Jorge Luis Valdés Rionda (izq), junto a Yirmara Torres, autora de esta crónica, y el fotógrafo Félix Cuéllar
Jorge Luis Valdés Rionda (izq), junto a Yirmara Torres, autora de esta crónica, y el fotógrafo Félix Cuéllar

Cada 6 de noviembre, como destellos que pasan empujados por las urgencias diarias,  me viene a la mente Jorge Luis Valdés Rionda. “Este año si voy a ir a ver a su mamá, voy a llevarle flores a la tumba, voy a escribir algo, voy a recordarle a la gente el periodistazo que fue”. Pero el día pasa, ya Jorge lleva 14 años muerto y yo sigo sin escribir algo a su memoria.

Rionda le decían todos al mulato alto y fuerte, de prominente bigote y fumador compulsivo, que tenía bien ganada fama de polémico y buena gente. Rionda porque es un apellido de esos que todo periodista sueña tener, pero además porque le permitía distinguirse de un tocayo ilustre, Jorge Luis Valdés, el pitcher de aquel equipo Henequeneros, campeón nacional de la Serie del 92, la última vez que un equipo de Matanzas fue campeón nacional.

Rionda fue mi tutor oficial en el periódico Girón. Pero lo conocía de antes, de cuando era estudiante de periodismo. La casualidad a veces une a la gente y allí estaba yo, pidiendo botella en Limonar para ir a La Habana. Ese lunes se me había hecho tarde para salir de mi casa en Colón y, a media mañana, andaba botada a varios kilómetros aún de la ciudad de Matanzas. Entonces se detiene frente a mí un carrito rojo, uno de los Subaru del periódico donde años después consolidaría mis clases clandestinas de manejo, y sale de él el cuerpazo de Jorge, que yo no sé como lograba acomodarse en aquel pedazo de auto. Me dice que me monte.

En aquella época las botellas se me daban fáciles, porque las curvas y la juventud ayudan, pero Jorge no se detuvo por eso. Lo comprendería después en tantos viajes cuando me pedía apretarnos para llevar a esa viejita, a la mamá con la niña o a la doctora, “la pobre, que acaba de salir de una guardia”.

Le dije que era estudiante de periodismo y enseguida nació la empatía que reviviríamos y cultivaríamos después, cuando le tocó llevarme de la mano recién llegada al periódico Girón en noviembre de 2001, en esos años en los que irreverente y bocona me quería comer el mundo.

Acababa de pasar el ciclón Michelle cuando llegué al ya semanario Girón, entonces en su penúltima sede de la calle Milanés. Matanzas había sido muy maltratada por aquel huracán. Municipios enteros estuvieron sin electricidad por 15 días, pero la peor afectación fue en las casas.

Todas las torres de radio y televisión habían sido afectadas, una gran parte de ellas se habían ido abajo y no llegaba la señal a muchos sitios de la provincia. Por eso durante once días se hizo un boletín diario, tipo suelto de una sola paginita, donde se informaba sobre lo que pasaba en la provincia y cuánto se avanzaba en la recuperación.

Salíamos todos los días y había que llegar y redactar porque era para ahora mismo. Con Jorge fui por primera vez como periodista a la Ciénaga de Zapata. Allí fui testigo de la destrucción y la construcción y escribí dos o tres crónicas sobre aquella maravilla de gente que por primera vez tendría su casa de mampostería.

Todo me asombraba entonces y Jorge facilitaba las cosas porque me instaba a crear. Hacía el periodismo de una manera peculiar. Se metía entre la gente, conversaba, se reía, tomaba un buchito de café o un traguito de ron y así conseguía las mejores historias.

Pero lo principal era que no se guardaba esas historias, sino que las compartía. Recuerdo un día que me llevó a entrevistar a dos ancianitos de más de 90 años que llevaban como 60 juntos en Buena Ventura. Es uno de los trabajos que con más placer he escrito en mi vida. Jorge simplemente me cedió la historia, que de su pluma hubiera salido mejor.

Lo hizo muchas otras veces, y con ello me enseñó que en periodismo la información o las historias no tienen dueño, que es de quien la escriba mejor, o en última instancia, de quien la lee.

Me enseñó además la ética de dar crédito a quien lo merece. No hubo una sola vez en la que saliéramos juntos que un trabajo, aunque solo lo redactara él, no tuviera la firma de los dos. Porque esta información la conseguimos ambos, me decía, aunque solo fuera un consuelo.

Jorge fue Coordinador de Humedal del Sur por varios años, hasta su muerte, cuando, qué triste, me tocó sucederlo. Bajo su firma Humedal fue seleccionado en un Festival Nacional de la Prensa Escrita como la mejor publicación para los pobladores del Plan turquino Manatí del país.

Llegaba a la Ciénaga como quien llega a su casa.  Allí tuvo amores furtivos y más de una vez salió corriendo de madrugada de una cama donde él era el amante. Allí tomó ron con carboneros, pescadores y poetas y cultivó amistades que aún creen que un día se les va a aparecer para abrazarlos y apretarles la mano.

Allí también construyó una casa y le dio nombre a una biblioteca en Pálpite. No era un Dios en la Ciénaga, era un hermano.

A Jorge le gustaba el ron. Eso lo saben mejor sus amigos de tomaderas en las casas sociales de los economistas o del científico en Matanzas. Tomaba por placer, por bohemio y también porque el ron le ayudaba a olvidar los problemas que se habían acumulado en su cotidianidad.

Quizás me critiquen quienes creen que de los muertos solo hay que hablar bien, pero en los últimos años Jorge tomaba demasiado, al punto de que la bebida ya había comenzado a afectar su trabajo y las relaciones con sus seres queridos.

Cuando se fue de este mundo Jorge Luis Valdés Rionda acumulaba 13 años como albergado. En los últimos habitaba un cuartucho, húmedo y lúgubre, al final de una casona frente al parque de La Libertad de la ciudad de Matanzas, un albergue que tenía el Partido provincial y en el cual convivíamos varios periodistas de Girón.

Pero Jorge no se quejaba, no pedía nada para él. Cuando su voz se alzaba siempre era para defender a otro, para detener una injusticia contra otros.

Cuando Jorge se murió lloré mucho, desconsoladamente. Mucha gente maliciosa creyó que habíamos tenido algo y hasta me lo insinuaron. Pero Jorge jamás me vio con ojos de hombre, y no digo que fuera perfecto; solo que yo era una chiquilla, su pupila.

A veces quise que Jorge fuera más duro conmigo cuando me revisaba un trabajo, que no fuera tan complaciente, que no me ayudara tanto, quise fajarme con él por un título o un final como lo hacía con Norge, el subdirector o con Domingo Orta, el director.

Con la claridad que da la distancia de los años, entendí que Jorge no estaba ahí para eso, que el tutor es el aliado del adiestrado  Comprendí que la mejor manera de enseñar es el ejemplo.

Jorge me enseñó a ser periodista sin altanería, me enseñó la sencillez y la humildad, me enseñó a no andar de pedigüeña; me enseñó a buscar historias que conmuevan, me enseñó el humanismo, a ayudar a los demás; me enseñó que es posible brillar sin pisar a los otros.

Jorge está siempre presente. Cuando me fui disgustada del periódico Girón, mi primer pensamiento fue para Jorge. Y pensé en él cuando me fui a trabajar a Radio 26, y Víctor González Espinosa se atrevió a contratarme aunque le habían dicho que yo no era fácil. Víctor era amigo de Jorge, y si Jorge le había dicho que yo era buena y que en mí se podía confiar, a él le bastaba.

Y así, cada vez que se habla de la profesión, cada vez que soy testigo de malas prácticas, de arribistas, de oportunistas, pienso en lo que Jorge haría o diría. Eran comportamientos que Jorge no toleraba.

Pienso en cómo sería Girón si él estuviera, en que hubiera sido profesor de la carrera en la Universidad de Matanzas, en cuánta falta les hace a los estudiantes de periodismo para enseñarles a amar la profesión.

Gracias a Jorge heredé amigos en el periodismo que aún conservo. Les decía que yo era un hombre cuando me presentaba, y yo quería matarlo por machista, pero entendía que era su manera de reconocer que yo era de confianza.

Jorge me enseñó también a tener sentimiento de gremio. Fue presidente de la Upec en una ocasión, y aunque terminó antes de tiempo embarcado por buenazo, dicen que la gente lo quería como a nadie.

Un estadio de softbol en Matanzas y el campeonato nacional de ese deporte en la prensa, llevan el nombre del periodista Jorge Luis Valdés Rionda
Un estadio de softbol en Matanzas y el campeonato nacional de ese deporte en la prensa, llevan el nombre del periodista Jorge Luis Valdés Rionda

El día que llamaron para decir que le había dado un derrame cerebral y estaba ingresado en el hospital Hermanos Ameijeiras, en La Habana, no lo podía creer. Jugar softbol fue lo último que hizo Jorge como periodista. Más tarde, justamente, el Torneo Nacional de Softbol de la Prensa, del cual fue fundador, también llevaría su nombre.

Se fue sin terminar de enseñarme todo lo que yo necesitaba. Cuando nos abandonó Jorge me dejó un poco huérfana. Sin él, Girón no fue igual para mí. Con apenas un año de graduada me pidieron que asumiera la coordinación del Humedal. Y no lo hice por valiente o porque creyera que estaba preparada. No. Lo hice por Jorge, por no fallarle.

Ya hace 14 años que Jorge Luis Valdés Rionda no está. Atesoro libros de periodismo y revistas que su mamá creyó que yo debía tener. Pero lo que atesoro con más cariño son sus enseñanzas.

Con 23 años quizás no lo entendía, pero hoy comprendo la suerte que tuve de encontrarme a Jorge en Girón y de que fuera mi tutor. Es verdad que no tuvo tiempo de terminar la preparación, y que con su muerte me lanzaron a empeños para los cuales aún no estaba preparada, pero al menos me enseñó lo principal. Me enseñó a ser inconforme, a no quedarme callada cuando tengo algo que decir. Me enseñó a respirar a través del periodismo.

 

Yirmara Torres/ Cubaperiodistas

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