Como se sabe, tras la fundación del Partido Revolucionario Cubano (PRC), nuestro Martí intensificó su campaña de agitación y propaganda en la búsqueda de la unidad de todos los cubanos en aras del ideal libertario. Parte de esa campaña fueron sus múltiples artículos en Patria. Con su prosa hermosa y emotiva, el Apóstol trabajaba para sumar y un sector al que, sin duda, era necesario convencer resultaba ser el de los más adinerados, cuyas riquezas y propiedades inevitablemente sufrirían al desatarse la guerra. En esa dirección, el 9 de julio de 1892, publicó en el órgano del PRC un texto titulado “La guerra”, donde con la sinceridad que le caracterizó siempre enfrentaba esa realidad; pero también ponía en una balanza las opciones: riqueza o dignidad.

Su trabajo comienza con una especie de declaración de fe: “A nada se va con la hipocresía. Porque cerremos los ojos, no desaparece de nuestra vista lo que está delante de ella. Con ponerle las manos al paso, no se desvía el rayo de nuestras cabezas. La guerra no se puede desear, por su horror y desdicha […]”; aunque, de inmediato reconoce “[…] que la guerra fomenta en vez de mermar, la bondad y justicia entre los hombres, y que éstos adquieren, en los oficios diarios y sublimes del combate, tal conocimiento de las fuerzas naturales y modo de servirse de ellas, tal práctica de unión, y tal poder de improvisación que, en un pueblo nuevo y heterogéneo sobre todo, los beneficios de la guerra, por el desarrollo y unificación del carácter del país y de los modos de emplearlo son mayores que el desastre parcial, por la destrucción de la riqueza reparable y la viudez de las familias”. Está claro que es más fácil el heroísmo de la guerra que el cotidiano, que es más fácil el sacrificio sublime en un momento determinado que el sacrificio constante —tras el que pocas veces se ve el producto inmediato—, pero no menos necesario.

Esta constituye una afirmación difícil de digerir por quienes van a ver destruirse lo suyo; pero el Maestro explica: “La conservación de la propiedad, que se puede reponer, importa menos que la conservación o la creación del carácter, que ha de producir y mantener la propiedad”.  Y añade al respecto: “Las propiedades hay que cuidarlas en la raíz, la cual es el prestigio y firmeza del pueblo donde se tienen; y al que por ahí no las cuide, le sucederá como al que lleve en la médula un tumor, y por el miedo al bisturí, no se ponga más medicinas que las pomadas y colonias con que el peluquero lo adereza para el baile”.

Comenta José Martí algunas actitudes y criterios que en los que mucho tienen que perder suscita el miedo a la guerra y sentencia: “[…] los pueblos no están hechos de los hombres como debieran ser, sino de los hombres como son. Y las revoluciones no triunfan, y los pueblos no se mejoran si aguardan a que la naturaleza humana cambie; sino que han de obrar conforme a la naturaleza humana y de batallar con los hombres como son […]”. En esta frase se ve su clara comprensión de la naturaleza humana: como líder nato que es sabe que le toca arrastrar a los hombres y sacar lo mejor de ellos con cerebro y corazón.

Una vez más, aflora en sus palabras el respeto a los fundadores, aquellos hombres y mujeres de fortunas enormes que lo sacrificaron todo a la causa libertaria: “Pena es que la sangre no le hierva al hombre en las venas, como hirvió la de nuestros padres, mucho más ricos que nosotros […] Pena es el que el hombre no vea que la riqueza material, aun cuando esté más segura que la de los hijos del sesenta y ocho […]”. Con estas palabras desfilan ante nuestros ojos figuras como las de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria; Francisco Vicente Aguilera; Salvador Cisneros Betancourt y tantos otros que entregaron sus inmensas fortunas, sus comodidades y las de sus familias y hasta la propia vida al bien de la patria.

“¿Qué diferencia hay —reflexiona Martí—, en el fondo, entre un esclavo que rompe la tierra, y un esclavo que gasta en el aturdimiento lo que le deja de su tierra una metrópoli voraz?” y así, califica de esclavos a quienes por conservar sus riquezas materiales sacrifican su dignidad y su libertad.

Y concluye el Maestro: “Lo que hay que decir es que, ya que vivimos en angustia continua, en inseguridad continua, en amenaza continua, valdría más, de todos modos, vivir así en nuestra casa propia, donde el cariño natural de la tierra iría remediando nuestros males, donde el producto de nuestras depredaciones posibles quedaría dentro del país y entre sus hijos, donde el súbito decoro de nuestra vida revelaría a nuestro espíritu cultivado supremas obligaciones,—que vivir en una agonía de que sólo aprovecha el extranjero y cuyos productos no quedan en nuestra casa”.

Aunque el contexto sea otro y hoy Cuba sea libre y soberana, un país respetado en todo el mundo gracias a la labor de la Revolución Cubana, vale este texto martiano para reflexionar, porque aún hay quienes en aras de la riqueza personal están dispuestos a sacrificar la dignidad y la independencia misma de Cuba. Ese es uno de los grandes méritos de José Martí: sacar de su tiempo conclusiones que es válido extrapolar a todos los tiempos.

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