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La impaciencia del imperio y su daño colateral

“Hubo un período de paciencia estratégica pero ha terminado”, ha afirmado el Vicepresidente estadounidense Mike Pence. Lo dijo desde la frontera que parte al medio la península coreana pero por sus palabras allí es claro no se refería solo a las amenzas que su gobierno ha hecho contra Corea del Norte, porque agregó, en referencia a los bombardeos estadounidenses con misiles Tomahowk contra una base aérea de las fuerzas armadas sirias, y con una “superbomba” en Afganistán, efectuados días antes:

“Estas dos últimas semanas, el mundo ha sido testigo de la fuerza y determinación de nuestro nuevo presidente durante operaciones llevadas a cabo en Siria y Afganistán”.

Poco después, el Secretario de Estado norteamericano, Rex Tillerson, planteaba que el acuerdo nuclear con el gobierno iraní “ha fracasado a la hora de cumplir su objetivo”, aunque el día anterior reconociera en carta al líder congresional Paul Ryan que Irán está cumpliendo el acuerdo nuclear pero que este sufrirá “una revisión”, incluyendo las sanciones que le fueron retiradas a la nación persa en concordancia con ese pacto.

Se anunciaba simultáneamente que una poderosa flota norteamericana, encabezada por un portaaviones, se dirigía desafiantemente hacia las cercanías del territorio coreano pero ahora se conoce demorará un poco en llegar porque sorpresivamente ha aparecido en Australia para, a fines de este mes, calentar las aguas asiáticas ya bastante calientes, donde habitan cinco mil de los siete mil millones de personas que conforman la humanidad, como advirtiera Fidel cuando en abril de 2013 afirmó que si allí estalla un conflicto nuclear el gobierno de turno en Washington “quedaría sepultado por un diluvio de imágenes que lo presentarían como el más siniestro personaje de la historia de Estados Unidos” y recordó a Corea del Norte “sus deberes con los países que han sido sus grandes amigos” porque “no sería justo olvidar que tal guerra afectaría de modo especial a más del 70 % de la población del planeta.”

La impaciencia unilateral no es un aporte de la impresentable administración Trump. El “liberal” y muy presentable Bill Clinton disparó misiles hacia varios lugares cuando su portañuela empezaba a caer bajo indagación en el Lewinsky affaire y el aún más presentable Barack Obama lo hizo con Libia para que luego la esposa de Bill, y alternativa electoral al actual mandatario estadounidense, riera inconteniblemente al conocer del descuartizamiento del gobernante libio Muanmar el Gadhafi.

“¿Tiene acaso el Presidente de Estados Unidos el derecho a juzgar y el derecho a matar; a convertirse en tribunal y a la vez en verdugo y llevar a cabo tales crímenes, en un país y contra un pueblo situado en el lado opuesto del planeta?” se preguntaba Fidel a raíz de la actuación de Barack Obama en Afganistán, pero sus interrogantes se pueden aplicar a todos los presidentes norteamericanos. Aunque justo es reconocer que hacia el final de su administración, Obama terminó prefiriendo los “limpios” asesinatos, drones mediante, a las “superbombas”.

¿Se conocen invasiones coreanas, sirias o iraníes a miles de kilómetros de sus respectivas fronteras?¿Alguna vez han empleado esos países “superbombas ” o ejecutado adversarios en otros países mediante drones? ¿No actuó el gobierno norteamericano sumarísimamente como fiscal, juez y verdugo al bombardear Siria, atribuyendo a su gobierno un ataque químico que hasta ahora nadie ha podido probar?

No obstante, el imperio está impaciente y los medios de comunicación, semanas atrás furibundamente antitrumpistas, le hacen el coro.

Pero, cómo enfrentar la impaciencia del imperio sino con una gran movilización política,como hizo Fidel, cuando, durante una situación similar en octubre de 2010 que involucraba a Irán, Israel y Estados Unidos escribió en un dramático mensaje:

“Los pueblos están en el deber de exigir a los líderes políticos su derecho a vivir. Cuando la vida de su especie, de su pueblo y de sus seres más queridos corren semejante riesgo, nadie puede darse el lujo de ser indiferente, ni se puede perder un minuto en exigir el respeto a ese derecho; mañana sería demasiado tarde.”

Por estos días, en que el mundo extraña la estatura ética de Fidel, su capacidad para movilizar desde las ideas y estremecer conciencias, uno de sus más fieles discípulos ha retomado su postura. Evo Morales ha advertido, en la misma fecha de las declaraciones de Pence, con su sabiduría no libresca:

“La guerra es el soporte del capitalismo, quienes apoyan el capitalismo apoyan la guerra, es decir, la filosofía de la muerte y la destrucción. Nos están acercando peligrosamente a una tercera guerra mundial de consecuencias impredecibles”

Nuevamente son los que menos tienen que perder los más lúcidos. Mucho antes, al intervenir en la Asamblea General de la ONU en nombre de los Países No Alineados, Fidel expresó palabras que hoy resuenan extraordinariamente actuales:

“El ruido de las armas, del lenguaje amenazante, de la prepotencia en la escena internacional debe cesar. Basta ya de la ilusión de que los problemas del mundo se puedan resolver con armas nucleares. Las bombas podrán matar a los hambrientos, a los enfermos, a los ignorantes, pero no pueden matar el hambre, las enfermedades, la ignorancia. No pueden tampoco matar la justa rebeldía de los pueblos y en el holocausto morirán también los ricos, que son los que más tienen que perder en este mundo.”

Porque, como también afirmaba Fidel en su mensaje de 2010, si triunfa la impaciencia del imperio “el daño colateral sería la vida de la humanidad”.

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