Un niño muerto a orillas de la playa de Bodrum, en Turquía, no deja de ser una muestra más de los millones de niños que mueren a manos de la globalización capitalista. Puede ocurrir en un basural: buscando comida; en un hospital: resecos, deshidratados, con los ojos desorbitados; en las cloacas de la drogadicción: de los sin destino, o de los destinados a ser, invariablemente, carne de cañón.

Aylan Kurdi no es apenas el niño de una foto que registra otro asesinato, es todos los niños que tiemblan aterrorizados, gritan desesperados, lloran, corren hacia alguna parte, bajo las bombas de cada día que nunca han dejado de caer en Irak, en Palestina, en Libia, en Siria, en Afganistán. Las bombas que ayer y anteayer cayeron en Yugoslavia, Granada, Panamá, en grandes extensiones de África.

Quién podría no haber imaginado que el mundo se llenaría de gentes escapando al compás del hambre y de la muerte. Aylan Kurdi, en la foto de primera plana de todos los diarios y noticieros del mundo, es –si no les parece mal a quienes se rasgan las vestiduras hablando de “la imagen que avergüenza a Europa”- todos los niños mutilados, asesinados, desposeídos, huérfanos: de madres y padres también mutilados y asesinados, y, sumidos –antes de ser borrados del mapa- en la terrible orfandad del analfabetismo y la explotación a un dólar diario.

El niño Aylan es todos los niños, mujeres y hombres victimas de una política depredadora que -motorizada por EE.UU. y secundada en primer lugar por Alemania y en distintas escalas por una Europa de entraña colonizadora- invade países, roba sus recursos estratégicos, persigue, tortura, mata e inventa al ISIS: al que ahora, azuzando el caos, se usa como el monstruo de mil cabezas para la destrucción de ciudades enteras y de cientos de miles de vidas humanas.

Se ha oído y se ha visto cómo discutían los periodistas de los principales medios de comunicación de EE.UU y Europa respecto de si era o no correcto poner la foto del niño muerto en las portadas periodísticas. Un acto más de cínica rutina profesional, como si nunca antes se hubiera puesto en una portada una foto revelando la obscenidad del capitalismo asesino, aunque ni se lo haya dicho así y ni siquiera se lo haya pensado tal cual es.

¿Es ético o no publicar dicha foto? Se preguntaban. Otra vez las disquisiciones sobre ética en un mundo que está de sangre y hambre hasta la coronilla, por imperio de un sistema global mafioso e inhumano.

¿Qué ética? ¿De quiénes? ¿La de los países ricos a costilla de los países saqueados históricamente?

De las verdaderas causas que terminaron ahogando a Aylan Kurdi –el genocidio global milimétricamente planificado por la cráneo-política del complejo industrial militar, con sede en Washington-, ni media palabra.
 

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