Antonio Meucci (Imagen tomada de www.wikimedia.org)
Antonio Meucci (Imagen tomada de www.wikimedia.org)

Puede que usted atraviese el Parque Central de La Habana y desconozca que se acerca al sitio donde se descubrió la telefonía, que ahora resulta algo cotidiano en la vida social de todo el planeta.

La telefonía ha continuado su avance al llegar a ser útil hasta caminando por las calles. Usted puede recibir o hacer una llamada mientras mantiene su celular junto al oído. Sin embargo, puede que usted atraviese el espacio del Parque Central de La Habana y probablemente desconozca que se acerca al sitio donde se descubrió tal tecnología que ahora resulta algo cotidiano en la vida social de todo el planeta.

Por eso, le invitamos a que se detenga brevemente frente al Gran Teatro de La Habana y trate de leer una placa que se encuentra allí. Entonces usted estará muy cerca de donde tuvo lugar el nacimiento de ese medio esencial en la modernidad y aun en constante desarrollo. Pero fue justo en La Habana donde nació, a través del ejercicio humano de un tramoyista, aunque nada tuvo que ver con el escenario.

En los mismos bajos del espacio que ocupó el Teatro Tacón, el italiano Antonio Meucci aportaba con su esfuerzo personal a la presentación de los medios propios de la escena. Además, tenía muchas otras cosas que latían en su mente laboriosa y humanista. De modo adicional a sus esenciales aportes para el teatro, realizaba habitualmente descargas eléctricas en beneficio de la salud de quienes por dolores la necesitaban en el mismo local donde trabajaba, pero sin descuidar sus otros deberes.

Precisamente, en un momento determinado descubrió que la voz había caminado por el cordón que trasladaba la electricidad al equipo que utilizaba con su mano. Se conmovió ante el inaudito viaje de la oralidad por esa vía que él utilizaba de forma terapéutica y le pareció que aquello podría ser una impresión irreal. Pero más adelante volvió a suceder en diferentes instantes y prestó especial atención ante aquel viaje que aprovechó en sus acciones terapéuticas de alivio a otros seres humanos. De modo que decidió seguir aquella pista.

El humilde italiano fue el primero en conocer que mediante un cable la voz podía viajar a través de él. Y sin quererlo ni ambicionarlo abrió un inmenso portón ante un canal que permitía de forma reconocible aquel viaje que con claridad transitó para adicionar un nuevo recurso a la comunicación humana.

Con mucha paciencia y humildes recursos a su alcance, trató el italiano de completar sus observaciones. Pero necesitaba dinero para el registro de su invento, y sin lograr apoyo alguno en Cuba, luego de múltiples consejos, decidió marchar hacia Estados Unidos de Norteamérica.

Martí llegó a conocer la magia de la telefonía. En la revista La América, editada en Nueva York en octubre de 1883, se pudo leer: «No es raro oír decir mal de los imperfectos teléfonos magnéticos y de lo difícil de su uso, a los que la voz natural, y sin esfuerzo ni práctica, intentan por vez primera hablar y oír por el hilo telefónico (…) un teléfono, distinguido, leal, discreto; se puede hablar en los salones, y como se cuentan sus esperanzas y recuerdan sus penas los esposos felices (…)».

Se refirió a los transmisores de Emilio Berliner, físico alemán radicado en los Estados Unidos de Norteamérica, creador del trasmisor de contacto libre, y sobre él aseguró «ha sido al punto aceptado como indiscutible mejora por las compañías de teléfonos» que se encontró en cierta exposición. El transmisor de Berliner lo reconoció Martí como una pequeña punta de carbón duro suspendida entre dos tomillos cónicos. La membrana circular no estaba fija a la cubierta de la caja del micrófono, sino solo en uno de sus puntos.

Ahí también estaba el misterio de la batería de transmisión, que se basó en un elemento de Lechanché, o lo que es lo mismo, el elemento técnico antecesor de las pilas secas. Toda la información obligó a pensar que el Maestro tuvo noticias sobre el inventor del teléfono en La Habana mientras estaba en los Estados Unidos de Norteamérica. Y en medio de aquel espacio conoció la disputa por la usurpación del descubrimiento de Meucci en La Habana.

La disputa pública por la usurpación del invento de Antonio Meucci llegó a los tribunales mediante el escocés Alexander Graham Bell, radicado en Estados Unidos de Norteamérica y más tarde ciudadano norteamericano. Aquella pugna puso en entredicho los primeros experimentos de Meucci de 1849 en el Teatro Tacón de La Habana. Pero el Maestro opinó: «Hay razones reales para creer que la patente de Bell es fraudulenta. Ni la Pan Electric ni ninguna otra empresa privada pueden combatir con éxito en los tribunales (…) contra el influjo y los recursos cuantiosos de la compañía Bell, acusada de fraude y despotismo ante la opinión pública norteamericana. (…) Denunciado el fraude de una patente, el gobierno de los Estados Unidos, que la dio, tiene la obligación de investigar si el derecho de privilegio de que es depositario le fue hurtado».

De esa forma, y al parecer sin que el Maestro conociera al italiano Antonio Meucci, intervino con su palabra en favor de la equidad de la justicia. En ella primó su habitual análisis y la superioridad de su apreciación de qué es y debe ser la justicia.

En el índice de onomásticos que aparecen en las Obra Completas de José Martí no aparece el de Antonio Meucci, pero se conoce que no todo lo que él escribió está en esa enciclopedia. De ahí nació la necesidad de una nueva edición de ellas, en nuevo intento de completarlas, que se recogen bajo la denominación de «crítica».

Por Miralys Sánchez Pupo

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