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Nuevos tiempos, nuevas normas… pero ¡cordura, por favor!

Como todo el mundo sabe, la ortografía es el “conjunto de normas que regulan la escritura de una lengua”, mientras que la tipografía es el “arte de crear y combinar tipos —“piezas de la imprenta y de la máquina de escribir en que está de realce a una letra u otro signo”, “cada una de las clases de esta letra”— para producir materiales impresos, con el objetivo de facilitar su lectura y garantizar la trasmisión eficaz de un contenido.

Por su parte, la ortotipografía, término derivado del inglés typographical syntax es el “conjunto de usos y convenciones particulares por las que se rige en cada lengua la escritura mediante signos tipográficos”; por supuesto, estas normas están derivadas y estrechamente relacionadas con las ortográficas, aunque no son idénticas.

Para que se tenga una idea acerca de qué hablamos, podemos ejemplificar que las normas para la división en sílabas no son idénticas a las que se emplean para fraccionar una palabra a final de renglón, o que el número volado —“tipo de menor tamaño que se coloca en la parte superior” o superíndice (por ejemplo, Cuba1)— con que se indican las llamadas para incluir notas —aclaraciones necesarias o referencias bibliográficas— se coloca detrás de los signos de puntuación, a pesar de que el punto indica el cierre de la oración; esta determinación se toma a causa de un efecto visual.

Un aspecto muy debatido al respecto es el de las siglas y acrónimos: han sido razones ortotipográficas las que han influido de manera definitiva en la flexibilización de su escritura, pues el mayor tamaño de las mayúsculas produce manchas en la página que pueden distraer al lector.

Antes las siglas se escribían con mayúsculas; después (Ortografía de la lengua española, 2001), se estableció que aquellas que tuvieran cuatro letras o más y estuvieran lexicalizadas —vale decir convertidas en palabras por su uso frecuente como tales en la lengua oral y escrita— podían escribirse combinando altas y bajas o simplemente en bajas en dependencia de que fueran nombres propios o comunes (Unesco, Mined, ovni, láser). La Ortografía… 2010 derribó la barrera de las cuatro letras y hoy, la única exigencia para que se produzca la lexicalización es que la sigla en cuestión se pronuncie como palabra y se convierta así en un acrónimo —“tipo de sigla que se pronuncia como una palabra”, “vocablo formado por la unión de elementos de dos o más palabras”, por ejemplo, Pabexpo.

Para resolver este problema, durante mucho tiempo, los tipógrafos abogaron para que esas mayúsculas se compusieran en un tamaño menor o en versalitas.

La versalita —diminutivo de versal, nombre que se da también a la letra mayúscula, constituye una variante tipográfica híbrida, pues presenta la misma forma de la mayúscula pero una altura similar a la minúscula. A pesar de ello, según la Ortografía de la lengua española (2010), “[…] la versalita es una variante estilística de la letra minúscula, por lo que, al utilizarla en nombres propios, debe mantenerse la mayúscula inicial”, lo que se denomina en predios editoriales versalitas calzadas (por ejemplo, Nicolás Guillén).

Hoy, “[…] su función primordial es resaltar palabras o elementos de un texto, bien con finalidad meramente estética, bien para resaltar o hacer más visible el término o fragmento al que se aplica, como sucede con los nombres de los autores en las bibliografías o con los nombres de los personajes de las obras teatrales”. También se utiliza en el número romano con que se da nombre a cada siglo, por ejemplo, siglo xix.

Lo cierto es que constituye un error ortográfico escribir los nombres propios de personas y lugares, así como las siglas y acrónimos que constituyen nombres propios en versalitas minúsculas, como viene haciendo desde hace algún tiempo uno de nuestros periódicos nacionales: en todo libro o medio de prensa se funden contenido y forma; pero la forma —el diseño— no puede determinar el contenido, sino amoldarse a él.

No podemos olvidar nunca al lector, lo que se divulga en uno de nuestros medios de prensa se va convirtiendo en ley para la gente común, aunque —como en este caso— constituya un error.

A cualquiera se le escapa un disparate; no debería ocurrir pero sucede. Sin embargo, nadie puede imaginar que se asuma el disparate como norma en un periódico. A rectificar toca.

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Antonio

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