Fotograma del documental "Valió la pena"

Del Libro “Angola, crónicas de la esperanza y la victoria”, de Hugo Rius, integrante del grupo inicial de periodistas cubanos en condiciones de corresponsales de guerra movilizados en aquel país como parte de la Operación Carlota, reproducimos un capítulo de la histórica amistad solidaria entre cubanos y angoleños.

 Los mejores goles de Dos Santos

Por Hugo Rius Blein

Nos conocimos en la Universidad de La Habana en los días de la Crisis de Octubre. Acababa de llegar a Cuba para estudiar agronomía, y en el trayecto, el barco donde viajaba junto a numerosos becarios africanos, fue objeto de provocaciones por navíos de guerra estadounidenses. Eso contó muy indignado por la felonía, de cómo trascurrió su vida hasta entonces y las circunstancias de su traslado a la Isla.

Antonio Dos Santos Francia nació en Luanda en 1939, en un hogar humilde. Desde pequeño sintió una afición apasionada por el fútbol, y demostró poseer condiciones notables para practicarlo. Es así que adolescente aún se lo disputa el famoso Club Recreativo de Angola.

El profesionalismo le tiende sus redes, mas no se deja atrapar. Acepta firmar con la semiprofesional Academia de Portugal, porque le ofrece la ventaja de estudiar en la Universidad de Coimbra, a lo que no podría ir de otro modo. Escoge la geología: Angola es un país inmensamente rico en minerales que algún día tendrían que ser explotados por su propio pueblo.

Pero la buena intención individual por sí sola no rinde (ya lo sabía de la práctica del fútbol), y en 1959 se adhiere al Movimiento para la Liberación de Angola (MPLA) para formar junto a otros estudiantes angoleños una célula clandestina de agitación y propaganda anticolonialista.

En 1961 estalla la lucha armada y sobre aquel grupo se desata una asfixiante represión. Algunos intentan escapar por la frontera y son detenidos.

Se organiza entonces, con éxito, una arriesgada operación de secuestro de una lancha. Con Antonio Dos Santos van 13 angoleños más –entre estos, quienes serían los heroicos comandantes “Gika” y “Matos”, caídos en la lucha contra la intervención extranjera- y tres mozambiqueños que se destacarían dentro de su propio movimiento de liberación, FRELIMO.

La frágil embarcación se somete a riesgosa prueba en un encrespado océano Atlántico: lo cual es preferible antes de caer en las garras del fascismo colonial. Dando tumbos logra tocar en puerto marroquí. Las organizaciones nacionales de las colonias portuguesas (ONCP) los ponen a salvo y le proporcionan a cada uno un destino. Dos Santos ira a estudiar a Cuba, por orientación del MPLA.

Ya en La Habana se integra con celeridad a la atmósfera estudiantil revolucionaria, tanto en las aulas como en su albergue de Malecón y 12, donde es hasta entonces el único becario angoleño. En dos ocasiones de peligro para Cuba se moviliza con el Batallón Universitario y cada año participa en la zafra azucarera como un cubano más.

Inevitablemente reaparece el futbolista. Primero en el equipo del alto centro de estudios donde es seleccionado en tres ocasiones el atleta más destacado del año. Luego será en Industriales y por último en la selección nacional, con actuaciones en los Juegos Centroamericanos de Puerto Rico en 1966, en los Panamericanos de Winnipeng en 1967, y en diversos topes del área del Caribe.

Al principio juega en la posición delantera; después pasa al centro que requiere de más coordinación, movilidad y gran dominio del campo. Se desempeña con esmero e inspiración y la afición lo convierte en favorito.

Pero un día deja un vacío deportivo, no porque haya terminado sus estudios de agronomía, sino porque llega la hora de incorporarse a la lucha armada de su pueblo. En 1968, Antonio Dos Santos se convierte en guerrillero.

El Frente Este será en lo adelante su nueva lid. Pronto pasa a ser instructor de los más bisoños combatientes y a medida que crecen las fuerzas armadas insurgentes y se ensanchan las zonas liberadas, va mereciendo, a fuego, sucesivas promociones: jefe de comando, jefe de columna, miembro del Estado Mayor…

Combates y escaramuzas se suceden casi a diario en una naturaleza de igual rebelde. Una humedad permanente que cala las entrañas; lluvias incesantes que desbordan los ríos de esa oriental provincia de Moxico, donde se requieren a veces unos 20 días para cruzar 100 hombres en canoa de una a otra orilla.

Desde el fuego bautismal que fue el prolongado y exitoso asedio al cuartel portugués de Lutembo en 1969, corren interminables los nombres de acciones guerrilleras: Linda, Cewsa, Chafinda… En ocasiones caen destacados jefes como “Spencer” o “Cueña”.

La lucha se libra también contra los elementos de Jonas Savimbi, cuya colaboración con el régimen colonial se descubre muy temprano. Helicópteros del colonialismo portugués transportan armas para el agente disfrazado de “guerrillero”, las cuales se utilizan contra el MPLA.

Más tarde la traición de Chipenda, siembre ebrio. La reciedumbre de los verdaderos militantes se pone a prueba frente a las maniobras de confusión y divisionismo. Y de esta forja sale Antonio Dos Santos, finalizando la primera guerra de liberación, como miembro del Comité Central del MPLA.

Solo regresa a Luanda en la antesala de la independencia para encargársele la formación de unidades para la defensa de la capital, amenazada por fuerzas intervencionistas.

Participa en los duros enfrentamientos de Quifangondo del 7 al 10 de noviembre y a partir de la toma de Caxito, en la arrolladora ofensiva de las Fuerzas Armadas Populares de Liberación de Angola (FAPLA), va desplazándose con sus tropas a Lumbongo, Ambriz, Toto y Ambrizete.

Allí en este último punto nos volvimos a encontrar al cabo de tantos años con quien es ahora el jefe del Estado Mayor de una unidad de infantería de las FAPLA.

Es sin embargo, pese a sus grandes responsabilidades, el mismo Antonio Dos Santos acogedor y franco, profundo admirador de la revolución cubana, quien evoca con entrañable cariño a nuestro pueblo. Se recuerdan las jornadas como futbolista. No sabe responder cual habría sido su mejor anotación.

Al verlo sudoroso, vestido con un verde olivo de comandante, en la última plaza arrebatada al enemigo imperialista, se obviaba cualquier respuesta. Dos Santos acabó de anotar sus mejores goles.

Enero de 1976

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