El comentario Jefes de buró, de Yudaimy Castro Morales, del periódico Granma, obtuvo el primer premio en su género del reciente concurso periodístico 26 de Julio, auspiciado por la Upec.

En la argumentación de su fallo, el jurado explicó que se trata de un retrato sugerente y atractivo a la lectura con todos los recursos expresivos, de estructura y síntesis característicos del género, acerca de un  mal de la sociedad cubana que entorpece el avance de los procesos de cambios socioeconómicos del país.

A continuación, Cubaperiodistas reproduce en su sección Periodismo Premiado, el texto de dicho comentario.

Desde su silla giratoria lo controla todo. Al menos eso cree. El mundo gira en torno a su silla y su silla gira y gira en torno a él. No hay un centímetro de su oficina que no conozca como la palma de su mano, y que no haya caminado en un día más de una vez. No importa que en la empresa existan lugares que no haya visitado nunca.

Su buró, a veces tribuna, termina siendo mesa y regazo. Siempre lleno de papeles y facturas por firmar, acaba convertido en pretexto supremo de responsabilidades. Porque un buró desordenado es casi sinónimo de muchas tareas juntas. Y puede que alguien piense también en incapacidad, en acumulación. Pero la mayoría, creo yo, piensa en trabajo, mucho trabajo.

Y en efecto, el jefe de buró trabaja, incluso todo el día, lo cual no significa que lo haga bien. Puede que hasta la familia le reclame por las tantas horas dedicadas (al final perdidas) a la oficina, que es como decir a la empresa, aunque de sobra sabemos que no es lo mismo, ni siquiera parecido.

A este tipo de jefe se le esfuma el día entre cuatro paredes o sobre cuatro ruedas. El cuatro debe ser su número de la suerte. Dilapida el tiempo leyendo informes “de arriba”, escribiendo informes para leer “abajo”, cuadrando y recuadrando los números de la contabilidad, sin percatarse que la gestión empresarial es mucho más que informes y números; que la vida de la entidad no se puede dirigir de la puerta de la oficina hacia dentro, simplemente, porque esta ocurre desde ahí hacia fuera.

A este jefe le explotan los problemas.

Y no hablo aquí solo del jefe hermético, aunque lo sea su puerta. En no pocos casos puede tratarse del más solícito, atento a cualquier reclamo o inquietud, siempre y cuando lleguen, por los canales establecidos, hasta su oficina.

En su esquema de dirección cada quien tiene, como es lógico, su responsabilidad. La de él, una de las más complejas, consiste en exigirle a los demás que hagan la parte que les toca. Pero si lo hacen bien o mal, solo lo sabe por lo que ellos mismos digan de sí y de sus subordinados.

Este jefe no conoce de procesos, no tiene incorporada la necesidad de tocar la realidad con sus manos. Tan solo confía, ingenua o negligentemente. Valdría recordarle que el desconocimiento o la “buena voluntad” no lo exime de culpas.

Hace algunos días, un funcionario del Partido reflexionaba sobre esa actitud nociva de los jefes de dirigir con vendas en los ojos, apenas guiados por criterios de otros. En lo perjudicial que puede resultar esa práctica le asiste toda la razón. Porque nadie puede figurarse una historia de final feliz cuando el jefe se engaveta en su oficina, al igual que los informes, en lugar de dedicarle horas largas a conocer su fábrica, entidad o industria, a recorrer, palpar, intercambiar, discrepar y después, llegar entre todos a la mejor solución.

También en estos casos existe el suicidio. Un suicidio económico podríamos llamarle, a esa intención distendida de no ver más allá de las narices, de encorsetar la administración a cuatro paredes y fingir que solo desde allí se tienen las riendas.

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