Carmen y el fatalismo profesional

Ahí están mis suegros hablando otra vez del periodismo cubano. Que si los periodistas esto, que si los periodistas aquello, que si los medios no dicen lo que a la gente le interesa. Yo me mantengo alejada del asunto, escondida detrás de una pared para que nadie me vea, porque si no comienzan todos a preguntarme qué yo creo de todo eso, y realmente no quisiera comenzar una discusión tan compleja en la casa de los contrarios.

Eso me sucede a menudo: las personas se enteran de que soy periodista, y es como si hubiese dicho que yo soy la dueña de todos los medios del mundo, porque a esa hora todo el mundo opina, y hasta de las actuaciones de la novela cubana nos echan la culpa.

Cuando era estudiante, una compañera de aula que hoy trabaja en la televisión, me decía que eso siempre le molestaba. Yo llegué a pensar que aquello de que le estuvieran preguntando a uno por su profesión, extrapolándola todo el tiempo hacia otros modos de actuación que no nos competen, no era algo incómodo, salvo cuando esos comentarios llegaban a cuestionar la esencia de mi oficio, “el más bello del mundo”, según el Gabo.

Pero hoy pienso que hay personas más sufridas que los periodistas en ese sentido, y he tenido la dulce y fría venganza en mis manos. Si no, que me desmienta mi amiga Carmen, graduada de medicina y quien cursa actualmente la especialidad de Neurología en el hospital provincial. Ella fue mi amiga del pre, de la universidad, la que soportaba mis grandes peroratas sobre novios y chismes de adolescentes; la que pasaba horas enteras hablando conmigo de una película animada, de un cantante o de un libro. Mi mamá llegó a pensar que nosotras estábamos locas, pues conversábamos el día entero en la escuela y luego, cuando llegaba cada una a su casa, nos “prendíamos” del teléfono. Yo escuchaba “Carmencita…ya está la comida”, y supongo que ella oía a mi mamá haciendo un verdadero “acto de repudio” a mi conversación, que para ella era siempre la misma.

Sin embargo, fueron pasando los años, y ella se impregnó de la medicina. Cuando llegaba a su casa la veía siempre con la bata puesta. Ella no dormía, no comía, siempre estaba estudiando. Evidentemente tenía un novio que también iba a ser médico. Ya no hablábamos de animados y canciones…Ya no hablábamos de nada. Entonces, parece que por algún instinto oculto, comencé a comentarle mis dolencias, la mayor parte de ellas producto del estrés diario. Y Carmen me daba una consulta telefónica, aunque yo sentía por el tono de su voz que no lo disfrutaba. Imagino que luego de pasar el día entre enfermos en un hospital, no era agradable llegar a su casa y encontrarse a su otrora amiga contándole dolencias. Pero ¿qué culpa tengo yo de que la gente prefiera hablar de medicina que de periodismo? Sí, es cierto que opinar sobre la prensa es interesante y hasta divertido, pero el asunto de las enfermedades, los médicos y los hospitales resulta más llamativo.

Incluso, he pensado que eso no me ocurría con otras profesiones: mi otra amiga, graduada de derecho, nunca sintió la inclinación de hablar de divorcios y litigios de viviendas. Y no recuerdo haber conversado con mi amigo ingeniero en control automático sobre aparatos y circuitos eléctricos. Sin embargo, la medicina siempre es atrayente: ayer vino una amiga a invitarme a una acampada en Las Coloradas, Granma. Conversamos sobre el periodismo, la universidad, y finalmente caímos en el tema de las enfermedades: las mías, las de los vecinos, las de las personas en la calle.

Ya puedo salir de mi escondite. Tengo en mente la receta infalible contra los comentarios excesivos sobre mi profesión. Mi suegro me ve y pregunta qué pienso sobre el periodista fulano, que no dice como a él le gusta lo que él piensa que fulano debe decir. Lo interrumpo preguntando si ya vio en el periódico lo que publicaron sobre el dengue, las enfermedades diarreicas, y la gripe. Le pregunto qué piensa hacer él para que los mosquitos no nos sigan molestando, y si se lava las manos cuando llega de la calle. “La gripe esa es malísima, te coge y te pone en cama 15 días” –dice mi suegra-. Y el asunto de los medios de comunicación está cerrado.