pequeña huérfana no sólo de madre sino también de las atenciones básicas que le debía proporcionar su país; o Reginaldo Bell “el niño de la luna”, porque a sus 12 años, no tenía un hogar ni un lugar para dormir ni unos brazos que lo arrullaran o lo consolaran en su desgracia.

En cada una de estas crónicas hay una voz entrecortada, a punto de romper en llanto, un llanto de impotencia y de dolor…

Anolvis Cuscó Tarradel estuvo un año en Haití como corresponsal del Sistema Informativo de la TV cubana después del huracán Mattew, y desde allí no solo reportó la labor de nuestros médicos sino que también se estremeció con cada atisbo de miseria.

“Los niños eran los más vulnerables a las enfermedades, era imposible no ver algún pequeño sufriendo sin estremecerme, yo tengo dos hijas y te imaginarás cuánto pensaba en ellas cada vez que veía a un niño haitiano sufriendo de pobreza crónica. Muchos se quedaron huérfanos porque sus padres los protegieron de los escombros con sus cuerpos para salvarlos. Y la labor de los médicos allí es increíble, existen lugares, sobre todo en las montañas, que solo han ido los galenos de este país, pesquisando y salvando vidas.

“Al principio fue muy difícil, el editor que se fue conmigo se enfermó de paludismo, allí era común ver a la gente morir de dengue, cólera y paludismo. Estuve dos meses editando, cargando la cámara, el trípode y en las noches redactaba y leía el audio mientras todos dormían.

Desde allí reporté en condiciones adversas: dormía a la intemperie y luego en carpas, sin electricidad, entre escombros, buscando a diario la cima de una montaña por más de una hora a pie un punto ideal de enlace o conexión a Internet, para trasmitir para Cuba. Allí compartí los peligros de la contaminación y enfrenté la muerte junto a la Brigada Henry Reeve”.

El pedazo de Haití que lleva dentro

Considero a esta nación mi segunda patria, incluso uno de los pequeños de mis crónicas, el niño de la luna como lo bauticé, fue como mi hijo mientras estuve allí. Con él compartía mi comida, lo albergué y con mi modesto salario le compré ropa y le dejé su escuela paga. Hasta intenté traerlo para adoptarlo legalmente. Pero no tuve el dinero suficiente para el proceso legal, allí desgraciadamente en el capitalismo vale más lo que puedes pagar que el bienestar de un infante huérfano.

¿Qué te falta por hacer en el periodismo?

“Me falta todo lo que no he logrado, ni siquiera sé lo que voy a soñar mañana. En el periodismo no existen límites de realización. Siempre habrá una noticia, una interpretación de la realidad, un suceso insólito, una ciudad que asombre, aparecerán y resucitarán historias y personajes. Escribirlos sin que pasen al olvido cuesta: observación, intuición, originalidad y la avidez por llegar a ellos. Defiendo mi estilo por encima de cualquier dogmatismo de academia. Quien logre un sello único al escribir y comunicar hallará merecimientos en su camino. Soy capaz de morir por una imagen, por una idea si es objetiva. Vivo del periodismo y, por él en algún momento, he dejado solos a los míos. La responsabilidad que entraña mi profesión no admite pequeñeces y obliga a tener en cuenta todos los detalles. La familia disfruta lo que hago, siempre encuentro en ella aliento”.

“Algunos quieren llegar a las alturas sin construir una escalera: la mía suele ser la superación profesional en la intimidad de mi tiempo, mis horas de investigación profunda, los textos que construyen mis sueños”. Su base: la opinión del pueblo. Erija cada cual un soporte mirando al cielo, sin envidiar el camino de quienes lo alzan”.

Varios son los premios que llenan el currículum de Cuscó pero ninguno como la gratificación pública:
No obro para premios; tampoco creo en la integridad de los jurados. Pero no hay otro mayor ni tan sublime como la opinión de la población; esa siempre es franca. Aunque los lauros, bienvenidos sean. Ellos fraguan ruidos en los que padecen hambre espiritual; han de ser los centinelas de la obra humana y en cada época impulsan y alumbran. Cambio todos los premios del mundo por la sonrisa y el amor sinceros de mi Santiago. Eso sí que no me falte. A mi pueblo santiaguero, a Lázaro Expósito, líder excepcional de la provincia y propulsor de la corresponsalía Esquina 500 del Sistema Informativo de la Televisión Cubana, a Tele Turquino, centro donde me formé, a los que sufren miserias en Haití, y a mis amigos – los de la infancia en los Repartos Sueño y Micro 9 del Distrito José Martí y a los de siempre- , dedico mis éxitos de hoy”.

Y claro un periodista televisivo es también imagen, sonido y luces por eso sabe que su triunfo es compartido:
“Paso más tiempo con mi equipo de trabajo que con mi familia. A ellos les debo en grado superlativo la calidad de los audiovisuales premiados y los de todos los días. Soy una persona con defectos, pero agradezco mucho a los que conociéndolos, se han quedado a mi lado. A Urbano Manuel Fernández Silva, mi editor de luz; a Santiago Martí, mi camarógrafo de horas prestadas, a Oneikis Suárez, mi amigo, chofer del gobierno y consejero en los lapsos amargos del periodismo y la convivencia intelectual. Lo importante es que nunca he estado sólo. Mis amigos se triplican cada día”.

Cuscó nunca pensó estar detrás de las cámaras, confiesa que siempre prefirió la prensa escrita; pero su máxima ha sido siempre entregarse por completo en cualquier empeño, para brindar lo mejor de sí a su público, sin importar el formato en que lo haga.

Es un joven inquieto, que busca la perfección hasta en las palabras dichas en esta entrevista. Soñador irremediable; de hecho sueña con escribir novelas algún día, -quién sabe si de esta ciudad-, donde encuentra en cada recodo una historia novedosa que contar…

Por lo pronto, desde aquella “Esquina”, Cuscó seguirá informando, asombrando y estremeciendo mientras le late el periodismo.

Tomado del periódico Sierra Maestra

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