Soldados de la Unidad 1953, encargada de la Ceremonia y Guardia de Honor al Héroe Nacional José Martí, participan en el resguardo de las cenizas del  Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, que reposan en un monolito situado en el cementerio Santa Ifigenia de Santiago de Cuba (Foto: Miguel Rubiera Júztiz/ACN)
Soldados de la Unidad 1953, encargada de la Ceremonia y Guardia de Honor al Héroe Nacional José Martí, participan en el resguardo de las cenizas del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, que reposan en un monolito situado en el cementerio Santa Ifigenia de Santiago de Cuba (Foto: Miguel Rubiera Júztiz/ACN)

En esas nueve lunas, la última roja, Cuba fue la imagen de una conjunción entre “lo real maravilloso y esa inesperada alteración de la realidad, una revelación privilegiada, una iluminación inhabitual, una fe creadora de cuanto necesitamos para vivir en libertad; una búsqueda, una tarea de otras dimensiones de la realidad, sueño y ejecución, ocurrencia y presencia”, una definición  de Carpentier que ocupan el lugar de mi falta de palabras que rechazan ser apenas parte de una crónica, que no desean ser reducidas a retazos de una noticia. Murió Fidel, un hombre de carne y hueso que hizo realidad las utopías negadas por siglos a millones de seres humanos.

Fui a esa tierra revolucionaria que es Santiago de Cuba. Un lugar donde todas las generaciones convergen en un mar inmenso de agradecimiento al Comandante. Allí y también en La Habana los jóvenes estudiantes saben que Fidel pensó en ellos antes que nacieran.  Vio el futuro apenas bajó de las sierras y recorrió el camino de la gloria.

Casualidad o no, aquel 25 de noviembre Fidel volvió a su barco revolucionario como lo había hecho hace más de medio siglo atrás y transformo el mar en tierra y la volvió a transitar con el mismo polvo de sus huesos. Fidel es Cuba. Cuba es Fidel. Fidel soy yo era el grito que rompía el  paradójico silencio devenido en un estallido de dolor.

Y atravesó los cuerpos de cada cubano y se quedó en ellos esperando como un niño ser acunado en las ideas que hoy nos deja para defenderlas hasta el final.

Fueron nueve lunas, un embarazo que volvió a parir el sentimiento revolucionario de Fidel y Martí en millones de cubanos. No creo en la magia, pero sí en esa conjunción de la que nos habla Carpentier, cuando lo real maravilloso, es tan real que impacta inicialmente como metáfora, pero deviene en pura realidad concreta, tangible. Fidel existe como existe el perseverante deseo de autonomía e independencia del pueblo cubano.

Ese sincretismo cultural que navega como el Granma buscando convertir el deseo, la promesa en realidad. Allí están todas las creencias que vienen de lejos, de épocas esclavitud y de dolor, de velas que protegen, de inciensos que buscan ahora mezclarse con las cenizas de Fidel, de otras que lo resucitan en sus ideas, de aquellos que sin dogmatismos hicieron práctica de un marxismo particularmente cubano. De todos aquellos que convergen en esta gesta heroica que se llama revolución.

Dicen que es época de Cocuyos, de esos bichitos que en la noche iluminan los campos y los ojos. Ojalá que esa luz que vio Fidel en su infancia en Biran se esparza en cada rincón de esta tierra llevando el mensaje de un hombre que existió para hacernos más felices.

Mi más profundo agradecimiento por haberme permitido compartir fraternalmente el saludo final al Comandante Fidel Castro Ruz a todos los compañeros de la Unión de Periodistas de Cuba en La Habana, en Camagüey y en Santiago.

Por Lidia Fagale,  secretaria general de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (UTPBA), Argentina. 

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