De José Martí para Barack Obama

Sin lugar a duda, el presidente norteamericano dejó entre nosotros una imagen personal positiva. No es que olvidemos que tras esa imagen funcionan los intereses del imperio: simplemente nos pareció una persona culta, correcta y agradable.

Hace ya unos días, nuestro Comandante en Jefe, en un artículo titulado “El hermano Obama”, expresó sus opiniones acerca de la visita y expuso algunos comentarios sobre las diferentes ocasiones en que nuestros países se han enfrentado. Leyéndolo se me ocurrió que sería muy bueno comparar algunos criterios manifestados por el presidente norteamericano con los vertidos en su tiempo -y para el nuestro- por nuestro Apóstol.

Obama dijo -y Fidel lo citó- que “Ambos -el pueblo cubano y el estadunidense- vivimos en un nuevo mundo colonizado por europeos” y que“Cuba, al igual que Estados Unidos, fue constituida por esclavos traídos de África; al igual que Estados Unidos, el pueblo cubano tiene herencias en esclavos y esclavistas”. Así, por arribita, tiene razón: el Nuevo Mundo fue “descubierto” por las apetencias de las grandes potencias coloniales europeas. Vale aclarar que entre las grandes potencias no estaba España -poseedora, sin embargo, del mayor imperio colonial- y que gracias al subdesarrollo de esta nación los enormes recursos de América contribuyeron a potenciar el enriquecimiento de Inglaterra, Francia, Holanda y otros países en su camino hacia el capitalismo.

Pero, bueno, dije que por arribita tenía razón, porque si bien tanto los países del norte como los del sur de América fueron colonizados por europeos, el proceso no ocurrió de la misma forma.

Nuestro Martí se refirió al tema en múltiples ocasiones; pero quizás el texto donde con más claridad aborda el tema de las diferencias entre las dos Américas -la anglosajona y la que va desde el río Bravo hasta la Patagonia- es el discurso, conocido como “Madre América”, pronunciado en la velada artístico-literaria de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, el 13 de diciembre de 1889, a la que asistieron los delegados a la Conferencia Internacional Americana.

En el prólogo a sus Versos sencillos, Martí esclarece las circunstancias en que tuvo lugar aquella conferencia y su propio sentir: “Fue aquel invierno de angustia, en que por ignorancia, o por fe fan fanática,o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila terrible, los pueblos hispanoamericanos. ¿Cuál de nosotros ha olvidado aquel escudo, el escudo en que el águila de Monterrey y de Chapultepec, el águila de López y de Walker, apretaba en sus garras los pabellones todos de la América? Y la agonía en que viví, hasta que pude confirmar la cautela y el brío de nuestros pueblos; y el horror y vergüenza en que me tuvo el temor legítimo de que pudiéramos los cubanos, con manos parricidas, ayudar el plan insensato de apartar a Cuba, para bien único de un nuevo amo disimulado, de la patria que la reclama y en ella se completa, de la patria hispanoamericana […]”.1

En aquella velada, Martí comenzó refiriéndose a su propia emoción de cubano desterrado al reencontrarse con tantos americanos, a la vez que reiteraba la mención al “aire tétrico y plomizo animado como de sombras, sombras de águilas que echan a volar”.* También en algún momento de la parte introductoria de su discurso, el Apóstol se refiere a “la última estrofa del poema de 1810”, fecha que marca el inicio de la gesta libertaria en la América, tras cuya culminación el vastísimo imperio colonial español se redujo en el continente a dos islas: Cuba y Puerto Rico. Para continuar la metáfora martiana, la independencia de estos países sería el verso final del poema de 1810 -aún pendiente por el estado semicolonial de Puerto Rico.

Luego afirmó que “[…] por grande que esta tierra sea, y por ungida que esté para los hombres libres la América en que nació Lincoln, para nosotros, en el secreto de nuestro pecho, sin que nadie ose tachárnoslo ni nos lo pueda tener a mal, es más grande, porque es la nuestra y porque ha sido más infeliz, la América en que nació Juárez”.* Ahora se hace necesario precisar por qué nuestra América es “más grande” y “más infeliz”.

Aseveró Martí: “De lo más vehemente de la libertad nació en días apostólicos la América del Norte […] De todas partes, al ímpetu de la frente, saltaba hecho pedazos, en las naciones nacidas de la agrupación de pueblos pequeños, el yugo de la razón humana […] nacieron los derechos modernos de las comarcas pequeñas y autóctonas; que habían elaborado en el combatecontinuo su carácter libre […] Cargan mosquetes, para defender las siembras; el trigo que comen, lo aran […] con los árboles que derriba, levanta la escuela; viene el católico, perseguido por su fe, y funda un Estado donde no se puede perseguir por su fe a nadie […]lo que los barcos traen es gente de universidad y de letras […] traen arados, semillas, telares, arpas, salmos, libros. En la casa hecha por sus manos vivían, señores y siervos de sí propios […] La autoridad era de todos, y la daban a quien se la querían dar. Sus ediles elegían, y sus gobernadores. Si le pesaba al gobernador convocar el consejo, por sobre él lo convocaban los ‘hombres libres’”.*En esencia se refiere el Maestro a la fundación de hasta trece colonias inglesas en la costa este de lo que hoy es Estados Unidos, a la disposición de sus fundadores de trabajar para crear con sus manos y su sudor la prosperidad que anhelaban, y a su actuación de hombres libres. Se refiere de modo especial a las colonias del sur, donde imperó más tarde la esclavitud del negro y todo era “minué y bujías, y coro de negros”.
No obstante, como hombres libres, “[…] cuando el inglés, por dar la de amo, les impone un tributo que ellas no se quieren imponer, el guante que le echaron al rostro las colonias fue el que el inglés mismo había puesto en sus manos”.*

Y cuando estalló la guerra de independencia de las Trece Colonias, lo más progresista del mundo estuvo junto a ellos. Allí combatieron el venezolano Francisco de Miranda, el Precursor; El prusiano Augustus von Steuben y los franceses François Joseph Paul, conde de Grasse; Jean Baptiste de Vimeur, conde de Rochambeau y Marie-Joseph Paul Yves Roch Gilbert Du Motier, marqués de Lafayette -después Francia lês regalaria la -estatua de laLibertad-, solo por citar algunos ejemplos cimeros. Incluso,lãs habaneras vendieron sus joyas y donaron el dinero a la independencia de esa nación. Por eso, en su discurso, Martí afirmó: “El pueblo que luego había de negarse a ayudar, acepta ayuda”.*
Sin embargo, concluye Martí con soberbia metáfora: “Del arado nació la América del Norte y la Española del perro de presa”,*frase que establece con meridiana claridad la diferencia; aunque hay mucho más.

Se refiere el Apóstol a “la soldadesca sobrante, criada con el vino crudo y el odio a los herejes” que “se echó, de coraza y arcabuz, sobre el indio de peto de algodón”, idea que resume el bárbaro genocidio cometido por los conquistadores españoles en nuestras tierras. También caracteriza la baja estatura moral de los conquistadores españoles -caballeros de media loriga, segundones desheredados, alféreces rebeldes, licenciados y clérigos hambrones-. A diferencia de los ingleses, que traían “arados, semillas, telares, arpas, salmos, libros”, los hispanos llegan con “culebrinas, rodelas, picas, quijotes, capacetes, espaldares, yelmos, perros. Ponen la espada a los cuatro vientos, declaran la tierra del rey, y entran a saco en los templos de oro”.*Con ejemplos bien concretos habla Martí de cómo destruyeron, traicionaron, violaron; pero, además, se aprovecharon de la desunión interna, lección que una vez más recuerda nuestro Héroe Nacional: “Por entre las divisiones y celos de la gente india adelanta en América el conquistador; por entre aztecas y tlascaltecas llega Cortés a la canoa de Cuauhtémoc; por entre quichés y zutujiles vence Alvarado en Guatemala; por entre tunjas y bogotáes adelanta Quesada en Colombia; por entre los de Atahualpa y los de Huáscar pasa Pizarro en el Perú”.*
Para colmo de barbarie, “[…] en el pecho del último indio valeroso clavan, a la luz de los templos incendiados, el estandarte rojo del Santo Oficio”,* institución que cometió en Europa -recuérdese a Giordano Bruno, a Galileo…- y en América crímenes espantosos.

Y continúa Martí su diferenciación de las dos Américas: mientras los colonizadores ingleses apostaron por el fruto de su trabajo, los españoles vivieron del trabajo de los aborígenes hasta casi lograr su exterminio en Cuba o su total dominación en las tierras continentales, tras lo cual necesitaron de los esclavos africanos para seguir viviendo del trabajo ajeno: “Lo que come el encomendero, el indio lo trabaja; como flores que se quedan sin aroma, caen muertos los indios; con los indios que mueren se ciegan las minas”.*

De igual modo, mientras los colonos ingleses “Sus ediles elegían, y sus gobernadores”, en el caso del imperio colonial hispano “De España nombran el virrey, el regente, el cabildo”; mientras para los ingleses las escuelas -aun con las limitaciones de esos tiempos- eran importantes, en el caso de los españoles, “Los hijos que nacen, aprenden a leer en carteles de toros y en décimas de salteadores”.*

Por eso, “El primer criollo que le nace al español, el hijo de la Malinche, fue un rebelde”:¡no podía ser de otra manera!

Con exaltada admiración narra Martí cómo, luego de tanta miseria y abuso, la libertad estalla: “¿Qué sucede de pronto, que el mundo se para a oír, a maravillarse, a venerar? ¡De debajo de la capucha de Torquemada sale, ensangrentado y acero en mano, el continente redimido! Libres se declaran los pueblos todos de América a la vez. Surge Bolívar, con su cohorte de astros. Los volcanes, sacudiendo los flancos con estruendo, lo aclaman y publican. ¡A caballo, la América entera!Y resuenan en la noche, con todas las estrellas encendidas, por llanos y por montes, los cascos redentores […] se ve a San Martín, allá sobre la nieve, cresta del monte y corona de la revolución, que va, envuelto en su capa de batalla, cruzando los Andes. ¿Adónde va la América, y quién la junta y guía? Sola, y como un solo pueblo, se levanta. Sola pelea. Vencerá, sola”.*A partir de entonces, cambió nuestra historia. No fue la “definitiva independencia”, a la que también se referiría Martí; pero sí un paso de avance en la historia de nuestras tierras.

El Apóstol se refiere al carácter creador de nuestros pueblos: “Las picas de Alvarado, las hemos echado abajo con nuestros ferrocarriles. En las plazas donde se quemaba a los herejes, hemos levantado bibliotecas. Tantas escuelas tenemos como familiares del Santo Oficio tuvimos antes. Lo que no hemos hecho, es porque no hemos tenido tiempo para hacerlo, por andar ocupados en arrancarnos de la sangre las impurezas que nos legaron nuestros padres”.*

Como si hablara hoy, afirma nuestro Héroe Nacional: “Por entre las razas heladas y las ruinas de los conventos y los caballos de los bárbaros se ha abierto paso el americano nuevo, y convida a la juventud del mundo a que levante en sus campos la tienda […] Todo lo vence, y clava cada día su pabellón más alto, nuestra América capaz e infatigable […] De aquella América enconada y turbia, que brotó con las espinas en la frente y las palabras como lava, saliendo, junto con la sangre del pecho, por la mordaza mal rota, hemos venido, a pujo de brazo, a nuestra América de hoy, heroica y trabajadora a la vez, y franca y vigilante”.*Y nos recuerda: “¡Sólo perdura, y es para bien, la riqueza que se crea, y la libertad que se conquista, con las propias manos!”,* frase de extraordinaria vigencia, lección que debemos aprender porque nada nos será regalado: solo nuestro trabajo y nuestro combate garantizarán el futuro de este pueblo.

Una vez más destaca los motivos que tenemos para amar y defender nuestras tierras sufridas, para sentirnos orgullosos de nuestra historia: “Por eso vivimos aquí, orgullosos de nuestra América, para servirla y honrarla. No vivimos, no, como siervos futuros ni como aldeanos deslumbrados, sino con la determinación y la capacidad de contribuira que se la estime por sus méritos, y se la respete por sus sacrificios; porque las mismas guerras que de pura ignorancia le echan en cara los que no la conocen, son el timbre de honor de nuestros pueblos, que no han vacilado en acelerar con el abono de su sangre el camino del progreso,y pueden ostentar en la frente sus guerras como una corona”.

Quizás el presidente Obama debió haber leído un poco más a Martí, en particular este discurso pronunciado justamente en Washington, en uno de los momentos en que las apetencias imperiales se desataban y Estados Unidos intentaba convertir a la América hispana en su patio trasero. Sí, quizás Obama debió profundizar en este texto; pero también debiera leerlo y analizarlo cada cubano.

Notas
1 José Martí: Prólogo, Versos sencillos, en Obras completas, Centro de Estudios Martianos, colección digital,La Habana, 2007, p. 143.
* Todas las citas marcadas con este símbolo han sido tomadas del discurso pronunciado en la Sociedad Literaria Hispanoamericana, el 13 de diciembre de 1889, en ob. cit., pp. 131-140.