Los mensajes de una homilía

La homilía del Papa Francisco este domingo en la Plaza de la Revolución 
José Martí, de La Habana, estuvo cargada de mensajes de paz, solidaridad 
y deber hacia el prójimo, válidos para creyentes y no creyentes.

Cubaperiodistas resume algunas de estas meditaciones, que van más allá 
de lo estrictamente religioso:

¿Quién es el más importante? Una pregunta que nos acompañará toda la 
vida y en las distintas etapas seremos desafiados a responderla. No 
podemos escapar a esta pregunta, está grabada en el corazón...La 
historia de la humanidad ha estado marcada por el modo de responder a 
esta pregunta.

Jesús no le teme a las preguntas de los hombres; no le teme a la 
humanidad ni a las distintas búsquedas que ésta realiza. Al contrario, 
Él conoce los «recovecos» del corazón humano, y como buen pedagogo está 
dispuesto a acompañarnos siempre. Fiel a su estilo, asume nuestras 
búsquedas, aspiraciones y les da un nuevo horizonte. Fiel a su estilo, 
logra dar una respuesta capaz de plantear un nuevo desafío, descolocando 
«las respuestas esperadas» o lo aparentemente establecido. Fiel a su 
estilo, Jesús siempre plantea la lógica del amor. Una lógica capaz de 
ser vivida por todos, porque es para todos.plaza 1


Lejos de todo tipo de elitismo, el horizonte de Jesús no es para unos 
pocos privilegiados capaces de llegar al «conocimiento deseado» o a 
distintos niveles de espiritualidad. El horizonte de Jesús, siempre es 
una oferta para la vida cotidiana también aquí en «nuestra isla»; una 
oferta que siempre hace que el día a día tenga sabor a eternidad.

¿Quién es el más importante? Jesús es simple en su respuesta: «Quien 
quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de 
todos». Quien quiera ser grande, que sirva a los demás, no que se sirva 
de los demás.

He ahí la gran paradoja de Jesús. Los discípulos discutían quién 
ocuparía el lugar más importante, quién sería seleccionado como el 
privilegiado, quién estaría exceptuado de la ley común, de la norma 
general, para destacarse en un afán de superioridad sobre los demás. 
Quién escalaría más pronto para ocupar los cargos que darían ciertas 
ventajas.

Jesús les trastoca su lógica diciéndoles sencillamente que la vida 
auténtica se vive en el compromiso concreto con el prójimo.

La invitación al servicio posee una peculiaridad a la que debemos estar 
atentos. Servir significa, en gran parte, cuidar la fragilidad. Cuidar a 
los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro 
pueblo. Son los rostros sufrientes, desprotegidos y angustiados a los 
que Jesús propone mirar e invita concretamente a amar.

Amor que se plasma en acciones y decisiones. Amor que se manifiesta en 
las distintas tareas que como ciudadanos estamos invitados a 
desarrollar. Las personas de carne y hueso, con su vida, su historia y 
especialmente con su fragilidad, son las que estamos invitados por Jesús 
a defender, a cuidar, a servir. Porque ser cristiano entraña servir la 
dignidad de sus hermanos, luchar por la dignidad de sus hermanos y vivir 
para la dignidad de sus hermanos. Por eso, el cristiano es invitado 
siempre a dejar de lado sus búsquedas, afanes, deseos de omnipotencia 
ante la mirada concreta a los más frágiles.

Hay un «servicio» que sirve; pero debemos cuidarnos del otro servicio, 
de la tentación del «servicio» que «se» sirve. Hay una forma de ejercer 
el servicio que tiene como interés el beneficiar a los «míos», en nombre 
de lo «nuestro». Ese servicio siempre deja a los «tuyos» por fuera, 
generando una dinámica de exclusión.

Todos estamos llamados por vocación cristiana al servicio que sirve y a 
ayudarnos mutuamente a no caer en las tentaciones del «servicio que se 
sirve». Todos estamos invitados, estimulados por Jesús a hacernos cargo 
los unos de los otros por amor. Y esto sin mirar al costado para ver lo 
que el vecino hace o ha dejado de hacer. Jesús nos dice: «Quien quiera 
ser el primero, que sea el último y el servidor de todos». No dice, si 
tu vecino quiere ser el primero que sirva. Debemos cuidarnos de la 
mirada enjuiciadora y animarnos a creer en la mirada transformadora a la 
que nos invita Jesús.plaza 2

Este hacernos cargo por amor no apunta a una actitud de servilismo, por 
el contrario, pone en el centro de la cuestión al hermano: el servicio 
siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su projimidad 
y hasta en algunos casos la «padece» y busca su promoción. Por eso nunca 
el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve 
a las personas.

El santo Pueblo fiel de Dios que camina en Cuba, es un pueblo que tiene 
gusto por la fiesta, por la amistad, por las cosas bellas. Es un pueblo 
que camina, que canta y alaba. Es un pueblo que tiene heridas, como todo 
pueblo, pero que sabe estar con los brazos abiertos, que marcha con 
esperanza, porque su vocación es de grandeza. Hoy los invito a que 
cuiden esa vocación, a que cuiden estos dones que Dios les ha regalado, 
pero especialmente quiero invitarlos a que cuiden y sirvan, de modo 
especial, la fragilidad de sus hermanos. No los descuiden por proyectos 
que puedan resultar seductores, pero que se desentienden del rostro del 
que está a su lado. Nosotros conocemos, somos testigos de la «fuerza 
imparable» de la resurrección, que «provoca por todas partes gérmenes de 
ese mundo nuevo» (cf. Evangelii gaudium, 276.278).

No nos olvidemos de la Buena Nueva de hoy: la importancia de un pueblo, 
de una nación; la importancia de una persona siempre se basa en cómo 
sirve la fragilidad de sus hermanos. En eso encontramos uno de los 
frutos de una verdadera humanidad.

«Quien no vive para servir, no sirve para vivir».