op carlotaLa histórica Operación Carlota, cuyo aniversario 40 Angola y Cuba celebran por estos días, arrojó su primer fruto cuando en la noche del 11 de noviembre de 1975 el primer presidente de este país africano, el veterano luchador Agostinho Neto, proclamaba la independencia desde el balcón del palacio del desaparecido poder colonial portugués.


Las Fuerzas Armadas Populares de Liberación de Angola (FAPLA) con el decisivo concurso del contingente de instructores y combatientes cubanos, respondiendo a una previa solicitud de Neto al gobierno de Cuba, habían frenado en forma contundente la agresión del enemigo desde el norte casi a las puertas de la capital, mientras por el sur cerraban el paso a la invasión militar del régimen del apartheid surafricano.

Unos días después autoridades del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y del gobierno movilizaron a un primer grupo de periodistas, fotógrafos y camarógrafos para contribuir en el propio escenario de los acontecimientos al importante terreno de la batalla mediática frente a una hostil e infame campaña difamatoria y distorsionadora lanzada por influyentes medios de Estados Unidos y Europa occidental, interesados en frustrar la legitima independencia angoleña.

Fue así que en el mismo mes de noviembre, Granma, Juventud Rebelde, Bohemia, Prensa Latina y el Noticiero Nacional de Televisión tributaron a ese empeño con el envío de corresponsales especiales, que lo fueron de guerra, al seguir la marcha de los combates que se libraban para romper el cerco que se cernía en torno a la naciente República Popular de Angola y liberar por completo el territorio nacional desde Cabinda a Cunene.
Cubaperiodistas reproduce a continuación uno de los textos contenidos en el libro “Crónicas de la esperanza y la victoria”, del colega Hugo Rius Blein, uno de los corresponsales de guerra cubanos que escribieron desde el fragor del nacimiento y la defensa de la patria angoleña.

Luanda, otro 11

Por Hugo Rius Blein

El hotel Trópico se exhibe lujosamente, a la altura de sus 14 pisos, en la Avenida Luis de Camoes, una arteria de grandes edificios y mayor circulación que nació con el boom de los negocios de antaño. La suntuosidad y el ambiente de confort de sus interiores los cotizaba el huésped en gruesas monedas. Se hizo para inquilinos de affaires y turistas bien holgados, atraídos por Eldorado mineral angoleño, y una naturaleza explosiva propicia a la holganza “exótica” de cualquier millonario.

Aquí también estuvo alojada la flor y nata del FNLA, en los convulsos meses del gobierno transitorio. Ocuparon un piso entero, que solo pudo pagar alguien con inmensos recursos y enorme interés en que organización prosperara y se hiciera dueña del poder en Luanda.

Hace rato que dejaron los exquisitos aposentos. Eso fue en julio, cuando la lucha en la capital terminó para ellos, en una operación de fuga y sus llamadas “casas del pueblo” que contenían centros de terror y torturas volaron en pedazos.
Pero pensaron volver a disfrutarlos, otra vez con los gastos pagados. Solo que los invitados nada más llegaron hasta Caxito, a unos 30 kilómetros donde la artillería de las FAPLA los paralizó. Muchos de los mercenarios capturados dentro de los blindados venían en trajes de etiquetas y guardaban en sus bolsillos una invitación personal de Holden Roberto para una cena de gala en el hotel Trópico con una fecha fijada: el 11 de noviembre.

Ha pasado un mes de aquella frustrada cita para la que se suministró armamentos de todo tipo, se repartió dinero y se hicieron promesas de botín y francachelas. La escoria no llegó a Luanda: dejaron los huesos en el camino, soltaron la lengua vomitando revelaciones y promesas o, en el mejor de los casos, huyeron de estampida.

Ahora los que quedan vivos y libres están más lejos. Por el frente norte, replegados a 100 kilómetros de la capital las FAPLA alojadas en Libongo, en la ruta hacia Porto Ambriz. Al este, ni FNLA ni UNITA han osado otra vez aventurar anuncios de capturas. Al sur, la marcha a Luanda, quedó de momento paralizada a la altura de Novo Redondo.

Los luandeses han pasado progresivamente de la sensación de alivio a una actitud de confianza que experimentan no solo los convencidos militantes y entusiastas simpatizadores del MPLA. La vida transcurre aquí con serenidad, sin apenas sombras de la incertidumbre que reinó, sobre todo en las capas medias, unas semanas atrás. Algunos consumo de lujo han desaparecido necesariamente a causa de la guerra, pero ni mucho meses se ha sustituido por una austeridad de rigor.

Las industrias paralizadas en los peores momentos comienzan unas tras otras a funcionar de nuevo. En ellas y en las restantes, los comités de trabajadores, prácticamente sin experiencia, tratan de responder a la consigna del MPLA de “producir es resistir”.

El comercio vende lo que tiene y el que está cerrado por ausencia de propietarios ha sido respetado por el gobierno. Las salas cinematográficas continúan ofreciendo su habitual mercancía: cines del oeste y películas de terror y de sexo, si bien cada día la prensa matutina recoge opiniones críticas de ciudadanos que piden otro tipo de propuestas.

El éxodo de portugués, con contornos dramáticos que tanto presentó la prensa occidental, no se ve. Muchos de los recalcitrantes y confundidos regresaron, o desde el principio decidieron quedarse: algunos espantados por la oscura perspectiva económica que les ofrece Portugal; otros tal vez porque el gobierno ya les parece capaz y respetable. Aún el observador peor intencionado tendría que admitir en todo esto innegables signos de crédito.

Puede parecer prematuro juzgar a un gobierno que apenas lleva un mes instalado y que se enfrenta a innumerables problemas y dificultades de todo género, en medio de una guerra impuesta por enemigos poderosos. Pero en la manera responsable, serena y sin precipitaciones con que se abordan las diversas tareas, es dable medir sus capacidades.

De hecho todavía el gobierno se está organizando, y sin embargo no se ha alterado en lo fundamental la maquinaria administrativa existente. Los servicios básicos no conocen interrupciones de ningún tipo, ni siquiera en los hospitales de donde se fueron los empleados portugueses, ni tampoco las escuelas.

El primer ministro Lopo Do Nascimento ha reiterado que necesariamente las cuestiones militares continuarán ocupando la máxima prioridad, pero no por ello ha dejado de delinear el propósito de ir hacia la conversión de una “economía de guerra”, una “economía de resistencia” en una planificada.

Mientras tanto, se están preparando una serie de medidas, que al decir del propio mandatario, deberán producir profundas transformaciones en los sectores de la salud pública y la educación. Según pasan los días y la República Popular se va reafirmando internamente y haciendo cada día más inaccesible el paso de la tropelía injerencista en los distintos frentes de guerra, el reconocimiento externo gana terreno, especialmente en el seno de la Organización de la Unidad Africana (OUA).
La decisión adoptada en tal sentido por un país de tanto peso e influencia como Nigeria debe disminuir las vacilaciones ante una situación demasiado clara. Nada menos que en las probables vísperas de una reunión especial de la OUA para tratar sobre la situación de Angola.

Ha sido, sobre todo, un reconocimiento sin ambigüedades que define el caso como el de un país soberano agredido por África del Sur y otros poderosos intereses aliados que utilizan para sus fines al FNLA y UNITA. Se ha decidido después de una visita de cuatro días del primer ministro Do Nascimento, y en el curso de la cual, el presidente nigeriano Murtala Mohamed prometió que “haremos todo para que el MPLA asuma el control total de Angola”.

Otros jefes de estados africanos, aún sin reconocer al gobierno popular, han condenado la intervención sudafricana, lo cual implica una tácita repulsa a las facciones que hacen la guerra al MPLA.

Más recientemente la conferencia de ministros de comercio de la OUA admitió por primera vez, si bien en condición de observador, a un representante del gobierno angoleño en su cuarta reunión celebrada en Argel. La presencia del secretario de Estado para el comercio Benvindo Pitra, constituyó sin duda una señal significativa.

Síntoma también de cambios en la correlación de fuerzas es el eventual reemplazo por el enemigo, de la lucha frontal por el divisionismo interno, y ello no parece escapar al presidente Agostinho Neto, cuando en un discurso dirigido a los pioneros alertó contra los “saboteadores de la retaguardia”, contra los ambiciosos de poder e incluso contra “elementos infiltrados en las FAPLA”.

Ahora Luanda parece tranquila. De los días de violencia quedan desde luego las huellas de dolor y luto dejadas por las bandas del FNLA y UNITA. Son visibles en algunos edificios los impactos de las balas causados por la lucha en esta capital, al igual que los vehículos destrozados por los ultra colonialistas en un gesto propio de esa vieja escuela colonialista: tierra arrasada.
Pero a la vez perduran en las paredes de esta moderna ciudad los testimonios gráficos de la voluntad popular de apoyo al MPLA, en trazos irregulares, hechos a prisa por doquier.

Luanda va tomando una fisonomía más angoleña por el torrente humano que ahora circula por sus arterias. El habitante de los museques, las barriadas empobrecidas, discriminadas y periféricas que dejó el colonialismo deambula por las calles céntricas más dueño de su capital.

A menudo salen al encuentro algunos pioneros con sus uniformes de enmascaramiento y unas botas que les quedan grandes. Los jóvenes combatientes cuidan las guarniciones o están en el frente. Estos pequeños angoleños que ya quieren defender su patria, representan la mayor esperanza de Angola. También los vemos apresurados, pero sonrientes, atravesar las arcadas del Trópico, el lujoso hotel donde los mercenarios no pudieron cenar el 11 de noviembre.
Luanda, diciembre de 1975

 

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