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El Titán en la palabra de Fidel

 

Monumento al Mayor General Antonio Maceo Grajales, en la Plaza que lleva su nombre en Santiago de Cuba (Foto: Omara García Mederos/ACN)

Es difícil, si no imposible, hallar un asunto de nuestra historia nacional que no haya sido abordado por Fidel, un personaje relevante que no haya sido evaluado en su justa medida por el Comandante en Jefe. Por eso Fidel no solo es parte esencialísima de nuestra historia, sino también fuente insoslayable para su estudio. En ello, sus discursos desempeñan un papel especial, por el diálogo entrañable que se creaba entre el líder y su pueblo; pero no puede obviarse su labor periodística, en la cual destacan por su magnitud, periodicidad y relevancia sus Reflexiones.

Cuando Fidel Castro catalogó a Antonio Maceo como “símbolo perenne de la firmeza revolucionaria que protagonizó la Protesta de Baraguá”,1 estaba definiendo la grandeza de un hombre-símbolo, así como el momento en que su proyección política alcanzó una mayor estatura. De igual modo, en otra de sus Reflexiones había apuntado la vigencia y significación de un hecho como la Protesta —producida el 15 de marzo de 1878—, en un momento en que algunos claudicaban. Así en instantes difíciles para nuestro pueblo, Fidel advertiría: “Nuestros principios son los de Baraguá. El imperio debe saber que nuestra patria puede ser convertida en polvo, pero los derechos soberanos del pueblo cubano no son negociables”.2

De igual modo, en el discurso pronunciado en conmemoración de los cien años de lucha, Fidel exclamó, que frente al Zanjón —símbolo de la claudicación— “[…] emerge, con toda su fuerza y toda su extraordinaria talla, el personaje más representativo del pueblo, el personaje más representativo de Cuba en aquella guerra, venido de las filas más humildes del pueblo, que fue Antonio Maceo”.3

Antonio Maceo Grajales nació el 14 de junio de 1845, en Santiago de Cuba, en el no. 16 de la calle llamada entonces Providencia y hoy de Los Maceo, y marcada con el no. 207. Era hijo de Mariana y de Marcos, de león y de leona, como diría Martí; luego vendrían otros nueve hermanos, para completar la cifra de catorce con los que ya Mariana tenía de un matrimonio anterior.

La familia se educó en el trabajo y la honradez. Pertenecían a una pequeña burguesía de color y contaban con varias propiedades rurales, en las zonas de Morón y Majaguabo, y alguna en la propia ciudad de Santiago, lo que les permitía llevar una vida sin escaseces; aunque víctimas de la discriminación racial y social.

Antonio asistió, en la década del cincuenta a una pequeña escuelita pública en la zona de El Cristo, en la que enseñaba el maestro Francisco Fernández Rizo, amigo de la familia. Evolucionaba como hombre de bien, bajo la influencia del maestro y de su padrino Asencio de Asencio, quien debe haberle trasmitido la ética masónica; pero, sobre todo, bajo la influencia familiar. Se formó en el trabajo del campo, y aprendió del padre el uso del machete y de las armas de fuego, así como a dominar y montar un caballo.

Se casó el 16 de febrero de 1866 con María Cabrales, quien sería amante esposa y compañera de luchas. Estuvo junto a él el 11 de octubre de 1868, cuando, ante una imagen de Cristo, Mariana hizo jurar a toda la familia que lucharían por la Patria hasta la muerte y luego durante toda la Guerra Grande. A partir de entonces, su vida estuvo entregada a la Patria.

Aunque es presencia constante en nuestra cubanía, la figura de Maceo no siempre es valorada en su altísima talla. Para muchos es el guerrero invencible, protagonista de múltiples hazañas que lindan con la leyenda y entre las cuales no puede olvidarse la Invasión al occidente de la Isla —replicada por Camilo y Che (quien también nació un 14 de junio), durante nuestra última Guerra de Liberación Nacional.4

Sin embargo, más allá del genial táctico y estratega militar, que fue creciendo a fuerza de coraje desde soldado hasta mayor general y lugarteniente general del Ejército Libertador, Maceo fue un hombre —al decir del general José Miró Argenter, su jefe de estado mayor—, cuya “cultura intelectual era otra conquista de su voluntad batalladora”.5

De sus contemporáneos, quizás quien con mayor precisión pudo aquilatar la grandeza de su pensamiento fue José Martí, quien afirmó: “Y hay que poner asunto a lo que dice, porque Maceo tiene en la mente tanta fuerza como en el brazo… Firme es su pensamiento y armonioso, como las líneas de su cráneo […]”.6

El propio general Antonio se encargaría de dejar claras la esencia independentista y el antimperialismo raigal de su ideología, cuando afirmó su rechazo a formar parte de la Unión. No obstante, aún queda profundizar en su ideario antillanista y latinoamericanista reflejado, entre otros documentos, en la proclama “A los habitantes del Departamento Oriental”, donde manifestó: “[…] debemos formar una nueva república asimilada con nuestra hermana la de Santo Domingo y Haití”,7 así como en algunas cartas, como la enviada a Anselmo Valdés, donde escribió en cuanto a Puerto Rico:  “Cuando Cuba sea independiente solicitaré del gobierno que se constituya, permiso para hacer la libertad de Puerto Rico, pues no me gustaría entregar la espada dejando esclava esa porción de América”.8

Junto a Máximo Gómez y José Martí integra la tríada más prominente de nuestra Guerra de Independencia (1895-1898).

Su caída en combate el 7 de diciembre de 1896 —como antes había ocurrido con la muerte de José Martí— significó la pérdida de una de las mentes más esclarecidas de la mambisada, con cuya presencia no hubieran podido los americanos frustrar nuestro empeño emancipador.

Por eso Fidel, quien supo aquilatar en su justa medida la significación y trascendencia del Titán, en otra de sus Reflexiones precisaría: “El rostro ceñudo de Martí y la mirada fulminante de Maceo señalan a cada cubano el duro camino del deber y no de qué lado se vive mejor”.9

 

Notas

1 Fidel Castro: “La trascendencia histórica de la muerte de Martí”, 18 de mayo del 2010, en Reflexiones, t. 4, Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, La Habana, 2011, p. 162.

2 ___________: “Navegar contra la marea”, 4 de diciembre del 2008, en Reflexiones, t. 3, Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, La Habana, 2009, p. 9.

3 ___________: “Discurso pronunciado en la velada conmemorativa de los cien años de lucha”, Demajagua, Manzanillo, 10 de octubre de 1968, en en www.cuba.cu/gobierno/discursos

4 Calificada como “[…] una de las más atrevidas de que se tiene noticias en los designios de forzar líneas enemigas”. New York Herald, 22 de diciembre de 1895, cit. por Benigno Souza: Ensayo histórico de la Invasión, La Habana, 1948, p. 172.

5 José Miró Argenter: Cuba, crónicas de la guerra, t. II, Editorial de Letras Cubanas, La Habana, 1981, pp. 617- 619.

6 José Martí: “Antonio Maceo”, Patria, 6 de octubre de 1893, en Obras completas, t. 4, Colección digital, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2007, pp. 452-454.

7 Antonio Maceo: “A los habitantes del Departamento Oriental”, en Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales: Antonio Maceo. Ideología política. Cartas y otros documentos, t. 1, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1998, p. 83.

8 José Antonio Portuondo: El pensamiento vivo de Maceo, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1971, p. 76.

9 Fidel Castro: “El Titán de Bronce, Antonio Maceo”, 8 de diciembre del 2007, en Reflexiones, t. 1, Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, La Habana, 2009, p. 397.

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