Foto para Marrero0001Era la primera vez que un grupo de periodistas cubanos llegaba a Baikonur¸ el cosmódromo enclavado en un inhóspito desierto de Kazajastán, que tiene la particular relevancia de ser, desde el lanzamiento del primer Spútnik, en 1957, la puerta de salida hacia el cosmos.
En el avión que salió de Moscú nos encontramos juntos, por primera vez,  periodistas cubanos y soviéticos a los que se encargó la misión de reportar el vuelo de la nave de la Soyuz-38, con una tripulación ruso-cubana. Eso ocurrió el 14 de septiembre, cuatro días antes del despegue el vuelo protagonizado por los cosmonautas Yuri Romanenko y Arnaldo Tamayo.
Los cubanos salimos, llenos de preocupación, a enfrentar una tarea tan compleja y nueva como es reportar una expedición cósmica; los soviéticos, en cambio, bien tranquilos, pues todos, sin  excepción, llevaban muchos años especializados en esa actividad, y algunos tenían ya l5 y 20 viajes a Baikonur.
Esto de la preparación para la cobertura periodística del viaje se convirtió en  una verdadera obsesión para el reducido grupo de periodistas cubanos antes de salir de La Habana rumbo a Moscú.
En mi caso, partí con desventajas. Una semana antes de la salida de La Habana me comunicaron por la dirección de mi periódico que debía reemplazar al reportero que había sido asignado para reportar el vuelo conjunto, y quien había hecho una buena preparación durante varios meses. No me dieron las razones ni indagué sobre tal decisión cuando el director del periódico me dijo:
“Tenemos confianza en que asumas y cumplas a cabalidad con esa difícil  misión. Lo que te pedimos es que hagas el mejor periodismo…”
Tiempo, en verdad, no tenía para establecer vínculos con las fuentes informativas en la Academia de Ciencias y otras instituciones relacionados con el suceso. La mayoría ya se encontraban en Moscú dando los toques finales al vuelo conjunto.
Confieso que, en un primer momento, pensé que haciendo lecturas apresuradas iba a adquirir el conocimiento de las complejidades de la ciencia y la historia cósmica, y en el hotel Mir (Paz) del CAME, devoré libros, folletos y artículos. Pero al llegar a Baikonur recordé las palabras del director del periódico Granma: Lo que te pedimos es que hagas el mejor periodismo. Y a eso me consagré.
Excepto Gilberto Caballero, especializado en temas científicos en la redacción de Prensa Latina, el resto del personal periodístico tenía escaso  dominio del lenguaje cósmico. A propósito, Caballero escribió un formidable y documentado libro sobre el vuelo con el título ¡Vámonos!  En sus páginas se encuentra todo lo fundamental que aconteció en Baikonur.
Integramos el contingente de periodistas cubanos que pasó por el cosmódromo,  Rosendo Gutiérrez, Perfecto Romero y Mario Rodríguez, de Verde Olivo; Eddy Martín, de la TV nacional; Fernando Alcorta, de la radio nacional; los camarógrafos Raúl Booz, de ECIFAR, y Abelardo Moreno, del ICAIC; Gilberto Caballero, de Prensa Latina; Rogelio Moré, de la AIN, y Juan Marrero, de Granma. El grupo se  completaba con Reinier Jiménez de la Academia de Ciencias, y Leonel González, traductor. En el curso de la semana, hubo algunos cambios: Moré y Rosendo regresaron a Moscú, y Jacinto Granda y Víctor Pèrez Galdós llegaron a Baikonur. Otro que llegó al lugar fue Oscar Domenech.
Periodistas experimentados como Joaquín Rivery, Miguel de la Guardia, José Prado Laballós y José (Pepe) Hernández estuvieron, entre otros, en la cobertura desde el Centro de Dirección de Vuelos. Y con alta responsabilidad acometieron sus tareas profesionales.
Durante los cuatro días que estuvimos en Baikonur cumplimos un programa  que incluyó una visita a la rampa de lanzamiento del cosmódromo para que viésemos el traslado y colocación en ese sitio del cohete portador y de la nave Soyuz-38. Casi  un kilómetro caminamos junto a la vía férrea en dirección a la rampa de lanzamiento, acompañando al cohete. Diríamos no solo acompañándolo, sino admirándolo.
Un periodista soviético nos contó que el científico Serguei Koroliov, quien dirigió hasta su muerte en 1966 el desarrollo de la cohetería y naves cósmicas, siempre recorría a pie, igual que nosotros,ese trecho de camino hacia el cosmos.
Supimos que sólo dos días en el año llueve en Baikonur, pero sus pobladores relatan que ven con frecuencia “tormentas de lluvias”. Así llaman, en broma, a las impetuosas y casi constantes tormentas de arena del desierto. Afortunadamente, durante  el vuelo de una semana, nada de esto ocurrió. Lo que sí soportamos fueron temperaturas insoportablemente frías la noche cuando aguardábamos en el desierto el descenso de los cosmonautas, y en contraste durante el día eran bien calientes.
La guerra mediática no dejó de estar presente en el vuelo de Romanenko y Tamayo. Un periódico capitalista escribió que los soviéticos utilizaban a las tripulaciones del campo socialista  para pasearlas como turistas por el cosmos. De tal manera, intentaron crear la matriz de que los vuelos tenían mucho de propaganda política y estaban vacías de contenido científico. Tamayo participó al menos en 20  investigaciones médico-biológicas, de exploración  de nuestro planeta, físico-técnicas y sicométricas. Ninguna fue mencionada por la prensa capitalista que solo habló del paseo cósmico del cosmonauta cubano.
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