¡Se pelea!

Se acerca el 24 de febrero, fecha en que comenzó la Guerra de Independencia organizada por el Apóstol y vale la pena recordar que, para llevar a cabo tan magna tarea, era necesario tener desarrollado un pensamiento militar estratégico, que aún algunos niegan al mayor general José Martí.

Ese pensamiento militar estaba sostenido por profundos análisis, no solo de la Guerra de los Diez Años y los errores que condujeron al Zanjón, la Guerra Chiquita, el Plan Gómez-Maceo y otros intentos insurreccionales aislados, sino que también se nutrió del estudio de las principales guerras de su tiempo o las que le antecedieron, como es el caso de las contiendas independentistas hispanoamericanas, la de las Trece Colonias norteamericanas y la Guerra de Secesión, así como la resistencia anamita contra el colonialismo francés, la lucha española contra la invasión napolónica y la Guerra franco-prusiana.

Todos estos acontecimientos bélicos conformaron un pensamiento en el cual estaba claramente definido que la guerra no era más que una vía “necesaria e inevitable” para alcanzar determinados fines sociopolíticos: en nuestro caso, la independencia de España y la construcción de una república “con todos y para el bien de todos”.
Cuando a finales de 1891, comprendió que había llegado el momento de la preparación de la guerra de independencia, Martí tenía ya definidos los objetivos que perseguía:

•    Lograr la unidad de todas las fuerzas revolucionarias en el empeño.

•    Evitar, por todos los medios, la anexión a Estados Unidos.

•    Impedir la expansión imperialista por nuestras tierras de América. La clara concepción de esos objetivos iba acompañada de un profundo ideario también muy bien definido, entre cuyos postulados sobresalen los siguientes:

•    La guerra, como procedimiento político, debe ser dirigida por un partido político; de ahí la creación del Partido Revolucionario Cubano (PRC) —principal aporte del pensamiento martiano a nuestras actuales concepciones.

•    La creación, el 14 de marzo de 1892, del periódico Patria, que en la práctica funcionaría como el órgano político del PRC; ello refleja el papel que Martí destinaba a la prensa.

•    La nueva guerra no sería más que una etapa de la iniciada en 1868 por Carlos Manuel de Céspedes, de ahí su continuo llamado a la unidad entre los veteranos de la Guerra Grande y “los pinos nuevos”.

•    La concepción de que “hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas”1 —tomada de su testamento político—, y que llevó a cabo pese al espionaje español y norteamericano que lo cercaba, adoptando las medidas necesarias para contrarrestarlo y simultaneando el secreto con el trabajo divulgativo de carácter patriótico, encaminado a mantener vivo el espíritu independentista.

•    La búsqueda de un levantamiento unánime, general y sorpresivo, que incluyera la región occidental del país —lo que le llevó a desautorizar toda expedición o alzamiento realizado cuando aún no estaban creadas las condiciones necesarias— y que se produjera simultáneamente con el arribo a Cuba de los tres principales líderes de la revolución —Gómez, Maceo y el propio Martí—; una guerra corta que no diera tiempo a España para concentrar en la Isla su superior poderío militar, ni a Estados Unidos para intervenir y sacar ventajas a su favor —como finalmente sucedió.

•    La convicción de que las expediciones deberían fundamentalmente llevar a Cuba el armamento necesario, pues el pueblo estaba deseoso de luchar; la guerra debería ser popular, nadie quedaría marginado ni excluido.

Dentro de las principales actividades de preparación de la guerra necesaria deben mencionarse el Plan de Fernandina —primera operación estratégica de esta contienda, cuyo fracaso, debido a una delación, no amilanó al Apóstol, quien a partir de este instante reveló su verdadera talla de estratega— y la firma del Manifiesto de Montecristi, dirigido al pueblo cubano y rubricado por Martí y Gómez el 25 de marzo de 1895, antes de su partida hacia Cuba.

Para hacer realidad su ambicioso plan, un arduo trabajo realizó el Apóstol durante estos años, esencialmente desde 1892, con el PRC y Patria como armas de lucha. En el segundo número del periódico, fechado el 19 de marzo de ese año, aparece un breve e interesante trabajo titulado “El arte de pelear”, cuya lectura recomiendo a todos los interesados, por su profundidad y vigencia.

Comienza el mencionado trabajo con una sentencia: “Se pelea cuando se dice la verdad”.* Para Martí, esa fue siempre una norma de vida: tajante fue con Máximo Gómez cuando consideró que este dirigía los planes insurreccionales “como un campamento” durante el llamado Plan Gómez-Maceo; tajante con el Titán, cuando consideró que este solicitaba para organizar su expedición rumbo a Cuba, iniciada ya la guerra, lo que no se le podía dar, porque no lo había —“El ejército está allá. La dirección puede ir en una uña”.2

De igual modo, defendía nuestro Héroe Nacional la necesidad de crear las condiciones mínimas necesarias, antes de lanzar los hombres a la lucha: “Se pelea cuando se organizan las fuerzas para la victoria. Se pelea cuando se demora el pelear hasta que los ejércitos están en condición de aspirar a vencer”.* Por eso, no dudó en escribir a Emilio Núñez, alzado en la manigua cubana durante la ya fracasada Guerra Chiquita: “Duro es decirlo y toda la hiel del alma se me sube á los labios al decirlo, pero si es necesario—estéril como es la lucha,— […] deponga V. las armas.—No las depone V. ante España—sino ante la fortuna. No se rinde V. al gobierno enemigo—sino a la suerte enemiga.—No deja V. de ser honrado:  siendo el último de los vencidos, será V. el primero entre los honrados”.3

También defendió —fue su principal batalla y aporte— la necesaria unidad de todos los cubanos: “Se pelea sobre todo, cuando los que han estado limpiando las armas y aprendiendo el paso en los ejercicios parciales e invisibles, en organizaciones aisladas y calladas, se ponen a la vez en pie, con un solo ánimo y un solo fin, cada uno con su estandarte y con su emblema, y todos, a la luz, en marcha que se sienta y que se vea, detrás de la bandera de la patria”.*

En cuanto al fracaso en la guerra, en fecha tan temprana de la preparación de la guerra, consideró, como Gómez, que “Se pierde una batalla con cada día que pasa en la inacción.

Se pierde una batalla cuando no se guía inmediatamente al ataque la fe que cuesta tanto levantar. Se pierde una batalla cuando los ejércitos, a la hora de concentrarse, se entretienen en el camino, y llegan tarde, y con las fuerzas desmayadas, al punto de concentración —como tantas veces ocurrió a las grandes formaciones hispanas—. Se pierde una batalla cuando en el momento que exige mano rápida y grandiosa en los jefes, y mucho brazo y mucho corazón para la arremetida, tarda en vérseles a los jefes la mano rápida, y se da tiempo a que se desordenen los corazones. Se pierde una batalla cuando, a la hora del genio y de la centella, se monta a caballo en el taburete de cuero, y se abre la ocasión al enemigo”.*

Como ya dije, vale la pena releer este breve texto martiano, interiorizarlo y valorar las ideas vigentes —a más de un siglo— para los cubanos de estos tiempos.

Notas
* Todas las citas marcadas con este signo han sido tomadas de José Martí: “El arte de pelear”, Patria, 19 de marzo de 1892, en Obras completas, t. 1, Centro de Estudios Martianos, Colección digital, La Habana, 2007, pp. 340-341
1 ________: Carta a Manuel Mercado del 18 de mayo de 1895, en Obras completas, t. 4, p. 168.
2 José Martí: Carta al general Antonio Maceo del 26 de marzo de 1895, en Obras completas, t. 4, p. 71
3 ________: Carta a Emilio Núñez del 13 de octubre de 1880, en Obras completas, t. 1, p. 163.