Ejecución de los patriotas cubanos Francisco León y La Nuez y Agustín Medina y Gutiérrez en la Plazoleta de La Punta, Fotografia de  Narciso Mestre Aulet
Ejecución de los patriotas cubanos Francisco León y La Nuez y Agustín Medina y Gutiérrez en la Plazoleta de La Punta, Fotografia de Narciso Mestre Aulet

La lucha por nuestra independencia comenzó el 10 de Octubre de 1868 con el alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes en La Demajagua. Después de los primeros encuentros con los españoles, Céspedes y sus hombres  tomaron la ciudad de Bayamo donde dictaron las leyes revolucionarias fundamentales, proclamaron la  libertad de los esclavos y se cantó por primera vez  el himno nacional.

Desde el propio mes de octubre la guerra se expandió por los territorios orientales y camagüeyanos y en enero de 1869 también en Las Villas. En las provincias occidentales no había las condiciones para un levantamiento, sobre todo en la capital donde estaba concentrado todo el poder económico y político español en Cuba.

Grabado publicado en la revista ilustrada Harper’s  Weekly el 8 de mayo de 1869
Grabado publicado en la revista ilustrada Harper’s Weekly, el 8 de mayo de 1869

Mientras la casi totalidad del ejército español guerreaba en los campos oriéntales, en la capital imperaba la ley de los voluntarios, cuerpo paramilitar – explican los doctores Mabán y Leiva –“enganchado entre los dependientes, carretoneros, carboneros y peones españoles, de sentimientos despóticos  y bajos,  cuyos jefes se reclutaban entre los esclavistas, concesionarios de empresas públicas, altos funcionarios, comerciantes e industriales o sea entre el elemento explotador de la infeliz colonia de Cuba”, los cuales eran sostenidos y amparados por la aristocracia española. El acoso era tal que muchas familias criollas  tuvieron que emigrar, otras demostraron su entereza vistiendo alguna prenda azul, color que simbolizaba lo cubano, y podía verse en una corbata o en un pañuelo en el saco de los hombres o en un vestido azul y blanco  adornado con una estrella que lucían las mujeres. No pocos conspiraban y ayudaban a los combatientes mambises enviándoles clandestinamente dinero y pertrechos.

El abogado camagüeyano Agustín Coronado Pilonia era el suministrador oficial de los materiales eléctricos del servicio telegráfico de la Isla y en su casa de la calle Paula esquina a San Ignacio tenía un taller donde fundía en un horno el zinc que empleaba en la fabricación de pilas eléctricas para los telégrafos.

Era una fachada bastante segura para Coronado pues, en realidad, era un activo independentista que secretamente producía, en ese mismo horno, muchas de las balas que utilizaban las tropas cubanas. Con él  trabajaban secretamente José Tejada García, un viejo luchador por la independencia quien se encargaba del transportarlas hasta las filas mambisas y varias mujeres del club “Hijas del Paraguay” (nombre  que ellas habían adoptado para glorificar a las mujeres de aquel país que durante la lucha independentista tomaron los fusiles de los hombres que caían en combate y continuaban luchando por la libertad). Las “hijas de Paraguay” bordaban banderas, distribuían propaganda y escondían las municiones en sus casas hasta su traslado final. Completaban el grupo varios obreros tabaqueros encargados del cuidado de dichos pertrechos.

Una de las integrantes del Club de Hijas de Paraguay, Matilde Rosain, vivía en las inmediaciones de los Cuatro Caminos y Tejada le llevó a su casa varios paquetes de balas recién fundidas para que los guardara hasta que pudieran trasladarlas a las líneas mambisas. Estos bultos llamaron la atención de un confidente quien alertó a las autoridades. El 12 de enero de 1869 los voluntarios allanaron el lugar y descubrieron los alijos de municiones. Cuando se disponían a trasladar las municiones  a los depósitos militares fueron atacados por varios cubanos que estaban apostados en los portales y azoteas de las calles de Carmen y de Figuras, tratando de recobrar el armamento. El tiroteo fue grande y atrajo a decenas de uniformados que andaban por los alrededores.  Cuando a los cubanos se les acabaron las municiones no les quedó otra opción que escapar. Al terminar la balacera, el balance era de cuatro voluntarios y varios paisanos heridos y la captura de dos de los cubanos que intentaron rescatar las balas: los obreros tabacaleros Francisco León y La Nuez y Agustín Medina y Gutiérrez.

El juicio de los dos obreros se celebró en la Alcaldía Mayor de Jesús María. Durante el proceso demostraron un extraordinario valor y patriotismo y ambos  fueron condenados a la pena de muerte en garrote vil. La sentencia fue  confirmada por la Audiencia Pretorial de La Habana. El historiador Emeterio S. Santovena describió así la ejecución:

“Unas doce mil personas acudieron al placer de La Punta a presenciar el suplicio, enfilado para las once de la mañana del 9 de abril de 1869. La sed de sangre era incontenible. La actitud de los voluntarios, adueñados de la situación, envolvía la amenaza de nuevos desafueros. Llegado el momento, supremo, Francisco León atravesó de prisa la distancia que existía entre la capilla y el cadalso. Subió con ligereza los escalones del  andamio fatal. Mientras el verdugo se preparaba para desempeñar su oficio, él manifestó deseos de pedir al pueblo que lo perdonase. El mayor de la plaza accedió a la solicitud del reo. Empezó León implorando indulgencia de aquellos a quienes de alguna manera hubiese ofendido, pero, despertadas ya la atención y la curiosidad todos, brotaron de sus labios palabras que, enderezadas a honrar la causa por la cual moría, dieron ocasión a graves acontecimientos. El tornillo giró incontinente. En el pecho de León, cadáver en el suelo, clavó un voluntario su bayoneta. En tanto, y sin que se suspendiese la ejecución de Agustín Medina, las enérgicas frases de León tuvieron eco en los cubanos y acuciaron la ira de los intransigentes. Los disparos de arma de fuego y los atropellos que se produjeron en el acto, lo mismo en el lugar del suplicio que en las calles adyacentes, terminaron con siete muertos y nueve heridos. Francisco León sucumbió cuando profería vivas a Carlos Manuel de Céspedes y a Cuba independiente y proclamaba, con voz clara y reposada:- ¡Muero satisfecho porque es por la patria, por la libertad de mis hermanos!

Precisamente en ese momento, el fotógrafo cubano Narciso Mestre Aulet retrató la escena que aquí mostramos. No era una fotografía para la prensa, porque en aquellos tiempos aún no se había encontrado un método que, con sólo tinta negra, fuera capaz de imprimir en los periódicos los medio tonos o grises de la imagen fotográfica. Es por esta razón que Mestre montó la fotografía sobre una cartulina con una pequeña explicación del suceso al dorso, como lo hacía con cientos de vistas de la ciudad o de acontecimientos importantes ocurridos en la Habana y las ofertaba en su galera de la calle O’Reilly nº 19 y en algunos quioscos importantes de la capital.

Antes de inventarse el fotograbado, las revistas gráficas publicaban las noticias más importantes de la guerra ilustradas por dibujantes, caricaturistas y grabadores. En Cuba se destacó la revista El Moro Muza y su dibujante Landaluce; en España La Ilustración Española y Americana; en Inglaterra The Illustrated London News y en los Estados Unidos el semanario Harper’s  Weekly. Precisamente este último, publicó una xilografía realizada por “nuestro artista cubano” del edificio de la cárcel, la explanada de la Punta por donde caminan los revolucionaros cubanos hacia el patíbulo, la tropa de formada alrededor de ellos y en primer plano, a la derecha, se aprecia a un grupo de voluntarios atacando a varios  cubanos que protestaban por la condena. Otras revistas ilustradas norteamericanas y europeas también publicaron grabados similares de este y de otros hechos que protagonizaron los voluntarios durante aquellos años como el asalto al teatro Villanueva y al palacio del cubano Miguel Aldana, los tiroteos a los cafés Los Voluntarios, Payret y El Louvre – en este último mataron al famoso fotógrafo norteamericano Cohner por llevar una corbata azul – y el fusilamiento de los ocho inocentes estudiantes de medicina fueron acontecimientos que conmovieron e indignaron a todos los pueblos del mundo.

Pero volviendo a Narciso Mestre Aulet, quien conjuntamente con sus hijos Esteban y Narciso Mestre y Petit  fueron los pioneros del documentalismo fotográfico habanero, nos legó para la historia este “tarjetón” de 5.5 x 8.5 pulgadas el cual nos traslada en el tiempo a aquellos dramáticos momentos de nuestra historia.

 

Fuentes:

  • Emeterio Santovenia y Echaide: Huellas de gloriaFrases históricas cubanas. La Habana. Imprenta El Siglo XX, 1928,  pp. 84-86
  • Harper’ s Weekly numero de mayo 8 de 1869, p 292
  • Doctores Elio Leiva y Edilberto Marban: Historia de Cuba. Tomo 1, pp. 361-396, Imprenta Montero, La Habana 1946
  • Fotocopia de la colección de Ángel Martí realizada el 23 de abril de 1973

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