con-ver-2004Muchos podrán aportar nuevos calificativos al hombre que hoy ha pasado a la inmortalidad, no sólo del periodismo cubano. Incluso yo añadiría fraternal, servicial, atento, responsable, inquieto, solidario, perspicaz y alegre a esa gama de cualidades que hicieron de Ernesto Vera Méndez un ser a imitar.

Pero ahora, que el desenlace fatal lo aleja en lo físico y lo inserta más profundamente en nuestra memoria y corazón, me vienen a la mente episodios en los que dio lecciones, como siempre hizo sin proponérselo, de ser consecuente con principios, trayectoria y fe en la justeza de sus ideales.

Ya han pasado lustros desde que por su autoridad indiscutible me incorporé al primer curso de superación político-ideológica para periodistas. Lo sentía entonces referente indispensable de la profesión en la que aún yo era un bisoño sin conocerle como llegué a hacerlo pasado los años.

Sus luchas desde la etapa insurreccional, colofón entonces de sus inquietudes sociales, le ganaron respeto y prestigio que avalaron las numerosas misiones que asumió después de 1959 y de las que otros darán testimonio con mayor propiedad.

Me relaciono con Vera de forma directa y regular a partir de 1993, al integrar el equipo que asumió la dirección de su amada UPEC, la que había liderado durante más de dos décadas, ubicándola en un alto peldaño entre las organizaciones de periodistas progresistas, tanto a nivel regional como global.

Nos sentimos herederos de su incesante batallar en la representación y apoyo de los profesionales cubanos a cuanta causa justa existiera.

Sumó conocimientos, ejemplo y visión desde el Centro Regional en México, única trinchera que no arrió banderas de la otrora combativa Organización Internacional de Periodistas (OIP).

Luego, desde su Cuba entrañable, continuó el bregar como Presidente de Honor de la Federación Latinoamericana de Periodistas (Felap) que había ayudado a crear.

En esas lides compartí con él desde habitaciones de hoteles, escenarios diversos, reuniones, discusiones, hasta marchas y manifestaciones a las que jamás le zafó el cuerpo, aún cuando su estado de salud no fuera bueno.

Las anécdotas llenan mi ánimo y me percato que Vera seguirá vivo en los que tuvimos el honor de sentirlo compañero-maestro-tutor-consejero o simplemente colega.

Con sólo una de ellas se justifica el título de esta nota, una de las tantas que él merece:

Formábamos parte de una delegación multinacional de la Felap que visitaba una nación caribeña. El Senado de ese país decidió agasajarnos con un pergamino que reconocía méritos. Vera y yo los recibiríamos al unísono de manos de alguien que, despistado profundo, nos ensalzó como si fuéramos de otra geografía.

Yo le ridiculicé brevemente advirtiendo que éramos cubanos de Cuba, pero Ernesto, rojo de indignación –como sólo él sabía ponerse sin llegar al infarto- y con su verbo encendido, dio una charla magistral de los valores, historia y pueblo que representábamos, la cual arrancó ovación de legisladores e hizo que retiraran, abochornado, al que nos había confundido.

Vera mostraba así la dignidad, entereza y coraje que siempre lo caracterizó. Un ejemplo para estos y todos los tiempos.

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