Miro mi agenda y me da pena enseñarla. Está rota, aunque no es vieja; no tiene carátula, ni almanaque, ni referentes sobre las unidades de medida. Solo tiene páginas escritas por todos lados, algunas en blanco; otras dibujadas con flores, corazones, rostros desconocidos, garabatos. La caligrafía parece de otro planeta: apiñada, deformada, indescifrable incluso para mí. Pero ahí está lo que más amo, mis sueños, mis entrevistas, teléfonos de personas con las que solo he hablado una vez, nombres, lugares y direcciones. Todo está revuelto, mezclado.

Pienso en mi agenda mientras veo una conferencia de la psicóloga chilena Pilar Sordo, quien realizó un estudio sobre la diferencia entre el cerebro de hombres y mujeres. En el primer caso, el pensamiento está organizado por cajitas: en cada una se guarda un rol desde el cual los hombres nos perciben. Ellos, según la especialista, son más apegados a los objetivos, y nosotras las mujeres, a los procesos. Eso explica por qué cuando salía a algún lugar con mi esposo, él se desesperaba mientras yo observaba todas las vidrieras en el camino, cuando solo le preocupaba llegar al final.

Cuando escucho a Pilar Sordo, que no es periodista y probablemente no esté casada con uno, vienen a mi mente otras características inherentes al oficio periodístico, relacionadas con la propia ideología profesional, que luego –no se sabe cómo- nos marcan la vida para siempre. Bien lo describe el periodista santiaguero Reinaldo Cedeño, cuando en su blog La Isla y la Espina define que los de nuestro gremio somos especiales, pues se nos adjudican varios roles: “arreglador de problemas, cura, psicólogo”, en fin.

Estos elementos, y una conversación que tuvimos un grupo de mujeres –todas periodistas- ayer en la tarde, de la cual emergió la conclusión de que “los hombres no entienden a las mujeres periodistas”; me llevó a pensar en una capacidad intrínseca de nosotros para configurar el pensamiento. No lo digo porque compartamos una ideología, un código, o hayamos recibido las mismas asignaturas en la carrera, sino porque intuyo que esas características de las que hablaba la chilena en su investigación, se mezclan en mi mente con las que Cedeño describió, y entonces se arma un verdadero “arroz con mango”.

De hecho, esa amalgama de rutinas y pensamientos es la que nos hace ser personas altamente creativas, como han explicado recientemente algunos sitios que alguien tuvo la amabilidad de compartir conmigo en Facebook. Sin embargo, el hecho de ser más creativos nos hace propensos a padecer enfermedades nerviosas y psicológicas. Para colmo de males, han asociado al periodismo dolencias físicas derivadas de la cantidad de horas frente a la computadora u otros dispositivos que poco a poco dañan la vista, la columna, la cervical, el estómago y finalmente, nuestro pensamiento lógico.

Entonces, luego de tanta búsqueda para intentar enlazar nuestra esencia como hombres y mujeres, con las particularidades de la profesión, pensé en mi agenda; donde todo se cruza y se mezcla, donde alguien puede ver una vida complicada o simple –en dependencia de los dibujos extraños que haya-, donde se enlazan mis deseos de vivir el proceso y a la vez logar una buena crónica, que todos lean y disfruten.

Y siento que no hay forma más hermosa de pensarme que llegando a la entrevista a media tarde –a la hora justa en que los perros no miran a la gente y las guaguas no pasan-; corriendo para estar a tiempo, sudada, con mil preguntas que hacer y ninguna de ellas escrita; con el calor de Santiago golpéandome las entrañas.

El director de la Alianza Francesa me espera, sentado en su cómoda silla, en aquella oficina sobria con la temperatura del polo norte, con el deseo de terminar conmigo –porque ese es su objetivo-. En ese momento comienza mi proceso, me visto con todos los roles que acompañan a mi oficio, y saco la grabadora; después introduzco la mano el bolso y salta presurosa, rota, descuidada, mi agenda. Cae encima de su buró. Se despedaza. Las hojas escritas, garabateadas, con letra ilegible, se lanzan en la cara de aquel francés refinado, con un acento gracioso. Él se ríe y piensa en el objetivo: ¿Qué quiere saber usted, periodista? Yo, aun recogiendo los restos de mi vida que cayeron encima del espacio del hombre, disfruto el proceso de ser periodista, y pienso que Pilar Sordo podría hacer otro doctorado.

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Cultura e identidad no son descartables