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El raigal antimperialismo de José Martí

Hace algunos años un adolescente cubano escribió una carta dirigida a un presidente norteamericano —a Bush—. La misiva en cuestión fue publicada en nuestra prensa y yo la guardé; en ocasiones la he utilizado en mis clases. Ahora que otro mandatario estadounidense se ha atrevido a utilizar la figura de José Martí para censurar nuestro gobierno, he recordado las sencillas palabras de aquel pionero:

“Quizás si usted conociera más sobre él [José Martí], supiera por qué no claudicaremos jamás, supiera por qué somos un país culto, supiera por qué nuestra Revolución es martiana, supiera por qué estamos dispuestos a morir por ella”. Y es que el señor Donad Trump olvidó en sus palabras —o nunca ha sabido— el raigal antimperialismo del Apóstol de nuestra independencia.

Era el joven Pepe, como el pionero cuya carta he citado, también un adolescente, desterrado en España, cuando comenzó a escribir el primero de lo que hoy se conoce como Cuadernos de apuntes, donde anotaría sus reflexiones inacabadas, ideas que reservaría para más adelante o quizás no utilizaría nunca. Sin embargo, no por ello resultan menos reveladoras. Por entonces no había conocido aún Estados Unidos y, sin embargo, emitió su primer criterio acerca de esa nación: “Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento. Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad […] Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debe en muchos puntos asemejarse. La sensibilidad entre nosotros es muy vehemente. La inteligencia es menos positiva, las costumbres son más puras […] Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!”.1

Cuando terminó sus estudios en Zaragoza, regresó a América para reencontrarse con su familia, que por entonces vivía en México. Allí escribió con absoluto sentir latinoamericanista: “México crece. Ha de crecer pa. la defensa, cuando sus vecinos crecen pa. la codicia. Ha de ser digno del mundo, cuando a sus puertas se vea librar la batalla del mundo”. Y añadió: “¿Qué va a ser América: Roma o América, César o Espartaco? ¿Qué importa que el César no sea uno, si la nación, como tal una, es cesárea? ¡Abajo el cesarismo americano! ¡Las tierras de habla española son las que han de salvar en Am. la libertad! las que han de abrir el continente nuevo a su servicio de albergue honrado. La mesa del mundo está en los Andes”.2

Se siente mexicano y los problemas que ha de enfrentar la nación hermana los siente como suyos. Ya por entonces México había perdido el 55 % de su territorio a causa de la voracidad imperialista y enfrentaba aún la codicia de Estados Unidos; Martí sentía el peligro en que vivían las nuevas naciones americanas a causa de las apetencias del país del Norte y lo hacía con una clara visión antimperialista.

Años después, en su discurso conocido como Madre América, pronunciado el 19 de diciembre de 1889, en la velada artística de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, ofrecida como homenaje a los delegados de la Conferencia Internacional Americana, precisó de manera insuperable las diferencias entre una y otra América: “Del arado nació la América del Norte, y la Española del perro de presa”. Y más adelante, completó su pensamiento: “De aquella América enconada y turbia, que brotó con las espinas en la frente y las palabras como lava, saliendo, junto con la sangre del pecho, por la mordaza mal rota, hemos venido, a pujo de brazo, a nuestra América de hoy, heroica y trabajadora a la vez, y franca y vigilante, con Bolívar de un brazo […]”,3 para referirse a esta tierra sufrida y saqueada que, desde entonces y pese a todas las cadenas con que el neocolonialismo y el imperialismo habían intentado aherrojarla, continuaba su avance por la vida hasta convertirse en la fuerza pujante que es hoy.

El 30 de enero de 1891, publicó en El Partido Liberal, de México, su trascendente ensayo Nuestra América, en el cual, se refiere a la identidad de nuestros pueblos y a la necesidad imperiosa de unirse frente al enemigo común; además, identifica con meridiana claridad al enemigo común de nuestros pueblos: “Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña […] El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe”.4

Más adelante, en “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América”, publicado el 17 de abril de 1894 en el periódico Patria, escribió haciendo gala de su antillanismo y de su clara comprensión de la situación política caracterizada por las ansias de libertad de Cuba y Puerto Rico, últimas colonias españolas en América; por la creciente debilidad de España como metrópoli y por las apetencias imperialistas de Estados Unidos: “En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder”.5

El 25 de marzo de 1895, fecha en que firmó el Manifiesto de Montecristi y escribió varias cartas de despedida, dirigió también una misiva a su amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal, hoy considerada su testamento antillanista, en la cual expresa: “Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América […] y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”.6

En su carta inconclusa del 18 de mayo, escrita a su amigo mexicano Manuel Mercado, desde la manigua insurrecta y reconocida hoy como su verdadero testamento político, expresó: “[…] ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber—puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo—de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. Y más adelante precisó: “Vivi en el monstruo, y le conozco las entrañas:—y mi honda es la de David”.7

Son estos apenas algunos hitos de la creciente comprensión martiana de lo que significaba el voraz imperialismo norteamericano para los pueblos de nuestra América.

A pesar de su genial previsión —más allá de la cabal comprensión de la mayoría de los patriotas cubanos y dirigentes políticos latinoamericanos—, su caída en combate el 19 de mayo de 1895 facilitó que Cuba, las Antillas y la América toda cayeran bajo la nefasta influencia del imperio del Norte. Muy poco después, en 1898, la guerra de independencia por él organizada dejaría paso a la primera guerra imperialista; tras ella, Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas caerían bajo la égida norteamericana, y la América nuestra, toda se convertiría en su “patio trasero”.

Muchos otros escritos martianos permiten revelar la medida en que el Apóstol cubano supo calar en la esencia de la política imperialista de Estados Unidos. Su caída en combate nos privó no solo del organizador de la guerra y del muy probable presidente, como le llamaban ya en la manigua; nos privó de aquella extraordinaria inteligencia capaz de ver lo que a los ojos de muchos quedaba escondido, capaz de prever incluso para nuestros días. Por eso, hoy, su pensamiento político sigue alumbrando nuestro camino.

Así lo demuestran las palabras del pionero a quien cité al inicio: “Si algún día me preguntaran quién fue Martí para mí, les diría que rectificaran y me preguntaran quién es Martí. Les diría que es Revolución, que es Patria, que es porvenir, que es Fidel y nunca mi voz temblaría para decirle a usted que ese hombre de La Edad de Oro es mi amigo”.

 

Notas

1 José Martí: Obras completas, t. 21, Centro de Estudios Martianos, Colección digital, La Habana, 2007, pp. 15-16.

2 _____________: Obras completas, edición crítica, t. 4, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2011, p. 412.

3 _____________: “Discurso pronunciado en la velada artístico-literaria de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, el 13 de diciembre de 1889, al que asistieron los delegados a la Conferencia Internacional Americana”, en Obras completas, t. 6, pp. 136 y 139.

4 ________: “Nuestra América”, en Obras completas, t. 6, p. 21.

5 ________: “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América”, en Obras completas, t. 3, p. 142.

6 ________: “Carta a Federico Hernández Carvajal”, en Obras completas, t. 4, p. 111.

7 ________: “Carta inconclusa a Manuel Mercado” en Obras completas, t. 4, pp. 167 y 168.

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