El 26 de enero de 1895, en vísperas de partir hacia la República Dominicana para reunirse con Máximo Gómez y emprender su viaje a Cuba, publicó José Martí, en Patria, un brevísimo texto que tituló “Unos cubanos y otros”.
En apenas dos párrafos —uno de ellos, una cita de un libro que había leído y cuyo título y autor no precisa— hace el Maestro una reflexión, que, como todo lo que escribió en relación con la independencia patria, mantiene su plena vigencia.

Para nuestro Martí, hay entre los cubanos los “[…] que se cruzan de brazos ante el deshonor y la ruina, y aun se sientan con ellos a la mesa, por lo gustoso de vivir, antes que salir por lo áspero del mundo a buscar remedio a la ruina y al deshonor”.*

Esos, que siempre han existido y existen, estuvieron en el Zanjón —símbolo de claudicación—, se plegaron a las presiones imperialistas ayer y buscan hoy denodadamente la forma de acomodarse, cueste lo que cueste, al mejor vivir. A esos, según el Apóstol, “la patria los llamará siempre: cómplices”.*

A los otros, a los que en cada momento de nuestra hermosa historia han sabido defender las causas justas y situarse del lado del deber, la patria, agradecida, “los llamará siempre: padres”.*

Así fue ayer y así es hoy, cuando buena parte de los hombres y mujeres que forman la nación cubana entregan su sudor para construir una sociedad más justa, mientras otros, como los cómplices de ayer, viven en medio de la corrupción, la indisciplina, la pérdida de valores y principios.

Decía Martí en el mencionado artículo: “Hágase la levadura, aunque no se sepa quién va a comer el pan que se alce con ella. De la semilla, oscura y triunfante, se renueva y se mantiene el mundo”.* En otras palabras, el Apóstol exhortaba a luchar, a trabajar por un futuro mejor, con absoluto desinterés y sin pensar en beneficios o privilegios personales. Y así, con esa entrega y desinterés debemos combatir los cubanos de hoy, cada uno desde la posición en que la vida —o el propio esfuerzo— lo ha situado, que no hay trinchera pequeña. No importa que las armas de hoy sean otras: las ideas, mucho más difíciles de manejar, sobre todo, en circunstancias tan complejas como estas en que se desarrolla el mundo en que vivimos.

Y cita Martí al escritor desconocido: “[…] creemos que es nuestra fe más elevada que la suya, porque nuestra fe, creyendo más cuerdo y viril luchar con las dificultades que evitarlas, se satisface con batallar y padecer, sin duda alguna sobre el resultado final del combate, y contenta sin embargo de arriesgarlo todo en el servicio de la verdad”.

Quizás algunos cubanos de estos tiempos están necesitando un poco de esa cordura y virilidad que implica “luchar con las dificultades” más “que evitarlas”, de esa cordura y virilidad que solo puede dar la satisfacción del deber cumplido, la confianza en la obra que estamos construyendo y la disposición de sacrificarlo todo para defender nuestras verdades.

Confieso que no conocía este texto martiano y es que a Martí se le descubre a lo largo de toda la vida.

Me llamó la atención, en primer término, su brevedad y cuando lo leí, me maravilló su inmensa genialidad: en apenas dos párrafos fue el Maestro capaz de describir la naturaleza humana, porque más allá de analizar la actitud de los cubanos de su tiempo con respecto a la revolución que por aquel entonces se levantaba —y se alzaría a pesar del fracaso del Plan de Fernandina, gigantesco empeño frustrado por la delación de uno a quien, sin duda, Martí calificaría de cómplice—, el Apóstol está definiendo las dos posturas que el ser humano adopta ante las situaciones que le presenta la vida: o se es cómplice de la maldad o se lucha contra ella. No hay más.

Notas
* Todas la citas han sido tomadas de “Unos cubanos y otros”, en Obras completas, t. 4, Centro de Estudios Martianos, Colección digital, La Habana, 2007, p. 31.

Ver además

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Un patrimonio de amor