El ver a Dilma salir expulsada del palacio de Planalto me causó una profunda indignación. Fuimos vecinos en la década de 1950, en la calle Mayor Lopes, en Belo Horizonte. Fuimos vecinos de celda en la cárcel Tiradentes, en São Paulo, en la década de 1970. Y por tercera vez fuimos vecinos, en la explanada de los Ministerios, siendo ella ministra y yo asesor de Lula, en 2003-2004.

Mi indignación tiene que ver con la mezquindad de la política institucional brasileña. Sin convencerme a mí mismo y a muchos de que Dilma haya cometido algún ilícito, el rollo apisonador de la oposición resentida y del oportunismo ontofisiológico de caciques del PMDB abrió a hachazos un atajo en el orden constitucional para hacer coincidir oposición y deposición. Y así se creó un precedente. De ahora en adelante la tribuna parlamentaria cede su lugar al tribunal de Justicia. La judicialización de la política brasileña ha hecho que la soberanía popular, a través del voto en las urnas, pase a tener insignificancia.

Los tres primeros gobiernos del PT representan lo que hay de mejor en nuestra malhadada historia republicana. Salieron de la miseria 45 millones de brasileños. Los programas sociales, desde el Bolsa Familia a Más Médicos, le extendieron a la parcela más pobre de la nación una red de protección social. El acceso a la universidad fue popularizado. El FMI dejó de meterse en nuestras cuentas. América Latina ganó más unidad. Y Cuba fue sacada del limbo.

Lástima que el PT se dejó picar por la mosca azul. No se atrevió a implementar reformas de estructuras, como la política, la tributaria y la agraria. Permitió que el programa Hambre Cero, de carácter emancipatorio, fuera sustituido por el Bolsa Familia, compensatorio. Erradicó, a finales del 2004, los Comités Gestores en más de dos mil municipios, y entregó a los alcaldes las listas del Bolsa Familia.

Como si la retórica fuera suficiente para encubrir desigualdades clamorosas, el PT trató en vano de ser el padre de los pobres y la madre de los ricos. Para renovar el Congreso no confió en el potencial político de los líderes de los movimientos sociales. Prefirió concertar alianzas promiscuas cuyos virus oportunistas acabaron por contaminar a algunos de sus dirigentes.
En 13 años de gobierno no se empeñó en la alfabetización política de la nación ni en la democratización de los medios, aunque no fuera más que en el modo de distribuir pautas publicitarias para vehículos de comunicación. Gracias al crédito fácil, al control de la inflación y al aumento real (anual) del salario mínimo por encima de la inflación, la población tuvo más acceso a los bienes personales.En casi todas las barracas de las favelas está presente toda la línea blanca de aparatos, favorecida por la exoneración de impuestos, e incluso el computador, el celular y, quién sabe, en las faldas de la cuesta, incluso el auto comprado a plazos.

Sin embargo, se da también la chabola ocupada por una familia sin vivienda, ni seguridad, ni salud, ni educación, ni transporte colectivo de calidad. La prioridad debiera haber sido el acceso a los bienes sociales. Se originó por tanto una nación de consumidores, no de ciudadanos, una nación de electores que votan como quien cumple un precepto religioso o retribuye un favor de compadrazgo, enternecidos con los lazos de familia que se extienden desde el nietecito evocado en pleno parlamento hasta la protuberancia glútea exhibida ministerialmente.

Entre avances y retrocesos el PT deja como legado programas sociales que merecen figurar como políticas de Estado, y no ocasionalmente de gobiernos. ¿Pero tendrá el partido la osadía de reinventarse?

Ahora los pobres, los excluidos, los sintierra y los sintecho, que tenían la esperanza de llegar a ser felices, tendrán que buscar otras asociaciones partidarias o forjar nuevas herramientas de hacer política, fundadas en la ética, en la supresión de las causas de las desigualdades sociales y en la búsqueda de otro Brasil posible.

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