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Las llaves de Santiago

Iré a Santiago una y otra vez para vindicar el sueño de Federico García Lorca. El gran poeta se quedó con el deseo y la premonición de sudar la belleza y el encanto de una ciudad cálida hasta el tuétano y el alma, cuando visitó Cuba en 1930. Y este mortal redactor de la inmediatez lo recordó cuando días atrás, no en «un coche de aguas negras», sino como parte de una comitiva atestada de emociones y pensamientos, de veteranos y jóvenes periodistas, celebramos la Jornada por el Día Nacional de la Prensa en esa, la Mariana Grajales de nuestras urbes.

A Santiago la vivimos casi hasta la posesión. Y si me quedó algún símbolo de esa matrona del heroísmo y la entereza, son los ojos filosos de amor con que nos hablaba la gran actriz y dramaturga Fátima Patterson, luego de que con su grupo teatral desparramara el sabor y el orgullo santiaguero con palabras, ritmos trepidantes y cimbreos.

Aunque Manuel Navarro Luna siga insistiendo desde el más allá o el más acá en que «no os asombreís de nada, es Santiago…», le digo al bardo criollo que ese crisol urbano entre el Caribe y la gallarda Sierra Maestra es siempre sorpresa contra el aburrimiento y noticia entrañable, como debía ser el periodismo cubano todos los días.

La ciudad se nos mostró jacarandosa, como siempre; pero desatada en elegancias y diseños seductores, luego de que se levantara de tanta destrucción con las rachas fieras de Sandy. Son vientos muy fuertes de renovación los que la abrazan hoy: en sus calles limpias y remozadas edificaciones, antiguas y modernas; en la diversidad de sus servicios y áreas comerciales; en la iluminación nocturna con todos los colores y neones. En sus tabernas y mesones trovadorescos, heladerías como jardines, sitios con distinción. La belleza y la dignidad visual son un virus contagioso, que llega hasta barrios humildes y levantiscos, como Chicharrones y Van Van.

Santiago de Cuba tiene que decirle mucho a Cuba, y le está elevando la varilla, para que el país salte más alto. Tiene en Lázaro Expósito, su primer secretario del Partido, el antídoto del burócrata: un líder que traslada oficinas, despachos y reuniones a la calle, y dirige a puro abrazo, cara a cara. Con mucha oreja para escuchar lo bueno y lo feo, y luego implicar a los propios sufrientes en su solución. Santiago de Cuba adelanta el germen de la participación popular que tanto urge a Cuba, para no seguir esperando órdenes ni soluciones siempre desde las alturas.

El contacto con hospitalarios periodistas santiagueros, entrañables en su cordialidad, da fuerzas para seguir rebelándome contra la desesperanza y la abulia, por más golpes e insatisfacciones que se incrusten contra el periodismo. ¿Qué decir ante Reinaldo Cedeño, uno de los grandes cronistas cubanos del presente, quien no se dejó abatir por huracanes y otras arremetidas de la incomprensión y la marginación humanas?

Santiago nos besó. Y su beso transitó de la alegría boca a boca a la conmoción solemne. Tantas veces he visitado ese ícono del coraje que es el Cuartel Moncada, con su Museo, donde José Luis Tassende, al filo de la muerte y desde una foto reveladora nos mira… Tantas veces he visto las ropas ensangrentadas de los asaltantes… Y siempre me estremezco.

Hubo noticia: en el grupo, Eduardo Yasell, sempiterno corresponsal de guerra y premio nacional de periodismo José Martí, guerrero de la prensa, pasó ante una reja del Moncada y musitó muy bajo, de humilde que es: aquí estuve preso y me torturaron. Wilmer Rodríguez Fernández, el joven reportero de la televisión cubana y premio de periodismo Juan Gualberto Gómez por la obra del 2016, no perdió la oportunidad para remover la historia, con una confesión breve e intensa del veterano.

Esa crónica, una joya audiovisual, se me antojó el emblema de los días que vivimos viejos y jóvenes periodistas, entrelazados en la diversidad y hasta la discrepancia, pero unidos ante las grandezas que nos incitaban.

Jesús Jank Curbelo, un irreverente y travieso cronista joven del diario Granma, también tiene sus marcas de Santiago de Cuba. Me confesó que lo habían conmovido —y así lo estampó en el libro de visitas del Museo— las llaves de la casa que tenía un combatiente en el pantalón con que asaltó el Moncada. Iba a la muerte confiando en la vida…

Santiago me supo a resurrección, después que nuestra comitiva depositó flores a Martí y a Fidel, en sus sitios de combate y no descanso, en Santa Ifigenia; cuando una lluvia súbita, en medio de tanta sequía, hizo el milagro de enjuagar los sentimientos patrióticos de los presentes.

Dayán García La O, el perenne jaranero de los jóvenes periodistas, enmudeció ante el silencio más justificado de la bullanguera ciudad. Y solo arqueaba las cejas y abría los ojos. Miraba al cielo… y cuando subimos al ómnibus, Odette, una muchacha de la radioemisora habanera COCO, crispada por tanta intensidad, dijo las palabras más bellas y desenfadadas de compromiso con el país, con esa vigilia de Martí y Fidel sobre los destinos de Cuba.

La misma Odette Díaz Fumero, los mismos muchachones que nos acompañaban, esos que en el viaje de retorno nos hablaban de insatisfacciones e inconformidades con mucho dogma, tanta traba y demasiado desestímulo para ejercer la profesión.

Santiago hizo el milagro de unir a viejos robles y pinos nuevos del periodismo en el respeto y la admiración, en la unión por encima de las inevitables diferencias. Como tendrá que ser Cuba. Claro que esos muchachos necesitan su Moncada, para que la Revolución siga superándose a sí misma y no flaquee de estancamientos. Y los veteranos, ¿no vamos a aplicar la dialéctica y la unidad y lucha de contrarios, como buenos marxistas? Las llaves de la casa halladas en el pantalón sanguinolento de aquel asaltante, las que marcaron a Jank, tienen que seguir abriendo postigos y tristezas, con la alegría y la grandeza de Santiago de Cuba.

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