A veces lo obvio parece amenazado a la relegación, pese a las tantas voces alzadas en el reclamo de otorgarle la preminencia que merece. Es lo que sigue ocurriendo hoy, según percibo y entiendo, en torno a la información, entre los fines sustanciales de  los medios públicos y el ejercicio del periodismo.

Tan obvio como de tratarse de la primigenia función comunicativa, en respuesta a la más elemental necesidad de las audiencias receptoras, las que con severa criba juzgan la eficacia de los medios y les conceden o no la indispensable credibilidad con la que se puede construir un fructífero diálogo de confianza entre los hacedores de noticias y la ciudadanía que aspira a lograr ese sumun de “estar al día” y orientarse.

No se revela novedad alguna al apuntar que los vacíos informativos, la información a destiempo, incompleta o sesgada en nuestra prensa, las escuetas, incoloras o crípticas notas oficiales destacan en el repertorio de insatisfacciones expuestas por periodistas cubanos que participan  en congresos, plenarias, foros, seminarios y talleres convocados por la UPEC, tanto como en la rutina profesional cotidiana.

De igual forma siempre se señala (¿hasta el cansancio?) las enrarecidas relaciones con las fuentes, en una madeja de secretismos y ocultamientos injustificados y afanes desmesurados de propaganda triunfalista a toda costa, cuando por el contrario todo funcionario, cualquiera que sea su rango, son por esencia, servidores públicos, que también deben de informar a la población, a través de los medios.  Acaso por una escasa o insuficiente cultura del papel que desempeña el periodismo, en sus consonancias y coherencias con la estrategia política del Partido de la Nación en pos de la democracia socialista participativa.

Ninguno de los actores del fenómeno de la comunicación masiva debería cometer el grave desliz de ponerse de perfil ante algunas afirmaciones certeras de Rosa Miriam Elizarde, en Cubaperiodistas.cu bajo el sugestivo título de Medios públicos y privados, que  reactualiza el imperecedero legado de Julio García Luis, sobre el que todo debemos reflexionar en profundidad.

“El mapa de los medios ha cambiado dramáticamente con las nuevas plataformas tecnológicas…. hoy el Granma y El Nuevo Herald están al alcance de un clic..”, apunta la colega en una enjundiosa introducción.

Dicho de otra forma,  las audiencias reclaman estar informadas, y tienden a estar informatizadas, más temprano que tarde, por ley del inevitable e impetuoso desarrollo tecnológico.

En este contexto tampoco debe desdeñarse la presencia de una competencia de medios privados digitales, advertida por la autora de referencia, que potencial y factualmente consiga socavar la prensa de propiedad social, sobre la cual García Luis, proyecta el diseño de un modelo que comparto en la totalidad de su espíritu y letra.

Considero al respecto que para avanzar por ese rumbo trazado se requiere resolver de una vez las carencias informativas de los medios públicos que conducen a la búsqueda de noticias en otros, y que con bastante frecuencia, sea dicho de paso, trata sobre  hechos e incidentes que pudieran haberse ventilado en alguno de nuestros diarios con el valor añadido por cierto de una mayor hondura esclarecedora.

Me resultan una palmaria manifestación de disfuncionalidad, los obstáculos encontrados por Juventud Rebelde para realizar un reportaje en la heladería Coppelia, algo en verdad de ribete ridículo, como si se convirtiera un sitio popular y abierto en un presunto peligro para la seguridad nacional, uno de los pocos aspectos en que los periodistas en cualquier rincón del mundo ejercen una comprensible y responsable autorregulación.

Hace falta el flujo informativo, al igual que el agua al cuerpo,  ya sea regulado como en otros países con una ley de prensa, para que esta pueda contribuir decisivamente a que las propias masas desarrollen su capacidad de autogestión, estimular una nueva actitud cívica y crear una nueva cultura de la economía y el deber social con que dar respuesta a la infinidad de requerimientos cotidianos y demás esferas de nuestra vida, tal como propugnaba expresamente Julio García Luis en sus tres preguntas.

Nuestra prensa revolucionaria posee esa capacidad, a condición de eliminar cortapisas obstaculizadoras al despliegue de la investigación y la creatividad de sus periodistas informados e informadores en los medios de propiedad social.  Desalentar, consciente o inconscientemente este papel protagónico, equivaldría a colocar una piedra en el desmontaje de nuestro proyecto socialista.

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