Hasta ahora, a pesar del tremendo impacto mediático que ha tenido el restablecimiento de relaciones, salvo breves menciones en las plataformas aprobadas por ambos Partidos y algún que otro comentario de los candidatos presidenciales, Cuba no ha sido un tema relevante en las actuales elecciones norteamericanas.

Aunque es muy pronto para llegar a conclusiones definitivas y no es descartable que el asunto se manifieste en ciertos contextos, existen al menos dos razones para pronosticar que continuará siendo de esta manera en el resto de la campaña. Por un lado, porque no es un asunto determinante para decidir el voto de los electores a escala nacional y, por otro, porque el proceso de restablecimiento de relaciones con Cuba ha contado con tal apoyo bipartidista, que no es de esperar una aguda polémica entre demócratas y republicanos, especialmente en el caso de los candidatos presidenciales.

En realidad, aunque generalmente no ha sido percibido de esta manera en Cuba debido a sus implicaciones internas, en los procesos electorales precedentes tampoco el tema cubano ha sido una prioridad en la agenda de los políticos norteamericanos. Por tanto, lo relevante en la situación actual no es su importancia relativa, sino el brusco cambio ocurrido en la aproximación al tema.

Hasta ahora, el tema cubano aparecía como excusa para proyectar las posiciones más intransigentes en ambos bandos y que esto sirviera para vestir  de “duros”, incluso a los aspirantes más moderados en otros asuntos de política  exterior. La ecuación era bien simple, abogar por una política distinta hacia Cuba era un riesgo que no se justificaba por las ventajas electorales que pudiera reportar y ello explica tanto la similitud del discurso de los candidatos, como la efectividad del lobby de la extrema derecha cubanoamericana, la cual actuaba sin contrapesos en la arena política norteamericana.

Bastaba presentarse en Miami y asegurar el compromiso con el derrocamiento con el régimen cubano, para cultivar el voto cubanoamericano y, a bajo costo, proyectar una imagen de firmeza en la confrontación con “los enemigos de Estados Unidos”. Por lo general, en este entorno ganaban los republicanos, porque el llamado “exilio histórico” los percibía como más decididos a aplicar las políticas más hostiles hacia Cuba, incluyendo la intervención militar.

En 2008 Barack Obama rompió con la tradición y anunció flexibilizar las restricciones a los viajes y las remesas a Cuba impuestas por la administración de George W. Bush, así como dijo estar dispuesto a negociar con el gobierno cubano. Ello le reportó beneficios dentro del electorado cubanoamericano que, en 2012, se tradujo en un margen de respaldo que alcanzó alrededor del 50 por ciento de los votantes.

El restablecimiento de relaciones con Cuba completó este proceso y en la actualidad las encuestas muestran que la mayoría de los cubanoamericanos, así como el resto de los votantes norteamericanos, apoyan esta política, lo que explica la conveniencia de modificar el discurso y que ahora tampoco existan grandes diferencias entre los candidatos presidenciales respecto a este tema, aunque por razones complemente distintas al pasado.

La plataforma demócrata y el discurso de Hillary Clinton enfatizan la continuidad de esta política y aunque la plataforma republicana adoptó un lenguaje contrario a la misma, no parece que esta sea la posición de Donald Trump, al que incluso han acusado de explorar posibilidades de negocios en Cuba aprovechando la nueva coyuntura. Es posible predecir entonces que, cuando más, el tema cubano será traído a colación por Clinton para destacar un éxito de los demócratas, a lo que Trump quizás responda que él podía haberlo hecho mejor, como ha dicho hasta ahora, sin cuestionarse la estrategia.

En el caso de las elecciones congresionales es de esperar que, por lo general, los republicanos traten de evitar el tema con tal de no apoyar la política gubernamental, toda vez que en muchos distritos agrícolas, donde cuentan con mayoría, la posibilidad de negocios con Cuba constituye un interés de importantes sectores de su propio electorado.

La excepción será en algunos distritos del sur de La Florida, donde el tema de Cuba es inevitable e influye de manera significativa en la conducta de los electores de cubanoamericanos.

Todo indica que, a pesar de los cambios ocurridos en el electorado cubanoamericano, la maquinaria política local de la extrema derecha, vinculada básicamente a los republicanos, cuenta con fuerza suficiente para reelegir a sus representantes, los cuales constituyen el núcleo duro de la oposición a la política de Obama hacia Cuba en el Congreso de Estados Unidos.

No obstante, el simple hecho de que en las elecciones a este nivel aparezcan posiciones encontradas respecto a las relaciones con Cuba, ya constituye un cambio significativo si lo comparamos con el monolitismo existente en el pasado. Lo interesante, por tanto, será medir los márgenes que se expresarán en estas contiendas, con vista a evaluar el comportamiento de este electorado de cara al futuro.

En cualquier caso, ha cambiado la relación costo-beneficio que impera en las elecciones norteamericanas y las posiciones más hostiles hacia Cuba ahora tienen que enfrentar contrapesos muy poderosos, modificando de manera radical el balance de fuerzas respecto al tema cubano. Para Cuba, en esto radica la diferencia fundamental de estas elecciones respecto al pasado y justifica afirmar que estamos en presencia de un escenario inédito en la historia de los dos países.

Jesús Arboleya

(Tomado de Progreso Semanal)

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