Eric Schmidt es una figura influyente, incluso considerando la procesión de personajes poderosos con los que me he tenido que cruzar desde que fundé WikiLeaks. A mediados de mayo 2011, yo estaba bajo arresto domiciliario en la zona rural de Norfolk, unas tres horas en auto al noreste de Londres. El ataque contra Wikileaks estaba en su fase más cruda y cada momento perdido parecía eterno. No era fácil obtener mi atención. Pero cuando mi colega Joseph Farrell me dijo que el presidente ejecutivo de Google quería reunirse conmigo, yo escuchaba.

En cierto modo, las altas jerarquías de Google me parecían más lejanas y oscuras que los pasillos de Washington. Para ese entonces, llevábamos años de cruces con altos funcionarios estadounidenses y podría decirse que se había perdido la mística. Sin embargo, los crecientes centros de poder en Silicon Valley mantenían un halo de misterio. De pronto fui consciente de la oportunidad que se me presentaba para comprender e influir en aquello que se estaba convirtiendo en la empresa más influyente del planeta. Schmidt había asumido el cargo de CEO de Google en 2001 y la había transformado en un imperio (1).

Me intrigaba que la montaña viniera a Mahoma. Pero no fue hasta mucho después de la visita de Schmidt y compañía que llegué a comprender quién me había visitado realmente.

El pretexto para la visita fue un libro. Schmidt lo estaba escribiendo junto con Jared Cohen, director de “Google Ideas”, un equipo que se describe a sí mismo como el “think/do tank” interno de Google [N, del T.: Think ‘do’ tank es un juego de palabras con think tank, que pone el acento en la realización práctica de las ideas, más que en el análisis teórico]. Yo sabía muy poco sobre Cohen en ese momento. De hecho, Cohen había pasado a Google directamente desde el Departamento de Estado en 2010. Locuaz representante de la “Generación Y” bajo dos administraciones, Cohen era un cortesano del mundo de los centros de estudio y “think tanks”, reclutado a los veinte años. Se convirtió en consejero senior de las Secretarias de Estado Condoleezza Rice y Hillary Clinton. Mientras estaba en el Departamento de Estado, en el equipo de Planificación de Políticas, Cohen fue rápidamente bautizado como “el animador de fiestas de Condi”, llevando las últimas buzzwords de Silicon Valley a los círculos políticos y produciendo sus propias alquimias retóricas como “Diplomacia 2.0” (2). En su página personal dentro del Consejo adjunto de Relaciones Exteriores enumeró sus áreas de especialización como “terrorismo, radicalización, impacto de las tecnologías de conexión en la política exterior del siglo XXI; Irán”(3).

Se dice que Cohen, mientras aún estaba en el Departamento de Estado, fue quien le envió un e-mail al CEO de Twitter, Jack Dorsey, para retrasar un mantenimiento programado con el fin de ayudar al abortado levantamiento de Irán durante 2009 (4). Su documentada historia de amor con Google comenzó ese mismo año, cuando se hizo amigo de Eric Schmidt mientras evaluaban conjuntamente la destrucción posterior a la ocupación de Bagdad. Apenas unos meses después, Schmidt recreaba el hábitat natural de Cohen dentro del propio Google mediante la organización de un “think/do tank” en Nueva York y el nombramiento de Cohen como su director. Así nació Google Ideas.

Más tarde, ese mismo año, ambos escribieron un artículo para la revista del Consejo de Relaciones Exteriores Foreign Affairs, alabando el potencial reformador de las tecnologías de Silicon Valley como instrumento de política exterior (5). Describiendo lo que llamaron “coaliciones de los conectados” (6), Schmidt y Cohen afirmaron:

Los Estados democráticos que han hecho coaliciones con sus militares tienen la capacidad de hacer lo mismo con sus tecnologías de conexión… Estas ofrecen una nueva forma de ejercer el deber de proteger a los ciudadanos de todo el mundo (7).

En el mismo artículo, sostenían que “esta tecnología es abrumadoramente provista por el sector privado”. Poco después en Túnez, luego en Egipto y luego en el resto de Oriente Medio estalló una revolución. Los ecos de estos eventos en los medios sociales online se convirtieron en un espectáculo para los usuarios de internet de Occidente. Los comentaristas profesionales, ansiosos por racionalizar levantamientos contra dictaduras respaldadas por Estados Unidos, las denominaron “las revoluciones de Twitter”. De repente, todo el mundo quería estar en el punto de intersección entre el poder global estadounidense y las redes sociales, y Schmidt y Cohen ya habían demarcado ese territorio. Con el título provisorio “El Imperio de la Mente” comenzaron a extender su artículo hasta llegar a la extensión de un libro, y buscaron encuentros con los grandes nombres de la tecnología y del poder global como parte de su investigación.

Ellos dijeron que querían hacerme una entrevista. Estuve de acuerdo. Fijamos una fecha para junio.

Para junio ya había mucho de qué hablar. Ese verano Wikileaks seguía resistiendo los ataques que recibía como consecuencia de la liberación de los cables diplomáticos estadounidenses, publicando miles de ellos cada semana. Cuando, siete meses antes, comenzamos a liberar la primera tanda de cables, Hillary Clinton denunciaba la publicación como “un ataque a la comunidad internacional” que “desgarraba el tejido” de confianza entre los gobiernos.

En medio de este clima, Google se proyectó ese junio, aterrizando en un aeropuerto de Londres y haciendo el largo viaje en coche por East Anglia, Norfolk y Beccles. Schmidt fue el primero en llegar junto con su compañera Lisa Shields. Cuando la presentó como vicepresidente del Consejo de Relaciones Exteriores -un think tank especializado en política exterior con estrechos lazos con el Departamento de Estado- comencé a prestarle un poco más de atención. Shields provenía directamente del mismísimo Camelot, después de haber sido promovida por el equipo de John Kennedy Jr. a principios de los ’90. Los tres nos sentamos e intercambiamos cortesías. Dijeron que habían olvidado su grabador, así que utilizamos el mío. Hicimos un trato: yo le enviaría la grabación y a cambio recibiría la transcripción para corregirla, dándole precisión y claridad. Comenzamos. Schmidt fue directamente al punto y de inmediato me interrogó sobre las bases organizativas y tecnológicas de WikiLeaks.

Poco tiempo después llegó Jared Cohen. Y con él, Scott Malcomson, presentado como el editor del libro. Tres meses después de la entrevista, Malcomson ingresaría al Departamento de Estado como redactor de discursos y asesor principal de Susan Rice (entonces embajadora de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, ahora asesora de seguridad nacional). Había trabajado previamente como asesor en las Naciones Unidas y era un antiguo miembro del Consejo de Relaciones Exteriores. Al momento de escribir este texto, Malcomson se desempeña como director de comunicaciones de la organización International Crisis Group (8).

En este punto, la composición de la delegación era: una parte Google, tres partes funcionarios de política exterior de los Estados Unidos, pero yo seguía sin enterarme. Tras los apretones de mano, comenzamos la entrevista.

Schmidt era un buen envoltorio: un avanzado cincuentón, bizco detrás de unas gafas de búho y sobriamente vestido. Sin embargo, el aspecto adusto de Schmidt ocultaba una “analiticidad” maquinal. Sus preguntas a menudo omitían el meollo de la cuestión, revelando una poderosa inteligencia no verbal estructural. Era el mismo intelecto que había abstraído los principios de ingeniería de software para hacer escalar a Google como una megacorporación, asegurando que la infraestructura de la empresa siempre cumpliera con una tasa de crecimiento. Era el tipo de persona que entiende cómo construir y mantener sistemas: sistemas de información y sistemas de personas. Mi mundo era nuevo para él pero también era un mundo para desplegar procesos humanos, escalas y flujos de información.

Para un hombre de inteligencia sistemática, el Schmidt político -al menos el que yo podía percibir desde nuestra conversación- era sorprendentemente convencional, incluso banal. Comprendió las relaciones estructurales con rapidez pero le costaba verbalizarlo, intercalando forzadamente términos de la jerga marketinera de Silicon Valley o del arcaico dialecto del Departamento de Estado (9). Su mejor momento era (tal vez sin darse cuenta) cuando hablaba como ingeniero, cuando acababa con las complejidades para analizar ortogonalmente sus componentes simples. Encontré en Cohen un buen oyente pero un menos interesante pensador, dominado por esa afectación que caracteriza habitualmente a los generalistas de carrera y becarios de Rhodes. Como era de esperar por sus antecedentes en política exterior, Cohen tenía gran conocimiento de los conflictos internacionales y sus puntos críticos y se movía rápidamente en ese contexto, detallando diferentes escenarios para evaluar mis afirmaciones. A veces parecía como si estuviese divagando por la ortodoxia académica para tratar de impresionar a sus antiguos compañeros de Washington. Malcomson, más viejo, era más pensativo, sus aportes eran meditados y generosos. Shields permaneció tranquila durante gran parte de la conversación, tomando notas, tolerando los grandes egos que estaban sentados alrededor de la mesa mientras ella se dedicaba al trabajo real.

Esperaban que siendo yo el entrevistado hablara la mayor parte del tiempo. Busqué orientarlos a través de mi manera de ver el mundo. Debo darles crédito, creo que la entrevista es la mejor que he dado. Estaba fuera de mi zona de confort y eso me gustó. Luego comimos y salimos un rato a caminar mientras seguíamos grabando. Aproveché para indagar a Eric Schmidt sobre pedidos gubernamentales de información dirigidos a WikiLeaks y se negó a contestar, repentinamente nervioso, citó la ilegalidad de la divulgación de las solicitudes realizadas por la Ley Patriota. Al caer la noche ya se habían ido. Mientras ellos volvían a sus lejanas y etéreas oficinas del imperio de la información, yo regresé a seguir con mi trabajo. Y así terminó todo, o eso creía yo. Dos meses más tarde, la liberación de cables del Departamento de Estado llevada a cabo por WikiLeaks tuvo un final abrupto. Durante nueve meses habíamos gestionado laboriosamente su publicación, asociándonos a más de un centenar de medios de todo el mundo, distribuyendo los documentos en sus regiones de influencia y supervisando un método de redacción y publicación sistemático y global, en un esfuerzo por conseguir el máximo impacto de nuestras fuentes.

Pero en un acto de negligencia grave, The Guardian -nuestro antiguo socio-, en el encabezado de un capítulo de un libro, publicó la contraseña secreta que permitía desencriptar la totalidad de los 251.000 cables, obligándonos a salir con rapidez para febrero de 2011 (10). A mediados de agosto habíamos descubierto que un ex empleado alemán -a quien yo había suspendido en 2010- se encontraba estableciendo lazos comerciales con una variedad de organizaciones y personas, negociando información acerca de la ubicación del archivo encriptado al cual correspondía la contraseña publicada en el libro. Teniendo en cuenta el ritmo al cual se diseminaba la información, estimamos que en un par de semanas la mayoría de las agencias de inteligencia, contratistas e intermediarios tendrían acceso a todos los cables pero el público no.

Entonces decidí que era necesario adelantar nuestro cronograma de publicación en cuatro meses y contactar al Departamento de Estado para dejar constancia de que los habíamos puesto al tanto. Esto ayudaría a hacer más difícil un nuevo ataque legal o político. Como no pudimos llegar a Louis Susman -el embajador de Estados Unidos en el Reino Unido en aquel momento- intentamos por la puerta principal. Nuestra editora de investigaciones, Sarah Harrison, llamó directamente a la recepción del Departamento de Estado e informó al operador que “Julian Assange” quería tener una conversación con Hillary Clinton. Como era de esperar, esta declaración fue recibida inicialmente con incredulidad burocrática. Pronto nos encontramos en una de las delirantes escenas de Dr. Strangelove, cuando Peter Sellers llama en frío a la Casa Blanca para advertir de una inminente guerra nuclear y lo dejan con el llamado en espera. Como en la película, fuimos subiendo en jerarquía, llamando a funcionarios cada vez de más alto rango, hasta que llegamos al asesor legal de Clinton. Dijo que nos devolvería la llamada. Colgamos y esperamos.

Cuando el teléfono sonó, media hora más tarde, no era nadie del Departamento de Estado quien estaba al otro lado de la línea. Llamaba Joseph Farrell, el miembro del staff de WikiLeaks que había oficiado de intermediario para la entrevista con Google. Acababa de recibir un email de Lisa Shields intentando confirmar si efectivamente era WikiLeaks quien estaba llamando al Departamento de Estado.

Fue en ese momento que me di cuenta de que Eric Schmidt podría no haber sido solamente un emisario de Google. Ya fuera en forma oficial o no, Schmidt llevaba cierto acompañante que lo colocaba muy cerca de Washington DC (además de sus bien documentados nexos con el presidente Obama). No sólo había gente de Hillary Clinton que sabía que la pareja de Schmidt me había visitado, también la estaban utilizando como canal extraoficial. Es decir, mientras WikiLeaks estaba en plena batalla por la publicación del archivo interno del Departamento de Estado, el Departamento de Estado había, en efecto, infiltrado el centro de mando de WikiLeaks y nos golpeaba con un almuerzo gratis. Dos años después, a la luz de sus primeras visitas a China, Corea del Norte y Birmania en 2013, la idea de que el CEO de Google podría estar realizando alguna forma de “diplomacia extraoficial” para Washington, resultaba más evidente. Sin embargo, en ese momento todavía parecía una novela (11).

Dejé de lado el tema hasta febrero de 2012. En ese año, WikiLeaks -junto con más de treinta medios asociados- comenzó a publicar los Global Intelligence Files: correos electrónicos internos de la empresa privada de inteligencia con sede en Texas, Stratfor (12). Uno de nuestros socios de investigación más cercanos -el periódico Al Akhbar de Beirut- relevó los emails sobre Jared Cohen (13).Los muchachos de Stratfor -que gustaban verse como una especie de CIA corporativa- le prestaban especial atención a otras organizaciones cuando las percibían incursionando en su territorio. Google había aparecido en su radar. En una serie de coloridos emails discutían sobre las actividades realizadas por Cohen bajo los auspicios de Google Ideas, sugiriendo diferentes interpretaciones sobre lo que realmente significaba el “hacer” (“do”) del think/do tank.

La gestión de Cohen parecía pasar del ámbito de las relaciones públicas y la “responsabilidad empresaria” a una activa intervención corporativa en asuntos de política exterior, en un nivel que normalmente se reserva a los Estados. Podría decirse irónicamente que Jared Cohen era el “director de cambio de régimen” de Google. De acuerdo con estos correos, estaba tratando de influir en algunos de los principales acontecimientos históricos contemporáneos en Medio Oriente. Podía ubicárselo en Egipto durante la revolución, reuniéndose con Wael Ghonim, el empleado de Google cuyo arresto y encarcelamiento horas después lo convertirían en un referente del levantamiento a medida para la prensa occidental. Otras reuniones se habían planeado en Palestina y Turquía, las cuales -según los correos de Stratfor- fueron canceladas por sus superiores de Google al considerarlas demasiado arriesgadas. Tan sólo unos meses antes de reunirse conmigo, Cohen estaba planeando un viaje a la zona fronteriza con Irán en Azerbaiyán para “promover las comunidades iraníes cercanas a la frontera”, como parte del proyecto Google Ideas en “sociedades represivas”. En un email interno, el vicepresidente de inteligencia de Stratfor, Fred Burton (también ex funcionario de seguridad del Departamento de Estado), escribió:

Google está consiguiendo apoyo aéreo y respaldo de la Casa Blanca y el Departamento de Estado. En realidad, están haciendo cosas que la CIA no puede hacer… [Cohen] va a terminar él mismo secuestrado o asesinado. Para ser franco, podría ser lo mejor para exponer el papel encubierto que Google está jugando en la incitación a levantamientos. El Gobierno puede entonces negar cualquier conocimiento y Google deberá hacerse cargo de toda la mierda (14).

En otra comunicación interna, Burton dijo que sus fuentes sobre las actividades de Cohen eran Marty Lev -director de seguridad y protección de Google- y el propio Eric Schmidt (15). Buscando algo más concreto, empecé a rastear información sobre Cohen en el archivo de WikiLeaks. Cables del Departamento de Estado publicados como parte del Cablegate revelan que Cohen había estado en Afganistán en 2009, tratando de convencer a las cuatro empresas principales de telefonía móvil afganas de mover sus antenas a las bases militares estadounidenses (16). En el Líbano trabajó reservadamente para promover un rival intelectual y religioso para Hezbollah, la “Higher Shia League” (17). Y en Londres ofreció fondos a ejecutivos de la industria cinematográfica de la India [Bollywood] para incluir contenido anti-extremista en sus películas, y se comprometió a contactarlos con cadenas de Hollywood (18).

Tres días después de haberme visitado en Ellinghan Hall, Jared Cohen voló a Irlanda para dirigir el Save Summit, un evento copatrocinado por Google Ideas y el Consejo de Relaciones Exteriores. Juntando a ex miembros de pandillas de zonas marginales, militantes de derecha, nacionalistas violentos y “extremistas religiosos” de todas partes del mundo en un solo lugar, el evento apuntaba a idear soluciones tecnológicas para el problema del “extremismo violento” (19).

(…)

En 2012, Google entró en la lista de lobbistas de cabecera de Washington DC -una lista típicamente disputada por la Cámara de Comercio de Estados Unidos, los contratistas militares y los leviatanes del petrocarbón (20). Google entró al ranking encima del gigante militar aeroespacial Lockheed Martin, con un total de $18.2 millones gastados en 2012 contra los $15.3 millones de Lockheed. Boeing, el contratista militar que absorbió McDonnell Douglas en 1997, también pasó a estar debajo de Google, con $15.6 millones.

En otoño de 2013, la Administración Obama trataba de buscar apoyo para sus ataques aéreos contra Siria. A pesar de los reveses, la administración continuó presionando con discursos y anuncios públicos del presidente Obama y del Secretario de Estado, John Kerry, para que se llevara a cabo una acción militar en septiembre (21). El 10 de septiembre Google prestó su portada -la más popular en Internet- al esfuerzo por la guerra, insertando una línea debajo del cuadro de búsqueda que decía “En vivo. El secretario Kerry responde las preguntas sobre Siria. Hoy a las 2pm” (22).

La mano invisible del mercado nunca funcionará sin un puño invisible. McDonald’s no puede crecer sin McDonnell Douglas, el diseñador del F-15. Y el puño invisible que mantiene seguro al mundo para que las tecnologías de Silicon Valley florezcan se llama el Ejército, la Fuerza Aérea y la Armada y la Infantería de Marina estadounidense.

Silicon Valley no está tranquilo jugando ese rol pasivo, aspirando en su lugar a adornar el “puño invisible” con un guante de terciopelo. En 2013, Schmidt y Cohen manifestaron:

Lo que Lockheed Martin fue para el siglo XX, las compañías de tecnología y ciber seguridad lo serán para el XXI (23).

Ésta fue una de las muchas afirmaciones osadas que Schmidt y Cohen pusieron en su libro, el cual fue publicado finalmente en abril de 2013. Atrás quedó el título trabajado, “El Imperio de la Mente”, reemplazado por “La nueva era digital: reorganizando el futuro de las personas, naciones y negocios”. Para el momento en que salió, yo ya había buscado y recibido asilo político del gobierno de Ecuador y me había refugiado en su embajada en Londres. Para ese entonces, ya había pasado casi un año en la embajada, bajo vigilancia policial, impedido de salir seguro del Reino Unido. Estando conectado a Internet noté la excitación de la prensa por el libro de Schmidt y Cohen, ignorando frívolamente el imperialismo digital explícito del título y la conspicua sucesión de apoyos –previos a la publicación– por parte de famosos belicitas como Tony Blair, Henry Kissinger, Bill Hayden y Madeleine Albright.

Promocionado como una predicción visionaria del cambio tecnológico global, el libro falló -incluso falló en imaginar un futuro, bueno o malo, pero sustancialmente diferente del presente. El libro era una fusión simplista entre la ideología del “fin de la historia” de Fukuyama -fuera de moda desde la década del ’90- y los veloces teléfonos celulares. El mismo fue “inflado” con consignas de Washington, ortodoxias del Departamento de Estado y panegíricos de Henry Kissinger. El resultado del examen era pobre, no parecía encajar con el perfil de Schmidt, ese hombre tranquilo e ingenioso que estaba en mi living. Sin embargo, leyéndolo empecé a ver que el libro no era un intento serio de hacer futurología. Era una canción de amor de Google para Washington. Google, una potencia digital en expansión, le ofrecía a Washington ser su vidente geopolítico.

Pero parte de la imagen fuerte de Google de “mucho más que una compañía” proviene de la percepción de que no actúa como una corporación grande y malvada. Su afición por atraer gente a su trampa de servicios con gigabytes de “almacenamiento gratuito” produce la percepción de que Google lo da gratis, actuando directa y contrariamente al afán de lucro de la empresa. Google es percibida esencialmente como una empresa filantópica -una máquina mágica presidida por visionarios etéreos- para crear un futuro utópico (24). La compañía se ve, por momentos, ansiosa por cultivar esta imagen, despilfarrando financiamiento en iniciativas de “responsabilidad corporativa” para producir “cambio social”, ejemplificado por Google Ideas. Pero tal como lo muestra Google Ideas, los esfuerzos “filantrópicos” de la compañía también la acercan incómodamente al lado imperial de la influencia estadounidense. Si Blackwater/Xe Services/Academi estuviera corriendo un programa como Google Ideas, sería sometido a un intenso escrutinio crítico (25). De alguna forma, Google obtiene un free pass.

Mientras la cuestión es ser una compañía o “mucho más que sólo una compañía”, las aspiraciones geopolíticas de Google están fuertemente enredadas en la agenda de política exterior del superpoder más grande del mundo. A medida que Google busca y el monopolio de servicios de Internet crece, y a medida que extiende su cono de vigilancia industrial para alcanzar a la mayoría de la población mundial, domina rápidamente el mercado de teléfonos móviles y corre para extender el acceso a Internet en el sur, Google se convierte en Internet para mucha gente (26). Su influencia en las elecciones y en el comportamiento de la totalidad de los seres humanos individuales traduce el poder real para que influya en el curso de la historia.

Si el futuro de la Internet es ser Google, entonces debería ser una preocupación seria para la gente de todo el mundo: en Latinoamérica, el este y sudeste de Asia, el subcontinente Indio, Medio Oriente, África, la ex Unión Soviética e incluso Europa, para quienes la Internet encarna la promesa de una alternativa a la hegemonía cultural, económica y estratégica de Estados Unidos (27).

El imperio “no seas malvado” sigue siendo un imperio.

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1. La compañía está actualmente valuada en $400.000 millones de dólares y emplea a 49.829 personas. La valuación a finales de 2011 era de $ 200.000 millones con 33.077 empleados.

2. Un profundo análisis sobre el libro de Schmidt y Cohen que trata sobre temas similares y que provocó algo de la investigación para este libro.

3. Perfil de Jared Cohen en el sitio web del Consejo de Relaciones Exteriores, archive.today/pkgQN.

4. Shawn Donnan, “Think again” Financial Times, 8 de julio de 2011, archive.today/ndbmj. Ver también: Rick Schmitt, “Diplomacy 2.0” Stanford Alumni, mayo/junio de 2011, archive.today/Kidpc.

5. Eric Schmidt y Jared Cohen, “The Digital Disruption: Connectivity and the Diffusion of Power”, Foreign Affairs, noviembre/diciembre de 2010, archive.today/R13l2.

6. “La coalición de conectados” es una expresión aparentemente diseñada para evocar a “la coalición de voluntades”, utilizada para designar en 2003 a la alianza de estados encabezada por Estados Unidos que se preparaban para invadir Irak sin la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU.

7. La frase “el deber de proteger” está impregnado de “responsabilidad de proteger” o, en su forma abreviada, “R2P” (por Responsibility to Protect). R2P es una muy controvertida “norma emergente” en el derecho internacional. R2P aprovecha el discurso de los derechos humanos para exigir la “intervención humanitaria” por “la comunidad internacional” en los países en donde se considera a su población civil en situación de riesgo. Para los liberales estadounidenses que rechazan el imperialismo desnudo de Paul Wolfowitz (para lo cual ver: Patrick E. Tyler “U.S. strategy plan calls for insuring no rivals develop”, New York Times, 8 de marzo de 1992, archive.today/Rin1g), R2P es la razón elegida para la acción militar occidental en Medio Oriente y en otras partes, como lo demuestra su ubicuidad como incentivo para invadir Libia en 2011 y Siria en 2013. La ex jefa de Jared Cohen en el Departamento de Estado, Anne-Marie Slaughter, lo ha llamado “el cambio más importante en nuestra concepción de la soberanía desde el Tratado de Westfalia en 1648”. Nótese su alegría en Responsibility to Protect: The Global Moral Compact for the 21st Century, editado por Richard H. Cooper y Juliette Voinov Kohler, en la página web de la editorial Palgrave Macmillan,archive.today/0dmMq.

Para un ensayo crítico sobre R2P ver la declaración de Noam Chomsky sobre la doctrina en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Noam Chomsky, “Statement by Professor Noam Chomsky to the United Nations General Assembly Thematic Dialogue on Responsibility to Protect”, Naciones Unidas, Nueva York, el 23 de julio de 2009, is.gd/bLx3uU.

8. International Crisis Group da cuenta de si mismo como una “organización no gubernamental, independiente, sin fines de lucro” que funciona “a través del análisis sobre el terreno y acciones de alto nivel para prevenir y solucionar conflictos graves”. También ha sido descrito como un “think tank de alto nivel … ideado para proporcionar principalmente la orientación política de los gobiernos que participan en la remodelación dirigida por la OTAN en los Balcanes”. Véase Michael Barker, “Imperial Crusaders For Global Governance”,Swans Commentary, el 20 de abril de 2009. Los perfiles del equipo International Crisis Group de Malcomson están disponibles en www.crisisgroup.org, archive.today/ETYXp.

9. Uno podría argumentar que esto es una prueba viviente de la débilidad de la hipótesis de Sapir-Whorf. Ver”Linguistic Relativity”, Wikipedia, archive.today/QXJPx.

10. Glenn Greenwald, “Fact and myths in the WikiLeaks/Guardian saga”, Salon, el 2 de septiembre de 2011,archive.today/5KLJH.

Ver también Matt Giuca, “WikiLeaks password leak FAQ”, Unspecified Behaviour, el 3 de septiembre de 2011, archive.today/ylPUp.

Ver también “WikiLeaks: Why the Guardian is wrong and shouldn’t have published the password”, Matt’s Tumblr, el 1 de septiembre de 2011 archive.today/aWjj4.

11. Andrew Jacobs, “Visit by Google Chairman May Benefit North Korea”, en New York Times, el 10 de enero de 2013, archive.today/bXrQ2.

12. Jeremy Hammond, un ético y valiente joven revolucionario digital, fue acusado más tarde por el gobierno de Estados Unidos de desentrañar estos documentos y entregarlos a WikiLeaks. Ahora es preso político en los EE.UU., condenado a diez años después de hablar con un informante del FBI.

13. Yazan al-Saadi, “StratforLeaks: Google Ideas Director Involved in ‘Regime Change'”, Al Akhbar, el 14 de marzo de 2012, archive.today/gHMzq.

14. “Re: GOOGLE & Iran ** internal use only—pls do not forward **,” email ID 1121800 (27 February 2011),Global Intelligence Files, WikiLeaks, el 14 de marzo de 2012, archive.today/sjxuG.

15. “Re: GOOGLE’s Jared Cohen update,” email ID 398679 (14 February 2011), Global Intelligence Files, WikiLeaks, 14 de marzo de 2012, archive.today/IoFw4. Este e-mail está incluido en la colección de fuentes enwhen.google.met.wikileaks.org.

16. “Uso de tecnologías de conexión para promover los intereses estratégicos estadounidenses en Afganistán: la banca móvil, seguros de telecomunicaciones y co-ubicación de las torres de telefonía celular”, ID canónico: 09KABUL2020_a, Public Library of US Diplomacy, WikiLeaks, archive.today/loAlC. Este cable está incluido en la colección de fuentes disponible en when.google.met.wikileaks.org. En mayo de 2014, WikiLeaks reveló que la NSA había ganado acceso a todas las llamadas de teléfono móvil afganos y estaba grabando todo para su posterior recuperación. Ver “WikiLeaks statement on the mass recording of Afghan telephone calls by the NSA”, WikiLeaks, el 23 de mayo de 2014, archive.today/lp6Pl.

17. Public Library of US Diplomacy, WikiLeaks, ver cables con los siguientes IDs canónicos: 07BEIRUT1944_a, 08BEIRUT910_a, 08BEIRUT912_a, 08BEIRUT918_a, 08BEIRUT919_a, 08BEIRUT1389_a, and 09BEIRUT234_a. Colección disponible en: archive.today/34MyI.

18. “EUR senior advisor Pandith and s/p advisor Cohen’s visit to the UK, October 9-14, 2007”, ID canónico: 07LONDON4045_a, Public Library of US Diplomacy, WikiLeaks, archive.today/mxXGQ. Para ver más sobre Jared Cohen en los archivos de WikiLeaks ver archive.today/5fVm2. Ver también la colección de fuentes enwhen.google.met.wikileaks.org.

19. Ver “Summit Against Violent Extremism (SAVE)” en el sitio web del Consejo de Relaciones Exterioresarchive.today/rA1tA.

20. Ver “Top Spenders” under “Influence and Lobbying” en el sitio de OpenSecrets.org: archive.today/xQyui. Ver también Tom Hamburger, “Google, once disdainful of lobbying, now a master of Washington influence,” en Washington Post, el 13 de abril de 2014 [archive.today/oil7k.

21. Sy Hersh ha escrito dos artículos sobre la desafortunada “intervención” en Siria por parte de la Administración Obama. Ver Seymour M. Hersh, “Whose Sarin?” en London Review of Books, el 19 de diciembre de 2013 archive.today/THPGh. Ver también Seymour M. Hersh, “The Red Line and the Rat Line”en London Review of Books, el 17 de abril de 2014 archive.today/qp5jB.

22. Una imagen de archivo de la página puede verse en archive.today/Q6uq8. Google explícitamente se enorgullece de mantener su portada libre de toda interferencia. Su pureza y santidad son incorporadas al manifiesto corporativo de Google: “La interfaz de nuestra página principal se mantiene limpia y simple y la página se carga instantáneamente. La colocación en los resultados de búsqueda nunca fue vendida a nadie y la publicidad no sólo está marcada claramente como tal sino que ofrece contenido relevante sin ser distractora”. Ver “Ten things we know to be true” en el sitio de Google archive.today/s7v9B.

En raras ocasiones, Google agrega una línea a la página de búsqueda para anunciar sus propios proyectos, como el navegador Chrome, cuando eligen volverse noticias “a sí mismos”. Ver Cade Metz, “Google smears Chrome on ‘sacred’ home page” en Register, el 9 de septiembre de 2008 archive.today/kfneV.

23. Eric Schmidt y Jared Cohen, The New Digital Age, British paperback edition (John Murray, 2013), página 98.

Google se compromete con su ambición. Desde comienzos de 2013, Google ha comprado nueve compañías experimentales de robótica e inteligencia artificial y las puso a trabajar con una meta no revelada bajo las órdenes de Andy Rubin, antiguo presidente de la división Google’s Android. Ver John Markoff, “Google Puts Money on Robots, Using the Man Behind Android”, en New York Times, el 4 de diciembre de 2013archive.today/Izr7B.

Dos de las adquisiciones de Google están guiando a los competidores del Desafío en Robótica de DARPA, una competencia llevada a cabo por la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa, con apoyo y fondos del generoso Pentágono. Schaft Inc, una compañía japonesa, es puntera para triunfar en la competencia de DARPA con su competidor –un robot bípedo de apariencia humana que puede subir escaleras, abrir puertas, atravesar escombros y es impermeable a la radiación. La otra compañía, Boston Dynamics, se especializa en producir robots militares para el Departamento de Defensa, robots que corren, caminan y se arrastran. El más conocido de los robots de Boston Dynamics es “BigDog” –un soporte de apoyo de tropas de caballos, el cual puede ser visto en YouTube (is.gd/xOYFdY). Ver Breezy Smoak, “Google’s Schaft robot wins DARPA rescue challenge”, en Electronic Products, el 23 de diciembre de 2013 archive.today/M7L6a.

El poder real de Google como una compañía de drones es su colección de información de navegación sin igual. Ésta incluye toda la información asociada con Google Maps y la ubicación de alrededor de mil millones de personas. Una vez reunida, no debería asumirse que esta información será usada siempre con propósitos benignos. El mapeo de datos recolectado por el proyecto Google Street View, el cual envió autos a las calles de todo el mundo, puede ser fundamental para que los robots militares o de la policía naveguen algún día esas mismas calles.

24. Un utopismo que roza ocasionalmente con la megalomanía. El CEO de Google, Larry Page, por ejemplo, ha evocado públicamente la imagen de los microestados Google como Jurassic Park, donde Google está exento de las leyes nacionales y puede perseguir el progreso sin impedimentos. “Las leyes… no pueden ser correctas si tienen cincuenta años; eso era antes de Internet… Quizás podríamos separar una parte del mundo… un ambiente donde las personas pueden probar cosas nuevas. Yo creo que como tecnólogos deberíamos tener lugares seguros donde probar nuevas cosas y comprender el efecto sobre la sociedad -¿cuál es el efecto sobre la gente?- sin tener que desplegarnos en todo el mundo”. Ver Sean Gallagher, “Larry Page wants you to stop worrying and let him fix the world”, en Ars Technica, el 20 de mayo de 2013archive.today/kHYcB.

25. La tristemente célebre compañía de seguridad mercenaria Blackwater, más conocida por matar civiles iraquíes, fue renombrada Xe Services en 2009 y después Academi en 2011. Ver Jeremy Scahill, “Blackwater: The Rise of the World’s Most Powerful Mercenary Army”, (Nation Books, 2007).

26. Históricamente, el éxito de Google se construyó sobre las bases de la vigilancia comercial de civiles a través de “servicios”: búsqueda en la web, e-mail, redes sociales, etcétera. Pero el desarrollo de Google en los últimos años lo ha visto expandir su empresa de vigilancia gracias al control de los teléfonos móbiles y las tablets. El éxito del sistema operativo móvil de Google, Android, lanzado en 2008, le ha dado a Google un 80% de participación en el mercado del smartphone. Google asegura que casi mil millones de dispositivos Android se han registrado a un promedio de más de un millón de nuevos dispositivos por día. Ver “Q1 2014 Smartphone OS Results: Android Dominates High Growth Developing Markets”, en ABIresearch, el 6 de mayo de 2014 archive.today/cTeRY.

A través de Android, Google controla los dispositivos que la gente lleva consigo en su rutina diaria y usa para conectarse a internet. Cada dispositivo repercute en las estadísticas de consumo, localización y otra información. Ésto le da a la compañía un poder nunca visto para vigilar e influir en las actividades de su base de usuarios, tanto acerca de la red como del manejo de sus vidas. Otros proyectos de Google como “Project Glass” and “Project Tango” apuntan a basarse en la omnipresencia de Android, expandiendo las capacidades de vigilancia de Google en el espacio donde se mueven sus usuarios. Ver Jay Yarow, “This Chart Shows Google’s Incredible Domination Of The World’s Computing Platforms”, en Business Insider, el 28 de marzo de 2014 archive.today/BTDJJ

27. Ver Mathias Döpfner como ejemplo de preocupación europea, “Why we fear Google”, en Frankfurter Allgemeine, el 17 de abril de 2014 archive.today/LTL6l.

Tomado del sitio web Derecho a Leer

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Cultura e identidad no son descartables