Girón/55: La Historia cambió en 66 horas

Fidel en Girón
Fidel en Girón

Luis Báez Hernández, quien en abril de 1961 trabajada para el diario Revolución, fue el primer periodista en llegar a Girón, tras el desembarco de los mercenarios. Y él estuvo todo el tiempo junto a Fidel. Su relato de lo ocurrido es, por eso, muy valioso.

 Por Luis Báez

Finales de marzo de 1961. Fidel Castro realiza uno de sus habituales periplos por los planes en construcción que lleva adelante el Gobierno Revolucionario. En esta ocasión es por la Ciénaga de Zapata donde se han edificado centros turísticos en la zona de Girón, Playa Larga y la Laguna del Tesoro. Voy junto a él.

En Girón está casi terminada la pista de aterrizaje, además de la carretera que une a la playa con el poblado de Jagüey Grande. Hay una claridad inusual en el cielo de la madrugada costera, a una hora —aproximadamente la 1:30— Fidel se detiene cerca de la orilla. Mientras contempla el horizonte, comenta:

“Este es el lugar ideal para desembarcar” y seguidamente exclamó: “¡Va y estos h de p… se lanzan por aquí…!”

Pensando en voz alta agregó: “Vamos a instalar una ametralladora calibre 50 en el tanque de agua —se encontraba ubicado a una considerable altura— y otra frente a la pista de aviación”. Habló de situar cuatro bocas y un batallón de infantería.

Estos refuerzos igualmente los mandó a colocar en Playa Larga. Pero los acontecimientos se precipitaron. No hay tiempo para cumplir las órdenes. Las armas y los hombres no se llegaron a emplazar.

MOVILIZACIÓN

Escuela de Cadetes de Managua. 2:40 a.m. del lunes 17 de abril. El director del Centro de Estudios, capitán José Ramón Fernández, duerme. Es despertado por una llamada del Comandante en Jefe Fidel Castro:

“Se acaba de producir un desembarco mercenario por la Ciénaga de Zapata”, y a su vez le ordena:

“Debes movilizar el Batallón de la Escuela de Responsables de Milicias que está en Matanzas y trasladarte enseguida al central Australia”.

—Comprendido, compañero Comandante en Jefe —responde Fernández.

Ésta es una de las órdenes iniciales emitidas por el líder de la Revolución, que desde el primer instante comenzó a dirigir las operaciones para derrotar a los invasores.

También instruyó al comandante Raúl Curbelo, ministro de Comunicaciones, de que debía trasladarse a la base aérea de San Antonio de los Baños, asumir la dirección de ésta y antes del amanecer hacer volar hacia Girón los pocos aviones de que disponían.

El objetivo: atacar a los buques de la armada invasora.

El Batallón de la Escuela de Responsables de Milicias se encontraba organizado en seis compañías de infantería y una batería de morteros de 82 mm.

Ya en la ciudad de Matanzas, Fernández conversó con Fidel.

El Comandante en Jefe le comunicó que se había localizado a los invasores y que se dirigiera a Jovellanos. Al llegar vuelve a hablar telefónicamente con el líder de la Revolución quien lo actualiza de las últimas informaciones que tenía del enemigo. Y siguió rumbo a Jagüey Grande.

PUESTO DE MANDO

A las 6:00 a.m., Fernández estableció el Puesto de Mando en las oficinas del central Australia y comenzó a poner en ejecución las órdenes del Comandante en Jefe; mientras mujeres y hombres del pueblo se congregaban frente al local pidiendo armas.

En los alrededores se acentuaba la atmósfera de combate. Milicianos que van y vienen; órdenes, instrucciones y a lo lejos se alcanzaba a escuchar los fogonazos de la contienda. Las noticias que procedían del frente agregaban una tensión en la que alcanzo a percibir que no existe el miedo, pero sí la desorganización.

Llegué hasta el Australia manejando mi propio auto desde La Habana. Cuando Fernández divisó aquel Chevrolet del 58 levantando sendas columnas de polvo se dirigió hacia mí, y sin darme tiempo a decir una palabra me increpó: “¿Y tú qué haces aquí?”.

Me presento ante él como corresponsal del diario Revolución y de la revista Bohemia, que venía a cubrir los sucesos. Me dijo que podía ir donde quisiera, pero con cuidado. Abrí así el camino al grupo de periodistas, fotógrafos y camarógrafos que arribarían más tarde.

Entre mis primeros apuntes recojo que, a medida que pasan los minutos, son más y más los hombres y mujeres que se presentan voluntariamente para incorporarse a los combates.

Fernández impartió la orden de dispersar vehículos y personal hacia lugares no visibles para la aviación enemiga.

Con los únicos medios de que se disponía en aquel instante en el Australia —9:00 a.m.— se organizó una patrulla con todos los hombres armados que había: siete en total. Al frente se situó al administrador del central con la orden de trasladarse a dos cooperativas cercanas. Corría el rumor de que en esa zona habían caído paracaidistas.

Los minutos se viven intensamente. Es muy temprano aún cuando Fernández hizo un recorrido y ordenó bloquear con vehículos y obstáculos una pista cercana. En el camino se tropezó con el capitán Manuel Cordero Reyes, jefe del batallón 339 de Cienfuegos. Estos combatientes se encontraban desde fecha reciente en la zona, casi todos, en los alrededores del central Australia. Al tener conocimiento del desembarco, el capitán había ido a enfrentarlos con los pocos hombres con que contaba. Llevaban armas ligeras de infantería, fusiles M-52 y metralletas, pero habían sido rechazados por los mercenarios.

Fidel llega al escenario de la batalla
Fidel llega al escenario de la batalla

En el puesto de mando se presentó el capitán Conrado Benítez Lores al frente de un batallón de Colón, Calimete y otras poblaciones aledañas. Fernández le ordenó trasladarse al frente, y que desalojara a un grupo que, según comentarios que habían llegado, estaba atrincherado en la boca de la Laguna del Tesoro. Inmediatamente después debía apoderarse y fortificar Pálpite y Soplillar.

El batallón logró avanzar y sobrepasar la boca de la Laguna, pero no pudo desalojar al enemigo de Pálpite.

Posteriormente llegó el batallón 227 de Unión de Reyes, al mando del capitán Orlando Pérez Díaz a quien se le orientó avanzar y reforzar al capitán Benítez.

Poco después de las 9:30 a.m. hizo su entrada en la zona del Australia el batallón de la Escuela de Responsables de Milicias.

Fernández explicó la importancia de tomar Pálpite y a la segunda compañía, al mando del teniente Roberto Concedo León, ordenó que desde Pálpite avanzara hacia Soplillar, desalojar al enemigo y obstaculizar una pista existente en el lugar, y la defendiera contra el posible descenso de paracaidistas.

Una arenga enérgica y optimista se escuchó en la voz del jefe del puesto de mando. Exactamente a las 12:11 p.m. se informaba que la misión había sido cumplida.

Desde horas tempranas, Fidel había dado la orden de ocupar esas localidades con el objetivo de mantener una cabeza de playa dentro de la Ciénaga. Con esta victoria, se aseguraba la posibilidad de rápidas operaciones contra el invasor.

ATACAR PLAYA LARGA

“Parece que van a traer un cadáver —exclama alguien en los terrenos del Australia”. Minutos más tarde pasan a nuestro lado en una camilla el cuerpo de un paracaidista. Está muerto y todavía tiene el paracaídas ajustado a su cuerpo. Lleva el rostro tiznado de negro. En su placa de identificación decía llamarse Koch.

Vestía uniforme de sapo, como les decían los combatientes a los que se camuflaban con distintos tonos de verde.

“Éste es un mercenario que cazamos con la metralleta”, me comenta uno de los milicianos.

En horas del mediodía se recibe la orden de Fidel de que el batallón de la Escuela de Responsables ataque Playa Larga. Se sabía que era una operación delicada, por carecer de artillería, tanques y armas antiaéreas y protección de aviación, lo cual era fundamental para expulsar a los invasores de sus reductos.

Alrededor de la 1:00 p.m. comienza el ataque, aunque la aviación enemiga se mantiene incesantemente sobre el batallón sin permitirle, no obstante su valerosa conducta y esfuerzos, llegar a establecer contacto inmediato contra las posiciones enemigas en Playa Larga.

AJUSTAR EL FUEGO

bahia de cochinos 2 A las 4:30 p.m. de alguna parte surge Fidel. Lo acompañan Augusto Martínez Sánchez y Flavio Bravo. También Osmany Cienfuegos, quien viene de la capital cargado de mapas. En unión de Fernández, pasan a un despacho improvisado donde se encuentran los mapas de operaciones.

—En horas de la noche llegarán tanques y artillería de campaña —informa Fidel.

En esos instantes hace su entrada en el Australia la artillería antiaérea con el capitán José Álvarez Bravo al frente. Fidel se mueve de un lado a otro. A grandes pasos y tocándose la barba, imparte instrucciones.

—Augusto, quédate aquí en el Australia.

—Fernández, trasládate a Pálpite y establece allí el puesto de mando. Hay que lanzar un ataque a la medianoche, para lo cual contaremos con tanques, artillería y baterías antiaéreas.

Jesús Álvarez, un muchachito del batallón 339, cuenta a un grupo lo que le ocurrió en horas de la tarde:

“Me batí cuerpo a cuerpo con un paracaidista que me habló en español. ¿Saben lo que me dijo?: ‘No me mates, por tu madre.’ ‘Mi madre —contesté—, está sufriendo por culpa tuya’, pero no lo maté.”

Poco después de las 8:00 p.m. comienzan a arribar los tanques a Pálpite. También llega Fidel.

Esta era una posición que había sido ganada y batida por la aviación, los morteros y cañones enemigos. Minutos más tarde hacen acto de presencia la columna especial de combate No. 1 del Ejército Rebelde, encabezada por el comandante Harold Ferrer, y una compañía de bazucas.

Fernández ordenó que comenzaran a ajustar el fuego sobre las posiciones enemigas, con el objetivo posterior de realizar un barraje preparatorio para el ataque. Los primeros en tirar serían los cañones de 85 mm, y poco después lo harían los 122 y morteros 120.

Fidel, sin dejar de caminar, da instrucciones precisas:

—Bueno, mañana martes tiene que estar tomada Playa Larga.

El Comandante en Jefe va a montar en un jeep cuando se avisa de la presencia de un avión enemigo.

—¡Que apaguen las luces! —ordena.

Pronto surcan el cielo las balas trazadoras de nuestras antiaéreas. Las cuatro bocas vomitan tanto fuego que las naves enemigas desaparecen. En esos instantes aparece el comandante Luis Borges Alducín.

—Quédate por ahí y avísame cuando salgan los tanques —le dice Fidel.

Apenas comenzó a ajustarse el fuego de artillería, el enemigo replica con el fuego de contrabatería, con cañones de tanques, cañones sin retroceso.

Uno de los proyectiles causa cuatro bajas entre los compañeros que accionan una ametralladora cuádruple.

Después de varias correcciones, se ordena que las piezas de todas las baterías hagan fuego, durante diez minutos, a la máxima velocidad sobre las posiciones enemigas.

El grupo se encuentra cerca del criadero de cocodrilos, la claridad natural del cielo llama la atención. ¡Nunca se habían visto tantas estrellas! De repente se escucha la voz del líder de la Revolución.

—Es necesario meter fuerzas por Cayo Ramona para cortarles el paso por dentro de la laguna. El batallón 111 es el que debe ir.

Regresa Borges y da cuenta de que ya los tanques están en marcha.

—¿A quién tú crees que podamos mandar al frente de esa tropa? —pregunta Fidel y sin esperar respuesta se dirige a Borges.

—¿Tú crees, dentista, que puedas ir?

—Sí —es la contestación breve y decidida.

—¿Y tú, Maciques (Abraham), no te encuentras muy cansado para servirle de guía?

—No —es la otra respuesta.

Mientras tanto, el combate se hacía cada vez más violento. Desde el puesto de mando se ven claramente las trazadoras calibre 50, los morteros y armas de pequeño calibre que disparaban sin cesar. El ataque sobre las posiciones enemigas se mantiene aproximadamente una hora.

LA DESBANDADA

En las primeras horas de la mañana del día 18, se le ordena al batallón de la Escuela de Responsables de Milicias y a la Columna 1 del Ejército Rebelde, retirarse y reorganizarse en el Australia, pues se iban a introducir tropas frescas acabadas de llegar a la zona de operaciones.

Al amanecer habían arribado los batallones de milicias 180 y 144. Se dispuso que el 144, a las órdenes del teniente Leonel Zamora Rodríguez, se moviera a toda velocidad por Soplillar, hacia Caleta del Rosario y que allí consolidase posiciones para enfrentar al enemigo, tanto por Playa Larga, como por Playa Girón, y cortar así en dos el territorio.

Al 180, al mando del teniente Jacinto Vázquez de la Garza, se le instruye que avance con los tanques por la carretera Pálpite-Playa Larga y tome esta última en cooperación con una fuerza que, al mando del teniente Palacios, rodearía al enemigo desde Buenaventura.

Alrededor de las 8:00 a.m., cuando las tropas comenzaban a moverse contra las posiciones enemigas, aparece un grupo de civiles que vienen de Playa Larga y portan una bandera blanca. Informan que, ante la presencia de las fuerzas revolucionarias, el enemigo abandonó la posición. El teniente Vázquez de la Garza regresa a Pálpite para comunicarle a Fernández lo que acaba de conocer.

Ante la posibilidad de que algunos mercenarios quisieran rendirse o que se tratara de una estratagema, se ordena que se tomen las medidas oportunas. Al llegar al lugar se descubre que los invasores habían abandonado Playa Larga.

Por la carretera, en camiones, vienen cerca de cien familias con paquetes atados a los hombros. La evacuación recuerda estampas de los documentales de otras guerras. Han sido prisioneros de los mercenarios.

—Se están rindiendo —dicen—. Van hacia el mar.

Un barco semihundido se ve a lo lejos. Playa Larga se convierte en pocas horas en un bastión inexpugnable, fuertemente artillado y con una guarnición poderosa y entusiasta, lista para entrar en combate.

Por indicaciones de Fidel, el capitán Fernández traslada hacia aquí el centro de operaciones. Comienza el asalto final a Playa Girón.

A NUEVE KILÓMETROS

Al puesto de mando llega el comandante Efigenio Ameijeiras, quien conversa con el capitán Fernández sobre la situación.

A las 3:15 p.m. se da la orden de avanzar sobre Girón. A unos 23 kilómetros de Playa Larga, la aviación enemiga ataca la columna de vehículos.

Un miliciano con una herida en el estómago y con quemaduras debido al ataque aéreo es conducido a Playa Larga para prestarle los primeros auxilios. A pesar de su estado delicado no cesa de repetir “Patria o Muerte”. Es estremecedor.

La carretera queda obstaculizada con los vehículos destruidos. Cuando logran apartar los carros quemados, se continúa el avance sobre el enemigo.

En horas de la noche se incorpora el Batallón de la Policía Nacional Revolucionaria que escribiría una de las páginas más brillantes en el enfrentamiento a los invasores.

Al oscurecer, las tropas se encuentran a nueve kilómetros de Playa Girón.

El hoy general de división Samuel Rodiles era entonces el segundo jefe del Batallón de la Policía. El 15 de abril, el Comandante en Jefe lo manda a buscar al Punto Uno, junto con Efigenio.

Les da instrucciones de garantizar el orden y neutralizar junto con la Seguridad a los elementos contrarrevolucionarios, si se producía una invasión.

El general de división recuerda:

“El día 18, muy temprano, Fidel nos mandó a buscar nuevamente. Le explicó a Efigenio que el Batallón de la Policía tenía que ir hacia la zona de operaciones con la misión de impedir que los mercenarios, que estaban en Girón, fueran de refuerzo a Playa Larga y los que estaban en Playa Larga no se pudieran retirar para Girón.

“Nos planteó que de esa manera el enemigo se sentiría dividido e inseguro porque al tener la fuerza revolucionaria en su retaguardia, eso lo iba a desconcertar e impediría la cooperación entre ellos.

“Efigenio nos dio la orden de dejar el armamento pesado y llevar subametralladoras y fusiles. Rápidamente se organizó el batallón y se envió delante la compañía ligera de combate dividida en dos al mando de los capitanes Luis Artemio Carbo y José Sandino, respectivamente. La de bazucas se nos incorporó en Jovellanos”.

Los recibe Efigenio, quien les informa que Playa Larga está ganada y que la misión ha cambiado. Rodiles debe hacer contacto con el Capitán Fernández para recibir las instrucciones.

“Al llegar a Playa Larga, Fernández ordena avanzar rumbo a Girón. En primer lugar irán los tanques, detrás una unidad del Ejército Rebelde, seguida de nosotros.

“Pasamos la noche en Punta Perdices. Antes del amanecer, Efigenio me nombró Jefe del Batallón y me impartió instrucciones de que avanzara. Quedó Marcelino Sánchez, como segundo jefe. Empezamos a movernos.”

Aproximadamente a las 4:00 a.m. del día 19, se ordenó iniciar el fuego y comenzar el despliegue para el combate. En esta operación se llegó a casi un kilómetro de Girón, donde había una fuerte oposición de defensa por parte de los invasores que contaban con cañones sin retroceso, tanques, ametralladoras pesadas e infantería.

Las posiciones de la artillería se situaron a cuatro kilómetros de Girón: cuatro baterías de obuses 122, una de morteros 120 y una de cañones 85. Los resultados fueron efectivos, y después de que los invasores son neutralizados se ocupan numerosas armas pesadas. Algunos de los capturados se interesaban en conocer el procedimiento que se había utilizado para ajustar el fuego de tal modo que éste les cayera encima continuamente.

Alrededor de la 1:00 p.m. el volumen de metralla de los morteros mercenarios disminuyó ostensiblemente. Se comienza a preparar un nuevo ataque con la intención de asaltar las posiciones.

Esto acontecía en un sector de las operaciones. Por la carretera de Covadonga-Girón se encontraban tropas dirigidas por los comandantes Filiberto Olivera, Pedro Miret, Félix Duque y el capitán Emilio Aragonés. Desde Yaguaramas-Girón avanzan fuerzas a las órdenes del comandante René de los Santos y el capitán Víctor Dreke; por el camino paralelo a la costa marchan el comandante Raúl Menéndez Tomassevich y el capitán Orlando Pupo, entre otros, que también desempeñan una labor importante en la derrota de los invasores.

FIDEL EN GIRÓN

El Jefe de la Revolución llega a Girón. Viene en un tanque. Como la artillería sigue cañoneando, manda a decirle a Miret que deje de tirar.

Fidel imparte órdenes y redacta el parte donde anuncia al mundo la victoria sobre la invasión mercenaria.

“Después se dirigió al muelle, desde donde se veían dos barcos a cierta distancia —precisa Rodiles—. Fidel empezó a encender y a apagar las luces de una linterna. Me quedé pensativo y me dije: “Usted verá…”

“Le pregunté por qué hacía eso y me contestó: “Para ver si se equivocan, creen que son los mercenarios, los vienen a rescatar y le caemos a cañonazos”.

El Ejército Rebelde y la Milicia liquidaron la invasión. Se capturaron 1 200 prisioneros. La historia de América Latina cambió en 66 horas.

NO SE PUEDE DEMERITAR LA VICTORIA

Esa propia noche del 19 se hicieron algunos prisioneros y se emplea casi todo el tiempo en organizar la defensa de Girón contra posibles nuevos ataques.

Uno tras otro, aisladamente o en pequeños grupos, fueron capturados casi todos los invasores; muchos creen que van a ser fusilados de inmediato y piden favores. Otros no hacen más que llorar y repetir que los han embarcado.

En dos días se capturan unos 700 que se entregan, agotados por el hambre, la sed y sin escapatoria posible.

Comentamos lo que ha repetido el Jefe de la Revolución muchas veces: “En el exilio, los mercenarios de toda laya se unirán con la ayuda yanqui, con dinero yanqui y con armas yanquis para tratar de derrotar la Revolución”.

Aquí, son tratados correctamente por quienes los capturan.

Ningún prisionero es maltratado, ningún herido es dejado de asistir, a ningún hambriento o sediento se le niega el agua o el pan. En esto se es estrictamente respetuoso durante las operaciones, independientemente del carácter de las acciones del enemigo.

No quiere decir que no afloren las pasiones. En los instantes en que un número considerable de invasores es conducido hacia los sitios habilitados en Girón, algunos miembros del Ejército Rebelde y milicianos no se pueden contener y les dirigen algunos insultos a los detenidos.

La reacción de Fidel es inmediata. Indignado, manda a reunir a los combatientes. Se sube en una caja y desde allí se escucha a toda voz:

“…Co…, no los insulten; que no se puede demeritar la victoria.”

Fuente: Granma