Gabriel García Márquez, un colombiano universal
Gabriel García Márquez, un colombiano universal

Durante uno de sus últimos ingresos hospitalarios en México, viendo a distancia el revoloteo mediático que su presencia causaba, preguntó si los periodistas estaban locos. «¿Qué hacen allá afuera? Que se vayan a trabajar, a hacer algo de provecho», sugirió en un vano intento de escapar de los titulares. No era un regaño, tal vez ni siquiera una crítica: era otra lección.

Gabriel García Márquez no solo fue un gran reportero y maestro del gremio, sino que siempre afirmó que el nuestro es el mejor oficio del mundo y que entrañaba su primera y única vocación: «Soy un periodista, fundamentalmente. Toda la vida he sido un periodista. Mis libros son libros de periodista aunque se vea poco».

Comenzó con 27 años en el colombiano El Espectador, periódico que en 1948 le había publicado su cuento La tercera resignación y que en 1955 sacara a la luz su amplio reportaje Relato de un náufrago, el mismo diario que en 1966 dio un «palo» también literario al adelantar para el mundo esa obra de planetaria compañía que es Cien años de soledad.

Aquel muchacho de Aracataca al que los condiscípulos llamaban El Viejo por su afición a escribir y su dudosa condición atlética, se convirtió con los años en la pluma más vigorosa que conocieran los periódicos El Universal, El Heraldo, Momento, Cambio…, y en la revista Crónica llevó el deporte más lejos que cualquier campeón del músculo.

Gabo sufrió desde el principio una enfermedad terminal, cuyos síntomas principales eran la obsesión por la frescura en cada texto, la certeza de que sin buen empleo del idioma no hay calidad periodística, la claridad de imponerse el reporterismo como un acto de creación estética, la angustia del dato y el fervor por la ética. No hubo duda alguna: los lectores diagnosticaron que sufría una incurable vocación reporteril. Con ella moriría.

El maestro nos enseñó, aunque pasada su muerte muchos no lo hayamos aprendido, que más que el tema a veces importa el ángulo. Nos mostró cómo halar la historia desde un detalle accesorio y nos dijo en letra propia que la experiencia en el gremio multiplica la zozobra. Un día, al explicar por qué dejó de sacar su columna fija en El Espectador, expresó que le resultaba más difícil que escribir novelas.

Su zurrón de encantador se componía de buen trabajo en el terreno, fuentes y citas muy escogidas, ambientación cuidadosa, claridad del eje central y aperturas y cierres inigualables. Tal arsenal no lo libró de otras marcas de identidad gremial: bajos salarios, malas pensiones para dormir, algo de bohemia y muchas lecturas. En su juventud vestía horribles camisas «guarabeás», que funcionaban como la credencial más completa. Cuando estaba exiliado en Europa, por el filo de sus textos periodísticos, le vieron zapatear con su libreta de notas las zonas poco turísticas y las buhardillas de inmigrantes.

En 1959 vino a Cuba como periodista, a conocer la Revolución. Su afecto jamás se separó de ella, aunque presiones nunca le faltaron. Fue uno de los fundadores de Prensa Latina y su corresponsal en Bogotá y Nueva York.

Entre nosotros escribió Cuba de cabo a rabo, un trabajo donde comentaba, entre otras cosas, la confianza de los cubanos en Fidel y confesaba que constatarlo había sido la experiencia más emocionante y decisiva de su vida. Su reportaje Operación Carlota: Cuba en Angola le mereció el premio de la entonces Organización Internacional de Periodistas. No obstante, seguía siendo un grande humilde: en Bogotá le decían al corresponsal nada menos que Trapoloco, por la forma poco ortodoxa, o nada cara, de vestir.

Muchas cuartillas después creó en Cartagena la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano, para «inventar otra vez el viejo modo» de reportar sin depender de grabadoras y sin el perenne amarre a las comillas. En 1985 cambió la máquina de escribir por la computadora, pero la grabadora no pudo nunca seducirle. Él defendía el abordaje a la fuente con alma y ética, más que con aparatos.

Gabriel García Márquez fue un genio, ya se sabe. Consiguió fama e hizo dinero, ganado en el diario ejercicio de escribir maravillas desde los 17 años, pero jamás transigió en sus ideas: trabajó por la paz en su país, combatió la dictadura chilena, criticó la voracidad colonial de las potencias, defendió como pocos la riqueza cultural de nuestras tierras y hasta se dio el lujo en el 2001 de increpar directamente a George W. Bush por las constantes agresiones de Estados Unidos a Latinoamérica.

Su periodismo estaba en los periódicos pero, más que en ellos, estaba en su vida. ¿Se puede escribir mejor? La magia real de sus novelas sigue a la mano, pero quien busque en las páginas medio amarillentas de diarios de aquí y allá podrá descubrir múltiples Aurelianos y José Arcadios, bellas Remedios que levitan de veras, Melquiades auténticos, viejas Úrsulas que en la cocina cuentan el amor familiar… todo ello con la firma del Gabo. Solo un periodista semejante puede llevarnos de la mano, como un padre, a conocer el hielo a estas alturas.

Por Enrique Milanés León / Tomado de Juventud Rebelde

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