La elegía del papel tendrá que esperar. Los negros augurios que daban por muerto al libro impreso, ese vehículo de ideas que cambió la historia de la humanidad, el más poderoso objeto de nuestros tiempos según claman algunos, no se han cumplido (Fuente: El País)

Guillermo Tell

Expertos autorizados que desmontan lo que se dio por inevitable, afirman que por mucho que los medios y plataformas sigan hablando hoy de lo nuevo, de lo que está por llegar, del último gadget tecnológico, luego está la tozudez de las estadísticas, según las cuales, tanto en España, como en Estados Unidos, dos de cada tres personas siguen leyendo los libros, sobre todo, en papel.

Habrá que coincidir con ellos en que el deslumbramiento causado por los nuevos dispositivos electrónicos de lectura se ha estabilizado, y que tal vez dejaron se ser moda para convertirse en un fenómeno que llegó para quedarse. Pero al mismo tiempo las ventas de obras impresas vuelven a crecer después de años de caídas, y es así que en 2015 se vendieron 571 millones de libros impresos, 17 millones más que en 2014, mientras proliferan con éxito las Ferias de Libros en todas las latitudes.

De manera que la narración de la cacareada e inapelable desaparición del libro impreso, su pronosticado entierro en los albores del siglo experimenta un evidente quiebro. Por el contrario parece todavía que el lector disfruta de esa íntima relación individual con la obra disponible que lleva consigo para leer en cualquier lugar y hasta el aroma del papel y la tinta.

Más inapelable pudiera ser la profecía del gran Umberto Eco, quien al arrancar la era digital comparó al libro tradicional con el sacacorchos, dos invenciones irremplazables. Cabe decir que “los muertos que vos matais gozan de buena salud”.

 

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