Gonzalo Rojas, delegado en Baracoa, frente a lo que quedó de su edificio (Foto: Yander Zamora)
Gonzalo Rojas, delegado en Baracoa, frente a lo que quedó de su edificio (Foto: Yander Zamora)

Mien­tras Lia­net duerme, a sus 11 meses, en un pequeño centro para evacuados, su abuelo está a punto de convertirse en héroe.

Lianet es un querube inquieto y grá­­cil mecido por los brazos de su ma­dre.

Mientras duerme, Gonzalo se descuelga desde la puerta de un ve­hículo que desanda, en medio de la tor­men­ta, la calle paralela al Malecón: una avenida estrecha con edificios de frente a la costa. No se ve el muro. Hay olas gigantescas que se le enciman y un viento perpetuo que arranca las fa­ro­las y los árboles; que sacude edificios.

Las luces delanteras del vehículo son las únicas luces alrededor. La no­che está cerrada. Desde la puerta en la que va Gonzalo se ven algunas luces de linternas que parpadean en los edificios. Gonzalo baja. Corre a un edificio, se cubre la cabeza con el pu­lóver. Patea las puertas. Rescata gentes y las pone a salvo en la guagua en la que viaja sin llevar capa ni botas de agua. Con poca habilidad de rescatista.

Sobre las 2:30 de la mañana, Gon­zalo es un abuelo que traslada sobre sus hombros la última persona visible.

Y Lianet abre los ojos, balbucea. Le dan su biberón.

—Esta historia parece una aventura.

—¡Sí, señor! —se estremece—. Conmigo había un par de cederistas que también me ayudaron a cargar niños y adultos gritando, llorando. Todo aquello era un pánico. Tejas vo­lando, paredes cayéndose… Ha­bía personas que no querían salir; el agua les llegaba hasta la mitad del cuerpo, porque no pensaron que el mar pu­diera llegar más de 400 metros hacia adentro. Y hubo de­rrumbes. Lo único que tú sentías era el viento. Y la única comunicación que teníamos visualmente eran linternas: que se encendían, que se apagaban. Eran como las dos de la mañana.

El día del primer cumpleaños de Lianet, Gonzalo está sentado en una rampa frente al área de básquet de la escuela Rodney Coutín. Es alto, desgarbado. Quiere hablar por encima de la música que hay en el aula donde está evacuado con su familia.

Hay niños correteando.

Alguien se acerca con un par de tazas y un termo con café.

—Nosotros no teníamos tiempo ni de mirar. Sencillamente escuchábamos gritos, y las tejas cayendo, y vo­lando las mantas de los edificios, y al­gunos carros que pasaban oscuros: carros inoportunos deambulando a esa hora.

«Yo iba sacando gente y las metía en la guagua, o las llevaba directo para el círculo infantil donde estábamos. Y ahí no se podía mover más nadie. Abri­mos las puertas de la guagua, y las personas que veíamos que hacían lu­ces, uno salía a recogerlas, y otros en­traban corriendo hacia adentro, gritando: se me quedó mi perrito; déjame ir a buscar no sé qué cosa que no sé dónde está».

Gonzalo junto a su nieta, en el cumpleaños celebrado en la Zona de evacuados (Foto: Yander Zamora)
Gonzalo junto a su nieta, en el cumpleaños celebrado en la Zona de evacuados (Foto: Yander Zamora)

Gonzalo Rojas García es, desde ha­ce diez años, el delegado de la circunscripción 11, que abarca casi todo el Ma­lecón.

En su área conviven 1 493 personas. Entre ellas, 405 niños.

—Nosotros no llegamos a tener miedo. No nos dio tiempo. A esa hora lo que te da tiempo es a reaccionar, a mirar: hay una luz, ese es uno que se quedó, hay que ir y traerlo. Uno lo que quiere es entrar personas, entrar personas, ir salvando vi­das.

«Lo único que pensaba era en mis hijos y en los dos padres míos que es­taban evacuados. Y en mi nieta. Les di­je que no se podían mover de allí. Porque yo tenía que ocuparme también de los demás evacuados que te­nía, que había que atenderlos. Y ha­bía ventanales con peligro de romperse».

***

Días antes de Matthew, había co­­menzado ya el proceso de evacuación.

Se priorizó a los niños.

Un automóvil con altoparlante recorría el municipio; hacía llamados al entendimiento.

Se priorizó a las personas enfermas.

El Gobierno vio en cada delegado la sensatez para atender un centro.

Se priorizaron zonas vulnerables, colindantes al mar; casas en mal estado constructivo.

Se priorizó a embarazadas y an­cianos.

—Antes y durante Matthew protegimos a 31 755 personas en 62 centros de evacuación —asevera Eduar­do Zo­rrilla Romero, vicepresidente de la Asamblea Municipal del Poder Po­pular y presidente de la Co­misión de Evacuación en Baracoa. Luego desglosa el número: 9 096 per­sonas fueron trasladadas hacia instituciones estatales; otras 250 ha­cia cuevas. El resto (22 659) fue instalado en ca­sas de vecinos y familiares.

Explica que además se construyeron 16 bohíos vara en tierra. Ahí se albergaron 16 familias.

Sin embargo, hubo gentes que se negaron a ser evacuadas. Las mismas gentes que, durante el paso del huracán, hacían desde sus casas señas de auxilio con una linterna.
Gonzalo rescató a 75.

—En ese momento no pensé en lo que pudiera pasarme. Uno no tiene percepción del riesgo. Tam­po­co pensaba en lo que pudiera estar pasando en mi casa. Sabía, por la magnitud de otros eventos, que en mi casa como tal difícilmente quedara algo. Sabía que esa área iba a ser vulnerable co­mo siempre lo ha sido, porque ahí el mar había hecho estragos. Y con el gra­do cuatro que traía Matthew, era casi seguro que iba a devastar la zona.

—Y priorizaste a la gente…

—Eso es algo de instinto. Es algo de lo que uno lleva consigo mismo; del yo propio. Saber que yo salvé tantas personas me hace sentir feliz.

***

Después de Matthew, 7 307 baracoenses no pudieron regresar a casa.

Dice Zorrilla que fue muy difícil, que fue todo corriendo y que, actualmente, quedan 311 albergados en viviendas vecinas, y que el Estado sufraga los gastos de 529 personas que permanecen en 14 instituciones capacitadas como centros de evacuación: escuelas, policlínicos, talleres, unidades mi­litares…

—De estos 529 —dice—, les he­mos entregado a 48 las cubiertas (te­chos) de sus viviendas. Sin embargo, —agrega—, 42 familias aún no pueden retornar a sus viviendas: los 131 damnificados del área del Ma­lecón.

***

Sobre las cinco de la madrugada Gonzalo hace conteo de su gente, che­quea las ventanas y las puertas, pregunta si todos están bien. Luego, en la misma guagua (marca Diana) que le entregó el Gobierno para la evacuación, consigue ir a su casa.

—Salimos rápido, en la madrugada, apenas pasó el ojo del ciclón, y fuimos a la casa a ver cómo había quedado. Aquello era un destrozo. Gente llorando, tirada en el piso.

—¿Lloraste?

—Se me salieron las lágrimas.

«Y fue más duro al otro día, cuando le comentamos la noticia a los viejos».

«No me sentí muy mal por mí, sino porque los viejos han modificado esa vivienda tres veces. Cada vez que pa­saba un evento tenían que invertir… Y saber que la casa donde están to­dos tus recuerdos ya no está de pronto… Eso es un terror.

Uno no lo puede ni contar, porque son tantas cosas las que te vienen a la mente. Ima­gi­nán­dote que soy el único hijo de esa familia, y que es muy difícil recuperarse…  Es muy difícil que alguien lo en­tienda. Pero hay que entenderlo, porque la re­cuperación no va a ser a corto pla­zo».

La casa de Gonzalo cuenta entre los 202 derrumbes totales de viviendas que dejó Matthew por el Ma­le­cón.

Hubo, además, 302 parciales; 52 derrumbes totales de techo; otros 67 afectados de manera parcial.

—Hoy en día mi esposa no ha ido a la casa otra vez. Los recuerdos son malos. Cuando pasó el Ike, hace nue­ve años, fue desastroso igual. El viento se llevaba los balcones, acababa con las vigas. Aquella vez trabajamos como microbrigadistas y pudimos le­vantar el edificio. No es fácil pensar que en aquel momento el Es­tado in­virtió, nosotros invertimos, re­pa­ra­mos, y que ahora el edificio tie­ne un cáncer. Que ahora ya no se va a re­cuperar.

***

—Para estos casos —explica Zo­rrilla— capacitamos un centro para asistidos en el Toa, con el fin de brindarles alojamiento temporal.

«El centro, que cuenta con un ór­gano de dirección, personal de aseguramiento y una junta encargada de velar por el mantenimiento del orden interior, asegurará los recursos vitales de dichas personas, teniendo en cuenta: asistencia médica, abasto de agua, alimentación, comunicaciones, energía eléctrica…».

«Y tiene áreas de uso colectivo desti­nadas al lavado de ropas y a la recreación; además de cocina, comedor, baño y sala de TV».

***

Caminar con Gonzalo puede to­marte cuatro, cinco horas. Es popular. Saluda con la mano; alguien lo para y conversan un rato; después en­tra a una casa y lo invitan a tomar ca­fé.

—Para ganarse el cariño de las personas hay que entrar en sus vidas cotidianas. Sentirse dentro de ellos. Deam­bular entre ellos. Y hay que es­tar atendiendo las diferentes problemáticas 24 por 24. Casi no puedes dor­­mir. Tienes que estar permanentemente ahí.

También ahora, mientras conversamos, lo interrumpen, le gritan des­de lejos: «¡vaya, Gonzalo, estás en el pe­riódico!». Él ríe.

—Ser delegado es un reto. El pueblo es quien dice la última palabra. Pero si me nominan y me eligen, yo acepto, aunque es difícil. Todos los días hay una cosa nueva. O mil cosas nuevas. Y hay que tratar a gentes dis­tintas. Además, este es un trabajo anónimo. Algunos te agradecen lo que haces, otros no. Pero yo no quiero que me agradezcan. Lo mío es le­van­tarme to­dos los días y salir disparado pa’ allá abajo, pa’ la circunscripción.

—¿La nietecita?

—Esa es la esperanza nuestra. Pa­ra ella vivimos. ¡Pero es la candela! Mira la hora que es y todavía debe es­tar despierta como un lamparón.

Frente a nosotros, en la cancha de básquet, unos niños disparan ha­cia el aro una pelota remachada en teipe.

Los mismos niños que hace un par de horas cantaban a Lianet feliz cum­pleaños alrededor de un cake.

—La noche está cayendo como un cohete —me dice Gonzalo.

Luego me da una palmada en el hombro.

Nos vamos con los niños a jugar.

Periódico Granma

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